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Las piedras del Caos

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Las piedras del Caos

Mensaje por MikanYukihara el Lun 15 Jun 2015 - 1:50

¿Alguna vez has sabido que significa ser un telépata? O ¿Por qué unos tienen poderes y otros no?
Después de haber sufrido un accidente fui marcada por una magia tan poderosa y desconocida que cambió mi mundo completamente. De repente me vi conviviendo con toda clase de criaturas mágicas, que pondrían a prueba mis creencias sobre el bien.
“… Me conformo con ser yo misma y no necesito, ni quiero que nadie me diga cómo debo ser.”

Pero hasta el más fuerte de ellos perdería la cabeza si descubriera lo que habita en las sombras y la luz.
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Re: Las piedras del Caos

Mensaje por MikanYukihara el Lun 15 Jun 2015 - 3:13

Capítulo 1

¿Es que nada en mi vida puede ser normal?

No, al parecer no puede. Cuando decidí caminar por el parque hace diez minutos eso parecía una gran idea, pero ahora cuando los pensamientos de las personas golpeaban mi mente con fuerza, causándome un gran dolor de cabeza, supe que no podía tomar peor decisión que esta.

Normalmente logro bloquear los pensamientos ajenos y controlar esta extraña habilidad, pero hoy he tenido un pésimo día en mi trabajo y no encuentro la fuerza suficiente para hacerlo. Pasé a un niño caminando con su madre y de inmediato sus preocupaciones sonaron fuertemente en mi cabeza.

Sin soportarlo un minuto más acelere el paso progresivamente, hasta que me encontré corriendo hacia el apartamento. No me moleste en saludar al portero cuando crucé la entrada, tome las escaleras pues normalmente nadie las usa, y hoy no era la excepción; agradecida termine de subir.

Estaba cerrando la puerta del apartamento cuando el teléfono sonó, sonriendo me apresure a cogerlo. Él siempre es puntual.

—Shawn —saludé.
—Hola Shar, ¿cómo estás? —me preguntó mi hermano.
—No muy bien, la cabeza me va a estallar pero no importa. ¿Cómo vas con el trabajo? ¿Ya sabes cuándo regresas?
—La investigación no ha avanzado mucho —suspiró—. Creo que tardare cerca de un mes, tal vez más.

La decepción me inundo. Esperaba que pudiera regresar pronto, nunca me ha gustado estar sin él y sin embargo lo que dije fue lo contrario.

—No te preocupes. Tomate el tiempo que sea necesario.
—Shar…
—Tengo que irme, el dolor de cabeza me está matando.
—De acuerdo —suspiró resignado, y supe que estaba pasando su mano por su cabello—. Avísame si algo ocurre.
—Lo haré. Te quiero.
—Yo también te quiero Shar, descansa.

Colgué con una sonrisa triste en el rostro, Shawn volvía a evitar decirme en que trabaja; siempre me decía solamente el tiempo que tardaría en volver, pero nunca me dijo a donde viajaba o qué clase de investigaciones hacía. Deseaba tanto saber que escondía, pero el conocimiento de que yo también mantenía secretos era lo único que evitaba mi intromisión.

Antes de acostarme un extraño sentimiento me invadió pero no supe descifrar que era, así que pensé que se debía al stress del día.
*****
Los cálidos rayos del sol me despertaron y luego de quedarme unos minutos mirando al techo, me levante y comencé a prepararme para un nuevo y agotador día trabajando en Starbucks.

Antes de salir del apartamento, me asegure de bloquear mi mente a los pensamientos ajenos. Al igual que todos los días las concurridas calles de Florida estaban llenas de personas, cada uno pensando en sus problemas; las cuentas que tienen que pagar, los deberes que han de hacer, su próximo viaje, los chequeos médicos de los niños… cada uno en su propio mundo, razón por la cual no me extraño que cuando alguien gritó casi nadie prestó atención, o si lo hacían seguían su camino sin molestarse en ayudar.
—¡Jack, no corras!—gritó de nuevo la mujer.

Observe como el pequeño niño ignoró la orden de su madre, y siguió corriendo por la calle hasta llegar al cruce en el que me encontraba. No debía tener más de diez años y era evidente que estaba emocionado por algo, tenía prisa en llegar a algún lugar y por eso mismo no se dio cuenta que el semáforo vehicular aún estaba en verde. No necesite más de un segundo para comprender que la madre estaba demasiado lejos para alcanzar al niño, y un camión se acercaba a toda velocidad; sin detenerme a pensar en algo más que salvar al niño corrí ignorando los gritos de advertencia de las personas y me lancé sobre él empujándolo fuera del camino.

Alcancé a ver como caía en la otra acera antes de sentir el fuerte impacto. El dolor inundó mi cuerpo y fui vagamente consiente del sonido de los neumáticos y los susurros frenéticos de los observadores, poco a poco perdía la consciencia, y el único pensamiento que cruzó por mi mente fue Shawn. Cuando no pude resistir el dolor más tiempo, acogí gratamente a la oscuridad.

—¿Por qué hiciste eso? —una suave y melódica voz atravesó el silencio que reinaba, sin embargo no podía ver más que tinieblas.

No sabía de qué estaba hablando, sentía mi mente entre algodones y una neblina me impedía pensar con claridad.

—¿Hacer qué?
—¿Por qué salvaste al niño? —dijo la misma voz.

El recuerdo volvió borroso.

—¿Por qué no habría de hacerlo? —pregunte.
—No era tú problema. —dijo una voz diferente, está era más gruesa y ronca. Un hombre.
—No tenía que ser mi problema para ayudar —dije enojada ante tal razonamiento—. Hice lo que creí correcto.
—¿Lo correcto? —dijo una voz aguda—. ¿Darías tu vida por hacer lo que consideras correcto?

Una vez más intente ver quien me hablaba, pero ni siquiera podía ver mi mano, sin embargo una extraña calma me invadía. Pensé en la pregunta que acababa de hacerme, ¿realmente estaba dispuesta a morir por lo que yo consideraba que estaba bien? La respuesta llegó rápidamente, y no vacile al contestar.

—Sí.
—¿Por qué? —preguntó una infantil voz.

¿Qué acaso piensan cuestionar todo lo que diga?

—Porque he tenido suficiente mierda en mi vida, porque estoy cansada de ver como las personas hablan de hacer lo correcto pero cuando les toca arriesgar algo se esconden como cobardes —grite enojada—. Porque me enoja que nadie se preocupe realmente por un desconocido, porque detesto que piensen tener el derecho de escoger como debe vivir alguien o incluso si debe vivir.
—Es un punto de vista interesante —dijo una profunda voz—, pero incluso tú caerías en las atracciones mundanas. Si alguien te ofreciera regalarte la mayor fortuna del mundo tú no la rechazarías ¿verdad?
¿Qué no escuchó lo que acabo de decir?

—Algo así jamás pasaría, los humanos son demasiado codiciosos para hacer semejante oferta —Pude sentir mis uñas clavarse en las palmas de mis manos—. Incluso si sucediera, te equivocas. No aceptaría el dinero, incluso si me amenazaran.
—¿Cómo podríamos confiar en tú palabra? También eres humana —dijo la primera voz que escuche.
—No soy humana, al menos no una normal —corregí—. ¿Y porque habría de importarme su confianza? No intento ganarla, solo respondí lo que me preguntaron. Me conformo con ser yo misma y no necesito, ni quiero que nadie me diga cómo debo ser.
—Esas son las palabras correctas —dijeron las cinco voces al tiempo—. Nunca las olvides.

Una luz brillante me obligó a cerrar los ojos, o al menos eso es lo que pensé que hice, porque cuando los abrí la oscuridad se había ido y fui consciente de que estaba en una ambulancia.

—El accidente fue grave, no creo que lo logre—susurró una voz masculina—. Debemos intentar localizar a sus familiares.

—¡No! —intente gritar, pero mi voz salió como un chillido, tenía seca la boca—. No lo hagan.

Los pensamientos de los paramédicos se estrellaron con fuerza en mi, ya adolorida, cabeza, pero aun así seguí suplicando que no llamaran a Shawn. Al final terminaron aceptando para tranquilizarme, agradecida me volví a sumir en la oscuridad solo que esta vez nadie me hizo preguntas extrañas.

Cuando volví a despertarme lo primero que note fue las blanquecinas paredes tenuemente iluminadas por los pequeños rayos de sol que alcanzaban a cruzar por las persianas. Sentía la garganta seca, busque con la mirada un vaso con agua o algo; lo encontré en la mesita de noche y estire el brazo para alcanzarlo, pero un fuerte dolor me atravesó dejándome sin aire.

¿Qué rayos sucedió?

Poco a poco los recuerdos vinieron; el niño, el accidente, las cinco voces, la ambulancia. La puerta se abrió y un joven médico entró acompañado por una enfermera.

—Estás despierta —dijo sorprendido—. ¿Cómo te sientes?
—Fatal —Mi voz salió como un chillido ronco, me aclare la garganta.

La enfermera me acercó el vaso de agua y bebí rápidamente el frío líquido.

—Gracias. —dije sonriéndole levemente.

Asintió con la cabeza y comenzó a revisar los fluidos que pasaban por la intravenosa.

—¿Recuerdas que sucedió? —preguntó el médico.
—Me estrelle con un camión.

La comisura de su boca se elevó levemente.

—¿Recuerdas tu nombre? ¿Edad?
—Me llamó Sharmine Long y tengo dieciocho años —dije sin entender por qué me pregunta tal cosa.

Asintió con la cabeza y comenzó a examinarme.

—Tuviste mucha suerte ¿sabes? —dijo el médico mientras me tomaba la temperatura.
—¿En serio?
—Sí, los paramédicos tuvieron que usar el desfibrilador varias veces, incluso pensé que no lo lograrías en la cirugía.

¿Qué?

—¿Cirugía? —pregunte.
—Sufriste una hemorragia interna —explicó con una sonrisa alentadora—. Como dije tuviste suerte, has estado tres días inconsciente.

El pequeño termómetro pitó, y la enfermera anoto un par de cosas más antes de irse.

—Te dejaremos en observación esta noche, si todo sale bien podremos trasladarte a una habitación fuera de cuidados intensivos —dijo amablemente—. Por cierto soy Raúl.

Asentí con la cabeza, abrumada por la información. Si tan solo Shawn supiera… ¡Shawn!

—Espera —grité al ver que estaba saliendo de la habitación— ¿Dónde están mis cosas? Necesito llamar a alguien, es importante.
—No hemos podido contactar con alguno de tus familiares—dijo mirándome arrepentido—. ¿Tienes a alguien a quien podamos llamar?
Negué con la cabeza. Sabía que sospechaba de mí, sus pensamientos me lo decían, pero decidió dejarlo pasar.

—Tus cosas están en el cajón. —dijo señalando la mesita de noche antes de salir de la habitación.

¿Qué se supone que le diga a Shawn? ¿Qué me estoy quedando con una amiga? No, eso no sirve; hubiera podido llamarlo si fuera así. Suspirando agarré mi teléfono del cajón y marque su número privado. No me extrañaba que no tuviera ninguna llamada perdida, después de todo ambos evitamos llamarnos a los celulares y si lo hacíamos era de un teléfono público, teníamos nuestras razones para ser tan precavidos.

—¿Diga? —contestó al primer timbre.
—Soy yo.
—Dame un minuto —dijo relajadamente, escuche que hablaba con alguien durante unos minutos y luego volvió a hablarme. Esta vez su tono era un susurro preocupado—. ¿Qué sucedió? ¡No he podido comunicarme contigo en tres días!

Cerré los ojos agotada.

—Lo siento. Algo surgió y no pude…
—Eso lo sé Shar —me reprendió enojado.

Una idea me vino a la cabeza.

—La mamá de una amiga enfermó repentinamente, vive en New York y me suplico que la llevara —Espero funcione—. No tuve tiempo para avisarte, y he estado tan ocupada ayudándola a cuidarla que se me pasó llamarte. Lo siento mucho.

No contesto durante un largo momento, y temí que no me creyera.

—¿Estás bien?
«No» —Sí, no te preocupes.

Pude oírlo suspirar, pero no supe si era de alivio o resignación.

—De acuerdo, ¿Aún estás allá?
—Sí, no sé cuándo pueda volver a la casa. No quiero dejar a Meg sola. —Detesto mentirle.
—Está bien, solo acuérdate de llamarme a la hora de siempre y borra el historial de llamadas.
—Lo haré. Realmente lo siento, no quería preocuparte.
—Está bien, hablamos mañana.

Colgué con un suspiro y con cuidado me levante, el dolor había disminuido gracias a la medicina, pero era extraño moverse con un yeso en el brazo, y de alguna manera logre llegar al baño. Lo primero que note al mirarme en el espejo fue las sombras negras bajo mis ojos, para haber tenido un accidente no me veía tan mal, entonces algo llamó mi atención.

En cada una de mis clavículas se encontraba el inicio de una especie de tatuaje; tenían la forma de una enredadera con espinas y rosas que desaparecían por mis hombros. Asombrada gire para quedar de espaldas al espejo y me quite la bata.
Las dos enredaderas bajaban en diagonal por mis hombros y espalda hasta llegar al centro y envolvían a un corazón de cinco colores para luego volver a separarse en dos y seguir bajando hasta mis caderas. Era hermoso el corazón contrastaba perfectamente con las grises enredaderas y mi piel morena, pero lo que más me preocupaba era de donde había salido.

Antes del accidente no tenía ningún tatuaje y a pesar de eso aquí estaba este, sin embargo mirándolo más de cerca parecía más una marca que algo pintado; recorrí suavemente parte de las enredaderas y para mi sorpresa estás adquirieron un leve tono verde en donde mis dedos las habían tocado, pero luego de unos segundos volvieron a su color original.
¿Qué rayos está pasando?

Un golpe en la puerta me obligo a dejar el asunto para más tarde, rápidamente me volví a colocar la bata y la acomode de tal forma que nada del tatuaje fuera visible.
******
He estado una semana en el hospital y estoy a punto de perder la cordura, aparte de escuchar los pensamientos de todo aquel que está cerca de mi habitación no he hecho nada más que estar acostada.

La puerta se abrió y un chico rubio asomó la cabeza.

—Oh, lo lamento —dijo sonriendo tímidamente—, me confundí de puerta.
—No hay problema. ¿Vienes a ver a la Sra. Rodríguez?
—¿Eh? Sí.
—Entonces no te equivocaste, el medico se la llevó para realizarle unos exámenes —explique sonriendo—, debe volver pronto. Si quieres puedes esperarla aquí.
—Gracias —Cerró la puerta detrás de él—. Soy Tycho.
—Sharmine.

Él silencio cayó en la habitación y mire alrededor del lugar incomoda, un sentimiento de vacío y extrañez me lleno.

—¿Eres su nieto? —pregunte por fin.
—Sí —Lucía avergonzado—. Hubiera querido venir antes, pero los deberes que me dejaban en el instituto no me lo permitieron.
—Te entiendo —sonreí levemente—. Mi colegio es igual, te juro que se aprovechan de nosotros.

Su profunda risa llenó la habitación, y me alegre de tener alguien con quien hablar. Luego de unos minutos por fin paró de reír y se secó un par de lágrimas que se habían escapado de sus negros ojos.

—¿Y qué te trae por aquí? —preguntó mirándome con curiosidad—. Deberías estar disfrutando de las vacaciones, así que ¿cómo terminaste en un hospital?
Me encogí de hombros. —Tuve un accidente, yo corrí directo a un camión.
—Auch.
—Sip. Llevo una semana aquí y te juro que donde no salga pronto, perderé el poco de cordura que me queda.
—No puede ser tan malo —dijo sonriendo de medio lado—. Al menos estás siendo mimada por tu familia.

¡Ojala!

—No del todo, están de viaje —dije restándole importancia—. Además ni siquiera lo saben, no quise preocuparlos.
—Lo siento —dijo apartando la mirada.
—No importa, fue mi elección.

El timbre de un celular cortó lo que iba a decir, y dándome una mirada de disculpa respondió la llamada mientras salía de la habitación. Unos minutos después regresó.

—Lo siento, algo surgió y tengo que irme.
—No te preocupes. ¿Quieres que le diga a tu abuela que viniste? —pregunte recordando el motivo de su presencia.
—No, mañana la vendré a ver. No quiero que piense que no me quise quedar.

Asentí con la cabeza comprendiendo su motivo.

—Nos vemos otro día, Shar.
—Seguro —dije aun cuando sabía que era poco probable que sucediera.

La puerta se cerró detrás de él y me volví a sumir en la soledad. Su presencia había sido una gran distracción pero ahora no tenía nada más que hacer.

Alguien pasó cerca de mi habitación y escuche sus preocupaciones sobre su madre, fue entonces que note porque me había estado sintiendo tan extraña; en todo el tiempo que estuve hablando con Tycho no pude sentir sus pensamientos, mucho menos escucharlos. Algo en mí se alertó, y repase mentalmente la conversación pero no pude notar nada extraño aparte de eso. Supongo que solo estoy siendo paranoica.
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