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En tierra quemada

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En tierra quemada

Mensaje por Guilleermo el Dom 15 Jul 2012 - 14:17

Prólogo


Me levanto del suelo, aturdida. No sé porque estoy tirada en el pavimento de mi casa. ¿Qué acaba de pasar? Me tiemblan las rodillas y me cuesta mantenerme en pie. Lo único que recuerdo es que, antes de desmallarme, un fuerte temblor agitó el edificio. Giro la cabeza hacia el extremo de mi habitación y observo mi reflejo en el espejo. Menos mal, mi cuerpo de siete años está intacto, excepto por un pequeño cardenal en la frente. Avanzo hasta la enorme ventana de mi cuarto y miro el paisaje. Me quedo asombrada al ver lo que hay enfrente de mis ojos. Los frondosos bosques que rodean mi hogar están ardiendo y el humo que producen las llamas tiñe de negro el cielo. Miro a la orilla que hay en frete y puedo vislumbrar a docenas de hombres vestidos con monos oscuros y máscaras de gas vertiendo litros y litros de un aceite oscuro al océano Pacífico. Vuelvo a posar la mirada en el interior de mi cuarto, asustada. Veo en el suelo la muñeca de porcelana que me había regalado mi madre en mi séptimo cumpleaños, pero está hecha añicos. De pronto, una pregunta flota en mi mente: ¿Dónde están mis padres?
Salgo de la habitación con cuidado, mirando hacia los pasillos por si hubiera alguien ahí. Una vez me percato de que no hay nadie mirando, salgo corriendo hacia el cuarto de mis padres, abriendo con delicadeza la puerta para que no chirríe. Pero otra sorpresa me espera en el interior. Mi madre está tirada en el suelo, de espaldas a mí, debajo del ventanal, que está totalmente destrozado. Me acerco a ella esquivando los cristales y me arrodillo.
-¿Mamá? ¿Estás bien?-pero ella no responde. Su ropa está hecha jirones y los armarios empotrados blancos estás totalmente rotos; pequeñas astillas han caído al suelo. La cojo de los hombros e intento moverla hacia mí. Hasta que finalmente lo consigo. Una enorme raja se abre en el pecho de mi madre y todo está lleno de sangre. La cojo de las manos y las agito, esperando que se despertara.-Despierta mamá… Levántate. ¿Por qué no despiertas? Vámonos fuera. Unos hombres malos están quemándolo todo. Mamá…-entonces lo entiendo. No se iba a despertar y nunca lo haría. Está muerta. Las lágrimas acuden a mis ojos y se derraman por mis mejillas. No me puedo creer que esto me esté pasando.
Segundos después, escucho pasos y voces que provienen del pasadizo y me escondo tras la puerta. Miro por la abertura que hay entre la puerta y la pared y veo a los mismos hombres del mono negro. Una vez se han marchado, salgo de la habitación y me dirijo hacia el cuarto de mi hermano pequeño. Entro con delicadeza, esperando encontrar lo mismo que en la estancia anterior. Pero no es así. Mi hermano duerme en la cuna, inconsciente de lo que está sucediendo. Entonces, como un acto reflejo, lo agarró entre mis brazos, lo envuelvo entre mantas, asgo el peluche favorito de este y salgo a buscar a mi padre.
Bajo las escaleras de caracol y llego al salón, donde todo está destrozado. De pronto, escucho voces que provienen de la cocina y me escondo detrás del sofá blanco, aún con mi hermano en brazos. Entonces, me pongo a estudiar lo que veo a mi alrededor. Los muebles blancos están destrozados, las paredes de color azul están raídas y el claro parquet está astillado. Me levanto del suelo una vez que aquellas personas se marchan al piso de arriba. Avanzo hasta llegar a la cocina y me detengo al pasar al lado de la encimera. Encima de esta hay un tarro lleno de galletas de vainilla y canela. Recuerdo que la noche anterior, cuando acabé de cenar, les pedí a mis padres que me dieran una, pero ellos se negaron ya que había tomado muchas para merendar. La verdad es que estaban deliciosas.
-¡La niña se ha escapado!-dice uno de los hombres en el piso de arriba.-¡Atrapadla!-Entonces agarro el tarro y corro todo lo rápido que puedo al estudio. Siento que me están persiguiendo y que cada vez están más cerca de mí. Entro en el despacho rápidamente y cierro la puerta. Observo el interior y veo que la mayoría de las estanterías están tiradas en el suelo y los libros resquebrajados alrededor de la habitación. De pronto, escucho que se acercan a la habitación y atranco la puerta. Me dirijo al extremo de la estancia, intentando esconderme, pero sé que al final conseguirán entrar. Entonces, se me ocurre un lugar donde poder esconderme con mi hermano.
Me acerco al escritorio y lo aparto utilizando toda la fuerza de una niña de siete años. Cuando lo muevo unos centímetros, me agacho y aprieto uno de los ladrillos que forman el rodapié. De pronto, una puerta se abre, oculta en la pared. Mi padre había construido esa habitación secreta, con ayuda de mi tío Darel, para casos de emergencia hacía ya más de tres años. Entro dentro y cierro el portón pulsando un interruptor que hay al lado de esta. Dejo a mi hermano en el suelo, que comienza a jugar con el peluche que había cogido de su cuarto a todo volumen. No obstante, no importa cuanto chille, ya que la habitación esta insonorizada. Dentro del cuarto hay cuatro monitores donde se puede observar lo que ocurre en el exterior, un espejo enorme, una nevera empotrada en la pared, una despensa llena de comida envasada al vacío y, en uno de los extremos de la pared, una enorme cápsula de acero con cuatro asientos en su interior para escapar por si las cosas se ponían feas.
Giro la testa hacia uno de los monitores y veo que los hombres han entrado en el estudio, en mi búsqueda. Pero deciden buscar en otra habitación ya que no me han encontrado. Sabía que no lo harían. Me vuelvo hacia mi hermano y el me mira, con una graciosa sonrisa en la cara. Me siento a su lado y saco una galleta del tarro que he cogido de la cocina; parto una por la mitad y la comparto con él. Comienza a morderla y a babearla, y yo no puedo evitar esbozar una sonrisa. Sin embargo, desaparece cuando la imagen de mi madre muerta aparece en mi mente. ¿Por qué están estos hombres aquí? ¿Por qué ha muerto mi madre? Me levanto en el suelo y vuelvo ha mirarme en el espejo. Mi rubio cabello está revuelto y mis ojos verdes se ven cansados. El vestido blanco que llevo está arrugado y manchado de la sangre de mi madre. ¿A quién quiero engañar? No soy más que una ingenua niña de siete años que quiere hacerse la valiente.
De pronto, veo en el monitor una sombra que se mueve en el estudio, pero no consigo ver quien es. Puedo vislumbrar como se agacha y busca el interruptor para abrir la puerta. Me han descubierto. Corro hacia la despensa y agarro un envase lleno de lo que parecen ser macarrones con queso, que están tan duros como una piedra. Vuelvo con mi hermano, que aún no se ha terminado la galleta de vainilla, y me espero a que la puerta se abra. Comienza a entreabrirse y alguien entra dentro y yo, sin saber quien es, le tiro los macarrones a la cara. Me arrepiento de haberlo hecho al instante al descubrir quien era.
-¡Papá!-me acerco a él y le abrazo, colocando las manos en su oscuro cabello.-Creía que habías muerto como mamá…
-No te preocupes, cariño. Ahora estoy aquí, contigo.-entonces se levanta y mira una de las pantallas del monitor y descubre que han cogido los planos de la casa. En ella se encuentran inscritos todos los cuartos secretos. No tardarían mucho en encontrarnos. Mi padre se levanta del suelo y entra en la despensa. Llena una mochila, que había también en la alacena, de envoltorios plateados y latas cilíndricas. Me entrega la mochila y entro en la capsula con mi hermano. Me siento en una de las butacas y me abrocho el cinturón; hago lo mismo con él. Mi padre vuelve a entrar en la despensa y saca un pequeño saquito de color morado y me lo pone en la palma de la mano.
-Lo siento, Alice. No puedo ir contigo.
-¡¿Por qué?!-las lágrimas vuelven a acudir a mis ojos.
-Si voy contigo te matarán.-su mano roza mi piel y me limpia una gota.-Debes prometerme que protegerás a tu hermano.-sin embargo, yo no puedo parar de llorar. Estoy demasiado afligida como para contestar.-Por favor, Alice. Prométemelo.
-Te lo prometo…-digo entre lágrimas. Entonces, mi padre se aparta de la cápsula.- ¡No! ¡Papá! ¡No me dejes! ¡Por favor!
-Adiós cariño. La cápsula te llevará a casa de tus tíos. Ellos sabrán cuidarte.-me doy cuenta de sus ojos están húmedos y una pequeña gota cae sobre su mejilla. Luego pulsa el botón que pone en marcha la cabina y la puerta se cierra. La cuenta atrás para que la cápsula se mueva se pone en marcha. Sin embargo, puedo ver a mi padre a través de una franja de cristal blindado que hay en la puerta de acero. Puedo ver como aquellos hombres entran dentro y agarran a mi padre por la espalda. Comienzan a pegarle en las piernas y él se arrodilla. Entonces, por la puerta, entra otra persona. Pero está no es como las demás. Tiene el cabello negro y ojos azules, gélidos como el hielo. Además, no viste como los otros. Lleva puesto unos pantalones marrones y una camisa negra; una cadena con el símbolo de una flor cuelga de su cuello.
-Cuanto tiempo sin vernos, Dainan.-aquel hombre se acerca a mi padre.
-Desde que éramos pequeños…-responde sin mirarle a los ojos.
-¡Mírame cuando te hablo!-le grita. Este no obedece.- ¿Te acuerdas cuando íbamos a la escuela?-prosigue.-Todo el mundo pensaba que ibas a ser tú quien llegara lejos en la vida. Y ahora mírate.-se ríe en un tono burlón.
-Te equivocas.-su mirada se posa en la suya.-El que no ha llegado a nada en esta vida has sido tú, Tullio.-entonces se acerca a mi padre y le da un rodillazo en la mejilla, tirándole al suelo. Me tapó la boca para no gritar, pero es en vano.
-¡Papá! ¡Suelta a mi padre!-ladro, pataleando en el asiento.
-Vaya, vaya…-Tullio se acerca la ventanilla de la cabina.-Que tenemos aquí. Una niñita insignificante y metepatas. Matadla.-Varios hombres se acercan a la puerta y la golpean con el extremo de sus armas, pero no se rompe. Luego, cargan las pistolas y disparan contra el cristal, pero no se quiebra.
-Es inútil…-masculla entre dientes mi padre.-Es irrompible…
Tullio se incorpora y observa el panel que controla la cápsula; pequeños números bailan en él.
-Veinte…-dice en voz alta.-Veinte segundos para que la cabina se marche. Suficiente para ver como muere tu padre.
-¡No! ¡Por favor! ¡No le hagas daño!-pero no me hace caso. Comienzo a patalear y a llorar sin control, pidiéndole que se detenga. Entonces, Tullio agarra a mi padre del pelo y le levanta la cabeza. De su cinturón, saca un puñal; la empuñadura es de oro y en el extremo está grabada la misma flor que llevaba en el colgante. Segundos más tarde, el filo de la daga atraviesa de lado a lado la garganta de mi padre. La sangre sale disparada de su cuello y su cuerpo sufre convulsiones por el dolor. Mi respiración se detiene al ver aquella macabra imagen. Siento que yo también muero con él y cientos de flashbacks rondan mi cabeza. Recuerdo aquel día en el que mi padre nos llevó a mi hermano y a mí a la playa para recoger conchas. Cuando mi madre me llevó en barca a la isla que hay cerca de la costa. Cuando mis padres y yo jugábamos felices a las cartas en la orilla, bajo la luz de la luna. Ahora todo se ha perdido. No habrá más escenas felices con mi familia. Ellos nunca volverían a tocarme ni a besarme. Solo me queda mi hermano. De pronto, siento como si la sangre de mi padre cayera sobre mi rostro. Triste y asustada, me llevo mis temblorosas manos a la cara y descubro que no es sangre lo que gotea en mí, sino sudor…

Me levanto de la cama gritando, empapada de sudor. Todo había sido un sueño. Me quito las capas de mantas que hay encima de mí y me levanto del lecho. Me tiemblan las piernas y mis sienes palpitan con fuerza. Siento que la cabeza me va ha estallar y, además, creo que tengo fiebre. Instantes después, mis tíos entran por la puerta, completamente abrigados. Y ahí es cuando descubro que el sueño que había tenido era en verdad un recuerdo. Mis padres habían muerto hace casi once años. Había pasado tanto tiempo que los rostros de mis padres eran indefinidos en mi memoria y tenía lagunas sobre aquellos días. No recuerdo que había hecho en mi infancia. No recuerdo donde vivíamos. Lo único que recuerdo es lo que he visto en el sueño y que vivíamos en una islita cerca de Australia. La cápsula nos llevo a mi hermano y a mí a la casa de mis tíos, en el mismo país, y desde entonces ellos nos han cuidado.
-¿Estás bien, cariño?-me pregunta mi ti Kora, tocándome el rostro.
-No te preocupes…-me aparto el enredado cabello y me lo pongo detrás de orejas.-A sido otra vez ese sueño…
-Últimamente no para de repetirse.-masculla mi tío Darel, restregándose la palma de la mano sobre los parpados para despejarse.
-Cariño, vístete rápido o llegarás tarde al trabajo.-dice Kora con una mueca de preocupación en su cara.
Me doy la vuelta y miro el reloj para ver que hora es. Son las cinco de la mañana. Todos los días se levanta a la misma hora para ir a trabajar a la pescadería. Incluso los domingos. Y total para cobrar una miseria. Mi tía no trabajaba antes, pero con el salario de Darel es muy difícil sobrevivir día a día y ha tenido que buscar trabajo como tejedora. Su salario es más bajo puesto que es mujer, y aquí, y en los tiempos que corren, ser mujer es una desventaja. La verdad, es que, aunque no recuerde los días de mi infancia, la vida era mucho mejor antes, pero ahora, en el 2103, todo ha cambiado. Giro la testa y observo mi reflejo en el espejo (aunque más que un espejo, es un trozo de cristal pegado en la roída pared). Ya no soy una niña de siete años. Ahora he crecido y tengo casi dieciocho años. Aunque hay algo que no ha cambiado en mí. Sigo siendo la misma niña asustada.


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Nuevo capitulo

Mensaje por Guilleermo el Mar 17 Jul 2012 - 11:27

1
Libertad limitada


Entro en el cuarto de baño a buena hora de la mañana. En mi mente vuelan las imágenes del sueño de esta noche y eso me produce dolor de cabeza. Me desnudo delante del espejo y observo como se me marcan las costillas y la clavícula a través de la piel. Me meto en la ducha y abro el grifo. A pesar de que el agua está congelada y es invierno, dejo que recorra todos los rincones de mi cuerpo. Me tumbo en la bañera y me paso la mano por la frente; creo que me ha bajado la fiebre.
Segundos más tarde, salgo de la tina y cubro de mantas todo mi cuerpo. Hace años que la calefacción está pagada, ya que mis tíos no pueden pagarla. Solo los ricos pueden. Me dirijo a mi habitación y me visto con la ropa del colegio. Todos los uniformes son iguales: estrechos pantalones oscuros y enormes chaquetas negras de cuello alto. Me siento en la cama y me calzo con unas viejas deportivas blancas y desgastadas. Nunca sabes cuando vas a necesitar salir corriendo. Bajo a desayunar y me siento en la mesa que hay en el centro del comedor. Miro los “manjares” que tenemos para desayunar y se me quita el poco apetito que tengo. Tostadas quemadas con mantequilla de color verdoso; leche entera en un vaso oscurecido por la suciedad; manzanas y plátanos pochos. Me sirvo una rebanada de pan y me la meto en la boca, y aunque está asquerosa, no me puedo quejar. Otras personas no tienen ni para comer y mueren de hambre cada día. De pronto, el aroma de la canela llega a mi olfato. Kora aparece con un plato lleno de galletas de canela y vainilla. Ella sabe que me encantan y siempre me hace algunas pocas para desayunar. Sin embargo, no se acercan a las que hacían mis padres. Cojo una y me la llevo a la boca, y aunque está un poco dura, está deliciosa. Pero no es lo mismo.
-Está riquísima.-pronuncio limpiándome la comisura de los labios con un trozo de papel.- ¿Tío Darel se ha marchado a trabajar?
-Hace más de una hora.-asiente. Entonces, miro un sobre que hay encima de la mesa y lo estudio. Es una carta del ayuntamiento en la cual está plasmada la palabra “Importante”. Instantes después, descubro el significado de la carta.
-Es una carta de aviso de pago, ¿verdad?-ella no dice nada pero sé que no me equivoco.- Ya os lo he dicho varias veces. Puedo trabajar en el bar para ganar algún dinero extra.
-No te preocupes.-Kora se lleva el vaso de leche a la boca.-Tu deber es centrarte en los estudios.
-Con lo que nos enseñan en la escuela no llegaré muy lejos.-le reprocho.-Hace falta una revolución.-susurro para que no me escuche.
-¿Vas a ser tú la que se oponga al Gobierno?-me dice, mirándome fijamente. Tiene toda la razón. Yo no sería capaz de revolucionarme y enfrentarme a ellos. Soy demasiado cobarde como para hacerlo.
-¿Interrumpo algo?-pregunta mi hermano, ya preparado para ir a la escuela.
-No pasa nada Luca.-mi hermano se acerca a mi tía y le da un beso en la mejilla.-Siéntate y desayuna o llegaréis tarde.

Luca y yo salimos de casa y nos dirigimos al colegio. Le cojo la mano y andamos con cuidado por la acera para no resbalarnos, ya que todo está lleno de hielo. Las calles son estrechas y monótonas. Todas las casas son iguales, y algunas están derruidas. Por mucho que avancemos no vemos ningún árbol o planta. Y es que, cuando el Gobierno se quedó con el poder, se encargó quemar todos los bosques, y en su lugar colocaron unas máquinas parecidos a los faros llamados Oxigenadores. A demás, todo aquel que se interpusiera en el camino del Gobierno era asesinado. El oxigeno generado tenía un aroma metálico y muchas veces te podía provocar una intoxicación o dolores en el cuerpo. En mi caso, jaquecas. Continuamos avanzando por las calles, y a medida que ibas llegando al centro de la ciudad, aparecían cadáveres tirados por el suelo. Incluso había días que te podías encontrar pilas de muertos. Muchos de ellos habían fallecido por hambre o habían sido asesinados por la policía. Al principio, me asombraba cada vez que me encontraba uno, pero ahora, ya no me produce nada. Solo odio.
-¡Lo siento mucho!-gritaba una mujer de mediana edad. Un agente de policía la empujo contra el suelo y esta se golpeo en la cabeza.
-¡Cállese!-otro policía llegó por detrás y la atizó en la espalda con el mango de su arma. Entonces, sacó un libro que llevaba en una mochila.- ¡Sabe que leer está prohibido!-Luca se queda paralizado al percatarse de la situación. Hace cuatro años, el Gobierno prohibió la lectura en el continente, y además, todos los libros fueron quemados. Sin embargo, siempre había alguien que se hacía con alguno y lo leía de forma clandestina. Pero tarde o temprano, te pillaban. Y tenías que pagar las consecuencias.
-¿Sabe usted qué leer a escondidas se paga con la muerte?-dice un agente mientras carga su escopeta.
-¡No, por favor!-la mujer se arrodilla y se agarra a los pies del policía.- ¡Lo siento! ¡No lo volveré a hacer!
-¡No me toque, escoria!-ladró el guardia mientras se apartaba de ella.
-¡Perdóneme la vida, por favor! ¡Tengo hijos y soy lo único que les queda!-llora la mujer, tirada en el suelo.
-Es una pena…-dice el otro agente.-Mátala.-entonces, el guardia apunta a la cabeza de esta y aprieta el gatillo. La bala atraviesa con fuerza la sien de la mujer y cae al suelo, muerta; la sangre comienza a brotar de la testa de ella y la acera se impregna del oscuro fluido. Yo le tapo los ojos a Luca para que no viera la macabra imagen pero yo no puedo impedir dar un respingo al ver como asesinaban a esa mujer.
-¿Qué hacemos con el cadáver?-pregunta el agente que la ha matado.
-Dejarlo aquí. Qué sirva de lección para todos los ciudadanos.-dice alzando la voz. De pronto, nuestras miradas se cruzan y él frunce el ceño.- ¡¿Y tú que miras?!-yo parto la vista y continúo avanzando, tapando los ojos de mí hermano.- ¿¡Es que acaso quieres que te ocurra lo mismo a ti!?-puedo escuchar mientras me alejo.

Llegamos a la escuela en un par de minutos; puntuales como siempre. Me despido de mi hermano, que se marcha con sus amigos a clase, y yo entro en el pabellón de último curso. Mi estómago no para de quejarse. Ver como asesinan a una mujer delante de mis narices me produce nauseas. Las sienes me palpitan y la jaqueca me golpea de nuevo. De pronto, alguien toca mi espalda y yo brinco, asustada.
-Hola Alice.-me saluda Narel, mi mejor amiga.- ¿Qué te ocurre? Estás muy pálida.
-No me encuentro muy bien.-necesito apoyarme en ella porque empiezo a marearme.-Mientras venía aquí he visto como disparaban a una mujer en la cabeza.-confieso.
-Dios mio…-Narel se lleva la mano a su oscuro cabello.-Debe de haber sido horrible.-yo asiento y dejo que me acompañe a clase. Me ayuda a sentarme en mi pupitre y, después de besarme en la mejilla, se marcha a su asiento. Cojo mi mochila y saco el libro de biología; alzo la vista para ver quien acaba de entrar por la puerta. Es Jayden, un chico de cabello castaño claro y de ojos azules. Cada vez que lo veo mi corazón se acelera y mi respiración es intermitente. ¿Será eso lo que llaman amor? No creo. Yo no soy de esas chicas a las que les gusta salir con chicos. No. Yo prefiero estar con mis amigos; sin preocupaciones. Aunque, cuando lo miro, la sensación que siento dentro de mi me agrada.
-¿Así que te gusta Jayden?-escucho una voz detrás de mí. Me giro y descubro quién es. Es Eva.-Menos mal. Empezaba a pensar que no tenias sentimientos.-la verdad, es que no había hablado mucho con ella. Lo único que sabía sobre ella es que era una chica a la que le gustaba el riesgo. Según he escuchado, se había enfrentado varias veces a la policía. Y siempre había salido ganando. Todos los chicos están colados por ella, y no es de sospechar. Tenía un increíble cuerpo, era alta, con un largo cabello rubio ceniza y unos preciosos y almendrados ojos verdes.
-No digas chorradas.-el dolor de cabeza vuelve agitarme.-No me gusta…-me doy la vuelta y le observo. Quizás tenga razón.

Han pasado varias horas y sigo aquí, aburriéndome. El profesor de matemáticas está explicando una ecuación y yo no le presto atención. Me limito a mirar por la ventana y a pensar. Total, no importa cuanto aprendamos en el instituto. No sirve para nada. Esta sociedad de libertad limitada nos impide aprender demasiado para evitar levantamientos. Continúo mirando el triste paisaje y me viene a la mente la imagen de la mujer asesinada esta mañana y las últimas palabras que pronuncio antes de morir. <>. ¿Qué les ocurrirá a los hijos de la pobre mujer? Eso me recuerda a alguien. Luca y yo pasamos por lo mismo. Nos arrebataron a nuestros padres y quedamos huérfanos. Posiblemente, los hijos de ella lo pasarán fatal. Como yo lo pasé. Los días siguientes a la muerte de mis padres, dejé de comer. No podía dormir y casi siempre tenía fiebre. Agito la cabeza e intento disipar mis pensamientos. Eso pasó hace mucho tiempo. Ahora he crecido y debo seguir adelante. He crecido. De pronto, otro pensamiento flota en mi interior. Mañana es mi cumpleaños. Lo había olvidado. Bueno, más bien, quería olvidarlo. Había estado evitando ese día como la peste. Porque aquí, cumplir los dieciocho, no es algo muy bueno. Si eres menor y cometes algún error, te castigan a trabajos comunitarios. Pero si eres mayor de edad no puedes cometer errores. Un paso en falso y mueres.
-¡Alice!-el profesor de matemáticas me extrae de mis pensamientos.-Parece que no te interesa la clase.-entonces, algo dentro de mi ser se libera y me levanto del pupitre, tirando la silla al suelo.
-¡¿Y por qué tengo prestar atención a esta… mierda de clase?!-todo el mundo se gira y me mira, murmurando.-¡No sirve para nada! ¡Estamos acabados! ¡El Gobierno nos tiene agarrados por el cuello y nadie hace nada para evitarlo!
-¿A caso vas a ser tú la que se oponga al Gobierno?-eso me recuerda que es lo mismo que me ha dicho Kora esta mañana. Sin embargo, la respuesta ahora es diferente.
-¡Quizá lo haga!-todo el mundo en el aula se calla y se quedan boquiabiertos. Lo único que escucho es un leve aplauso en mis espaldas. Me giro y veo que la que me aplaude es Eva, que me susurra:
-Tienes cojones, Alice.-sonríe.
-Sal fuera de clase. Ya hablaré seriamente contigo.-al escuchar eso me arrepiento de lo que he dicho. Salgo del aula y me siento en uno de los bancos del pasillo y me espero a que terminen las clases. Suena el timbre y todo el mundo sale de la sala. De pronto, siento que alguien me llama.
-Eres muy valiente, Alice.-una voz masculina suena cerca de mi. Me doy la vuelta y descubro quien es. Entonces, mi corazón da un vuelco. Era Jayden.-Tienes agallas para hacer eso. Hoy en día, nadie se atrevería a hacer lo que tú has hecho.
-Muchas gracias…-las palabras se me enredan en la boca y necesito carraspear para aclararme la voz.-Aunque no es propio de mí.
-He oído que mañana es tu cumpleaños. ¿Lo es?-me pregunta acercándose a mi. Mi corazón se acelera hasta que me duele.
-Si…-un gallo salió inesperadamente de mi garganta.-Cumplo dieciocho años.
-Que suerte…-dice con tono sarcástico.-Oye, me has caído bien. ¿Puedo hacerte un regalo?-me pregunta mientras se acerca cada vez más a mí.
-No hace falta…-intento alejarme de él para que no se percate de lo nerviosa que estoy, pero me estampo contra la pared.-No hace falta que te molestes…
-No es molestia.-se ríe. Luego mira su reloj y se aleja de mí.-Mañana te lo traeré.-mientras se marcha me guiña un ojo.-Hasta mañana, Alice.-me quedo paralizada cuando escucho decir mi nombre. Necesito sentarme, ya que las piernas me tiemblan. ¿Qué es esta sensación que noto dentro de mi estomago?
-Así que… Jayden no te gusta.-una voz familiar suena a mis espaldas.-Eres una mentirosa. Estás completamente enamorada de él.-giro la testa y descubro con certeza que es Eva la que me está hablando.
-No estoy enamorada de él.-miento.
-Claro que no. Más que eso.-se ríe y se sienta a mi lado.-Deberías haberte visto la cara que has puesto cuando te ha guiñado el ojo.-no puede ser. Si ella se ha dado cuenta de lo que siento por Jayden, seguramente él también. Habré quedado como una tonta.-Por cierto, me ha sorprendido tu comportamiento en clase. Creía que era la única que capaz de hacerlo.-se chulea.
-¿Cómo se te ocurre decir eso, Alice?-Narel sale de clase y se dirige hacia mí, cruzada de brazos. Vuelve a abrir la boca para hablar pero Eva se lo impide.
-No seas tonta.-Eva se levanta y se acerca a ella. Narel da un paso atrás, intimidada.-Ha hecho lo que todo el mundo debería de hacer y no hace por culpa del pánico. ¿O es qué acaso no opinas lo mismo?-Narel agacha la cabeza y descubro que ella también sabe que lo que está haciendo el Gobierno está mal.-Alice ha sido muy valiente. Ha diferencia del resto de la gente.-entonces se gira y me coge de la mano.-Vámonos, Alice.
-Pero el profesor me ha dicho que le espere aquí…-pronuncio, negándole la mano. Eva se gira y arquea una ceja.
-¿Te hechas atrás?-me reprocha. De pronto, se escuchan pasos que provienen del aula de profesores.-No queda tiempo. Debemos irnos ya.-entonces, tras vacilar un instante, le agarro de la mano y salimos corriendo. Sin embargo, me quedo quieta y me doy la vuelta hacia el interior del pasillo.- ¿Vienes Narel?-ella se queda paralizada, pensando si debería hacerlo o no. Porque así es ella. Siempre se piensa las cosas dos veces antes de actuar. Nunca comete errores y siempre saca buenas notas. Segundos después se acerca a nosotras, corriendo todo lo rápido que le permiten sus piernas. Salimos del instituto y nos escondemos en un callejón para tomar aire. Entonces, en ese momento, siento que algo dentro de mí se libera. Un sentimiento de lucha y de fuerza. Un sentimiento que ansía la libertad.


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