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Corazón ajeno

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Corazón ajeno

Mensaje por lunimaniwi el Mar 15 Nov 2011 - 2:13

Es la primera vez que redacto una escena hot... así que espero complacerlas jejejeje :bragas:
(Recomiendo discresión para las menores de edad como yo)


1
Estoy seguro de que no estaba tan borracho.


Upper East Side, Nueva York, 2008.


—Compañero, nos encargaremos de que esta noche estés tan borracho que ni de tu nombre te vas a acordar.
Allen Devlonde asintió levantando el vaso de lo que sea que le hayan servido y sonrió al par de hombres que tenía enfrente.
Dexter y Franky eran unos cabrones que siempre lo querían sonsacar en el peor momento, pero eran sus cabrones sonsacadores. Se conocían desde que compartían guardería y biberón. Pero ahora la cosa se había sofisticado y compartían cantina y bebida.
Dexter y Franky llevaban más tiempo repantingados en el bar de aquel hotel y ya estaban borrachos, naturalmente. Ya habían empezado a hablar tonterías y a estallar en carcajadas por cualquier cosa mientras que Allen se tomaba la molestia de lanzar miradas de disculpa a las personas de las otras mesas.
Se suponía que estaba ahí para festejar el haber logrado conseguir un cómodo empleo en Julliard como profesor, pero aun así no pensaba emborracharse hasta perder los calzoncillos, alguien debía llevar a ese par de brutos a casa, y como siempre, él era el Elegido.
Pidió un whisky a la mesera, se desabrochó la chaqueta del traje, se aflojó el nudo de la corbata y permitió que su largo y musculoso cuerpo se hundiera en el asiento de piel.
Escuchó unas cuantas notas de piano por encima del zumbido de las conversaciones y el tintineo de los vasos pero no prestó atención a la persona que estaba sobre el pequeño estrado.
—Eh, Franky, mira esa cosa— le dijo Dexter apuntando con su vaso.
Franky interrumpió la risotada que compartía con otro hombre borracho de la mesa trasera y se volvió mirando hacia adelante, más allá de Allen.
— ¡Dios mío, qué cosa! —dio un par de palmadas en la mesa y emitió el aullido de un lobo.
— ¿Qué dices, compañero? Yo digo que sí la violo a la salida.
— ¡Qué va! Tú ni siquiera violas a tu propia esposa. Ya te dije — Franky le propinó un codazo amistoso en las costillas— que si no la quieres me la envíes por FedEx.
—Oh, cierra ese hocico apestoso que tienes —le apartó la cara lánguidamente—. ¡Eh, Allen! ¿Por qué tan callado? Deberías mirar esa cosa que tienes atrás.
—Sí, Allen. Te ves cansado y aplastado… —un sonoro y apestoso hipido lo interrumpió— Deberías mirar atrás para que por lo menos algo se te pare —remató con una carcajada vulgar y Dexter se le unió dándole palmadas en la espalda.
Allen se llevó la copa a los labios ahogando su risa. Lo mejor en esas situaciones era ignorar los comentarios de sus amigos y esperar a que se durmieran sobre la mesa. Además, tenía cosas más importantes en las que pensar, como por ejemplo, arreglar su portafolio con el programa que iba a impartir a la mañana siguiente y organizar sus horarios de clases.
Su cerebro seguía trabajando en otro lugar mientras que su cuerpo estaba tirado en un bar.
Start spreading the news…
Diablos. Ahora que lo recordaba, todas sus camisas formales estaban sucias, no podía presentarse el primer día oliendo a campesino sudado. Anotó lavar la ropa en cuanto llegara a casa en su lista mental de cosas por hacer…
I´m living to day…
Demonios. ¿Cómo iba a entregar el programa si ni siquiera había terminado de redactarlo?
I want to be a part of it…
A la lista le seguía creciendo piernas a cada segundo que pasaba y por si fuera poco, todavía tenía que cargar fuera del hotel a ese par de… ese par de…
—…New York, NewYork…
Frunció el ceño y aguzó el oído. ¿Quién cantaba? Esa voz era muy…
Miró por encima de su hombro y a través del humo de cigarrillo vio esa cosa que sus amigos tanto insistían en que viera.
La cosa que estaba sobre el escenario era una mujer de belleza imposible vestida de rojo. La luz sobre su cabeza le iluminaba los cabellos rubios ceniza que caían en cascada sobre su espalda y se enroscaban como tirabuzones en las puntas. Tenía los labios carnosos y las pestañas largas le hacían sombra en sus finos pómulos mientras miraba hacia las teclas del piano que estaba tocando.
Si alguien sabía de música, ése era Allen y en definitiva, la mujer tocaba de maravilla, sus dedos se movían grácilmente de modo que apenas si tocaba las teclas.
Sus pestañas se elevaron al micrófono que tenía enfrente y se inclinó hacia adelante.
—These vagabond shoes/are longing to stray—Miró hacia el público esbozando una sonrisa coqueta mientras cantaba.
Allen se torció en su asiento y enarcó las cejas mientras la observaba fijamente por encima del borde de su vaso. Además de haberse ganado toda su atención con ese timbre de voz particularmente profundo que lo hacía sentir como si le estuviera susurrando sensualmente la canción al oído, quería que volviera a girarse para poder ver de nuevo la piel superior de los pechos que el escote no hacía nada por disimular. Se balanceaba en el asiento al ritmo de la canción de Frank Sinatra y Allen supo que no sólo era esa sensual voz la que lo estaba atontando como marinero en una fosa de sirenas.
Ella dejó de tocar y se puso de pie… Oh, Dios, en cuanto dio un paso al frente, la abertura lateral del vestido se abrió hasta su mulso. Allen dio un largo trago a su whisky, disfrutando del espectáculo y pidió otro vaso más cargado.
La mujer se detuvo frente a un micrófono sostenido en un soporte y continuó con el resto de la canción adoptando un tono más rápido mientras se hacía acompañar por el saxofón de un hombre al que Allen no había visto hasta ese momento.
Ahora que Barbie Malibú en Rojo se dejaba apreciar por completo, todos los hombres del bar habían guardado silencio y se inclinaban hacia adelante; los de la barra miraban por encima de su hombro y el barman también tenía los ojos clavados en ella mientras limpiaba el interior de los vasos con un trapo.
Inconscientemente, Allen se pasó la punta de la lengua por los labios al recorrer con la mirada el único cuerpo femenino del lugar. El vestido se le ceñía en todo el cuerpo hasta los muslos, donde caía suelto hasta los tobillos y la luz sobre ella no hacía otra cosa más que resaltar las suaves curvas que la tela no se molestaba en cubrir.
Extendió los brazos a los lados y meció las caderas lentamente, pero sin parecer vulgar, Allen sabía que era parte de la actuación, aun así era como observar el péndulo de un reloj y terminar hipnotizado.
Zafó el micrófono del soporte y echando la cabeza hacia atrás remató la canción de forma vibrante y expresiva. El saxofón fue lo último que se escuchó y un segundo después, el bar entero estallaba en aplausos, comentarios pícaros y silbidos. Ella mostró esa sonrisa de nueva cuenta y sopló algunos besos. Uno de ellos estuvo dirigido a Allen, pero sabía que ni siquiera se estaba fijando a quien se los dirigía. Hizo una pequeña reverencia dejando ver ese espectacular valle entre sus pechos y salió del escenario tras bambalinas.
Allen sonrió, ni siquiera sabía que estaba sonriendo, que había sonreído durante toda la actuación. Se volvió hacia la mesa y vio a sus amigos, que aún seguían aplaudiendo y silbando. Dexter hasta se había puesto de pie.
— ¡Que cosa! ¿Ves Allen? Te lo dije, cabrón ¡Te dije! Te dije que se te pararía.
—Al que se le paró es a otro —rio mientras hacía un gesto con los ojos apuntando hacia la cremallera abultada de Dexter, que de inmediato se volvió a sentar.
A partir de ese momento, Allen se olvidó de su lista con piernas largas de “cosas por hacer cuando llegues a casa…” y se unió a la fiesta. El hombre del saxofón los acompañó el resto de la noche y él no podía sentirse más relajado en la vida.
Estaba riéndose a carcajadas de un comentario que había hecho Franky cuando, por el rabillo del ojo, vio una figura roja sentarse en la barra.
Se lamió el labio superior.
—Eh, Barbie Malibú a las once quince —anunció apuntándola con la cabeza.
— ¿Barbie Malibú? ¿Le pusiste Barbie Malibú? —dijo Franky mientras volteaba.
—Déjalo, ¿no ves que él jugaba con Barbies cuando era pequeño? —dijo Dexter carcajeándose como loco y contagiando a Franky.
Allen dio un trago y se levantó en dirección a la barra.
—Oye Allen, regresa, hermano, sabes que lo de las Barbies no es cierto, no te lo tomes a pecho —trató de decir serio pero ni siquiera terminó de hablar cuando volvió a reír.
Allen reprimió las ganas de pasar los dedos sobre la espalda descubierta de la mujer antes de deslizar el vaso en la barra y sentarse a su izquierda.
—Linda actuación la de hace un rato —le susurró al oído moviéndole algunos mechones con su aliento. La única razón por la que había decidido empezar tan directo era porque tenía unos cuantos tragos envalentonadores encima.
Ella se hizo hacia atrás incómoda con su cercanía, pero en cuanto lo miró a la cara sonrió. No pudo evitarlo.
—Me alegra que le haya gustado…señor.
Él llenó su vaso con el líquido de la botella nueva que le habían traído y ofreció llenar el vaso de ella.
—Tienes una voz extraordinaria —halagó mientras se inclinaba para llenarle el vaso.
—Bueno, no es para tanto —hizo girar el líquido dorado antes de llevárselo a los labios dejando una marca roja de su pintalabios en el borde—, simplemente es algo que me gusta hacer sin cobrar.
— ¿Cómo? ¿No cobras? —enarcó una ceja.
Ella negó con la cabeza y se fijó en que el hombre tenía la mirada fija en sus labios. Él se dio cuenta y apartó la mirada hacia su vaso.
Su perfil era igual de apuesto que de frente, pensó Belle. Tenía una nariz recta perfectamente esculpida; la mandíbula y los pómulos definidos y fuertes; un par de cejas ligeramente arqueadas que le daban un aspecto arrogante a sus ambarinos ojos y el despeinado cabello castaño lo hacía ver irresistible a los ojos de cualquier mujer por más monja que fuera.
Deslizó los ojos por los músculos de sus brazos que se perfilaban bajo la camisa blanca. ¡Jesús! Era ella o ese hombre destilaba calor. Era como estar sentada junto a un horno industrial. Se abanicó un poco con la mano hasta que aquel par de letales ojos la volvió a enfocar. Un encantador mechón le cayó sobre la frente.
—Deberías cobrar aunque sea la mitad. Tu talento no es de a gratis.
Ella sonrió. Ya se había dado cuenta desde el principio que ese tipo intentaba ligársela. Eso la halagaba de alguna manera, pero también disfrutaba con el poder de rechazarlos. Darles alas con una agradable conversación y luego, con la misma, mandarlos a volar. Era divertido, pero en este caso, el tipo estaba bueno… más que bueno. No muy seguido se le presentaban así. Podría decirse que se sentía un poco intimidada por su tamaño y complexión. Si lograba deshacerse de un espécimen como aquel, sería doblemente divertido.
Cruzó una pierna sobre la otra y la abertura se deslizó a los lados dejando ver por completo su pierna desde la base del muslo.
A Allen casi se le sale el aire, una cosa era verla parcialmente y de lejos, y otra muy diferente era verla completa y muy, muy cerca.
Notó que su ingle comenzaba a palpitar y apuró el trago para volver a llenarse el vaso.
—Tengo mis razones para no cobrar, señor.
—Allen.
— ¿Cómo?
—Así me llamo, llámame Allen, por favor.
Vaya. Estaba desconcertada, era el primer ligador que le decía su nombre. Generalmente no se preocupaban por preguntar su nombre ni por decirle el de ellos ¿Para qué? Si para irse a la cama no se necesitan presentaciones. Cuando uno quiere sexo va al grano y si no, pues no. Punto.
—Allen —pronunció ella. Dios, cómo le gustaba el sonido de su voz, profundo, lento, sensual— Sinceramente, lo hago por venganza.
— ¿Por venganza? —enarcó una ceja —No te ofendas, eh…
—Belle.
—No te ofendas, Belle, pero ¿qué clase de venganza es esa? —dijo tratando de que su capacidad de razonamiento no se viera nublada por el pedazo de carne que tenía a escasos centímetros de él. Si tan sólo estiraba el dedo índice podría tocarla.
Belle frunció el ceño tras su vaso. Diablos. ¿Por qué le estaba diciendo eso a un perfectísimo extraño? Tal vez sólo quería desahogarse, así que aprovechó la oportunidad. Total, no lo volvería a ver en su vida.
—Mi padre me ha prohibido de la manera más expresivamente posible estudiar música en Julliard —dijo con un dejo de desprecio en la voz— Me obligó entrar en la escuela de medicina y ahora se supone —hizo comillas en el aire con los dedos— que estoy en mi clase extracurricular nocturna. Esto es como una especie de…revelación de principios, si así lo prefieres.
Cielos, cómo le gustaba la forma en la que se movían sus labios cuando pronunciaba la “O”.
Allen había dejado el vaso suspendido entre la barra y sus labios mientras escuchaba atentamente.
—Eso es lo peor que te pueden hacer ¿no? —fue lo único que se le ocurrió decir antes de dar el trago. No sabía cómo darle consuelo o hacerla sentir mejor…
Se detuvo en seco.
¿Pero en dónde tenía la puta cabeza? ¿Cómo no se acordó antes?
—Creo que puedo ayudarte —continuó con una sonrisa brillante y un tono despreocupado— Doy clases en Julliard de lunes a viernes, podría ser tu tutor los fines de semana, si estás de acuerdo.
Conforme las palabras salían de su boca, las pupilas de Belle se dilataban y sus ojos adquirían un brillo especial que la hacían ver como una niña a la que le regalan una nueva muñeca.
Reprimió sus ganas de soltar un grito y lanzarse a los fuertes brazos de Allen. <>
—Dios, yo… me siento… yo… —se llevó una mano al pecho y la emoción contenida amenazaba con convertirse en lágrimas —Lo siento.
Allen le tendió una servilleta y ella la aceptó avergonzada. Se limpió con toquecitos para no estropearse el maquillaje y lo miró con la cara roja.
—Qué vergüenza —soltó una risita nerviosa —Gracias, es lo mejor que me han ofrecido. La relación con mi padre se deterioró por esto, pero no me importa —se enderezó en su asiento—, le demostraré lo que soy capaz de hacer por mi cuenta. Nunca aceptó el hecho de que su única hija sólo sirviera para “berrear en la ducha y aplastar teclas” como él dice.
—Ya verás que las cosas se solucionan— dijo Allen, y no se dio cuenta de que había apoyado la mano abierta en torno al muslo descubierto de Belle hasta que lo sintió sedoso y caliente bajo la palma. De nuevo esa descarga eléctrica trepaba por los nervios de su brazo y se asentaba entre sus piernas.
Retiró la mano inmediatamente, cuando en realidad tenía ganas de subirla un poco más. Belle también se había atontado y había sentido un calorcillo en el vientre, pero por primera vez, el contacto no le desagradó y se sintió culpable. Culpable porque, normalmente le habría atestado una cachetada al tipo y esta vez ni siquiera se acordó. Sintió que se faltaba el respeto a ella misma, sorprendiéndose al mismo tiempo de lo poco que le importaba.


Pasaron un buen rato charlando trivialidades y otro rato cosas personales. Allen tenía veinticinco años; tocaba todos los instrumentos pero su fuerte era el violín; vivía solo en un departamento cerca del Central Park y ese era su bar favorito. Belle tenía diecinueve años (Allen se sorprendió porque diecinueve se le hacía muy de cría y ella tenía un cuerpo que superaba las expectativas); vivía con su padre y su madrastra y por las noches se escapaba de la facultad de medicina, pasaba a la casa de su amiga prostituta por ropa y llamaba a las puertas de los bares ofreciéndose a tocar una noche sin cobrar. Eso lo molestó en una forma que no comprendió. Le molestó el hecho de que Belle anduviera sola a altas horas de la noche, luciendo modelitos de prostituta en bares. ¿Qué nadie le decía que así nadie se fijaría en su música?
Una extraña sensación de querer protegerla lo atravesó, pero decidió ahuyentarla.
Poco a poco se terminaron la botella y pidieron otra, luego otra. Allen ya no estaba seguro de poder llevar a su par de… su par de… Cabrones. Al parecer ya se habían ido, sólo esperaba que quedara un mínimo pedazo de conciencia en alguno de ellos y hubieran tomado un taxi o se hubieran quedado dormidos en la banqueta para que, a la mañana siguiente, la máquina barredora los recogiera y así escarmentaran de una buena vez.
Sacó un cigarrillo, lo sostuvo entre sus labios y luego sacó el encendedor. Se dio cuenta de que Belle lo estaba mirando fijamente hacia los labios.
—Oh, lo siento —sacó la cajetilla— ¿querías uno?
Ella sacudió la cabeza.
—No fumo, me asquea el humo.
Allen entendió la indirecta y guardó el cigarrillo. Pero ahora ¿qué lo mantendría distraído de ese par de pechos que parecían gritar su nombre? Miró el reloj de enfrente, eran las tres de la mañana y llevaba por lo menos cuatro horas resistiéndose al manjar que tenía enfrente. Estaba tenso y se sentía reprimido sexualmente. Sabía que ya tenía que marcharse pero no podía hacerlo. Aquella mujer era tan magnética que lo tenía inmovilizado y algo le decía que no debía irse hasta haberla probado.
Fue ella la que miró el reloj un momento después, agrandó los ojos y dio un respingo.
— ¡Maldita sea, se me hizo tarde! —se apresuró a levantarse privando a Allen de la bronceada piel de su pierna y buscó desesperadamente su celular en el bolso. Marcó unas cuantas teclas a toda prisa y se llevó el auricular al oído con la mirada angustiada —Bueno, fue todo un placer —dijo apresuradamente a Allen tendiéndole la mano. Oh, no, señor ¿Eso era todo?
Allen se la estrechó con más fuerza y por más tiempo del necesario y la observó marcharse, tomando nota mental del balanceo de sus caderas al caminar.
— ¡Hola! Soy yo… sí, lo siento. Estaré ahí de inmediato, voy para allá… —Su conversación al teléfono fue ahogada cuando salió por las puertas automáticas. Allen supuso que estaba hablando con su padre y deseó que no se fuera a enfadar con Belle cuando llegara.
Se terminó la copa tranquilamente, pagó al mesero una cantidad de la que se arrepentiría haber gastado en cuanto estuviera sobrio, recogió la corbata y su chaqueta colgándosela al hombro y salió rumbo al ascensor. El hotel estaba casi vacío y sólo se oía el eco de las suelas se sus zapatos rebotar en las paredes. Cuando llegó a la zona de ascensores, uno de ellos estaba por cerrarse así que se apresuró a meter una mano entre las puertas y estas se abrieron con un susurro…
— ¿Belle?—tuvo que parpadear un par de veces, tal vez e alcohol ya surtía efecto. Entró en el habitáculo forrado en latón y se situó junto a Belle— Creí que ya te habías ido— volvió a sentir esa desesperante tensión que se apoderaba de sus músculos cada que le llegaba aquel perfume floral.
—Me perdí en el camino de vuelta a los ascensores —explicó encogiéndose de hombros— Genial, llego aún más tarde.
Allen se debatió entre quedarse y aguantar o salir y entrar en otro ascensor, pero las puertas volvieron a cerrarse dejándolo sin opciones.
Se acercó al comando y presionó el botón del vestíbulo…al mismo tiempo que Belle. Ambos se miraron a los ojos y ella se apartó rápidamente arrinconándose en la esquina contraria a él. Sintiendo las mejillas calientes y palpitaciones en todo el cuerpo.
Comenzaron descender lo que les pareció una eternidad en la que, después de haber hablado como dos cotorros, ahora no tenían nada que decirse. Belle escuchaba la respiración trabajosa de Allen y eso la hacía imaginarse cosas. Cosas que implicaban tenerlo a él encima de ella con el mínimo de ropa.
Trató de concentrarse en la cancioncita country que sonaba muy bajito dentro del ascensor, pero de nada sirvió, era muy consciente de la presencia y la masculinidad de Allen quemando su brazo. En ese espacio tan reducido, le pareció que él llenaba todo con sus anchas espaldas y ese aroma tan condenadamente sexy que desprendía su camisa.
Por fin. Se detuvieron y ambos soltaron el aire contenido. Allen estaba tan ansioso por salir de ahí que se acercó a las puertas, preparado para salir disparado, pero justo en ese momento escuchó un crujido metálico, el ascensor se cimbró, la cancioncita dejó de sonar seguido por la oscuridad absoluta.
Belle soltó un gritito y él gruñó dando un puñetazo en las puertas de latón.
— ¡Allen!
—Aquí estoy, Belle —dijo calmado y le tocó un brazo para que se tranquilizara.
Ella se agarró con fuerza a su antebrazo y Allen supo que se había acercado mucho cuando sintió su cabello cosquillearle en la barbilla.
—No puedo ver mi mano frente a mí —dijo con voz trémula.
—Se fue la electricidad, tranquila. Jamás tarda tanto en regresar —dijo tratando de convencerse a él mismo, sabía que no aguantaría quieto más tiempo. Hurgó en su bolsillo trasero del pantalón y encendió la luz de su celular.
Alumbró la cara asustada de Belle y le sonrió. Ella se dio cuenta de que estaba colgada de su brazo y se apartó lentamente.
—Demonios, sólo esto me faltaba —carraspeó Belle entre dientes.
Allen alumbró el botón de emergencia pero tampoco respondía. Al parecer estarían ahí mucho tiempo.
Los dos solos.
Con Belle.
Mierda.
Su temperatura corporal comenzaba a elevarse. Sostuvo el celular entre sus labios, se subió las mangas de la camisa hasta los codos y se desabrochó dos botones.
— ¿Qué haces?
—Hace calor.
—Ah…
Apuntó la luz al techo y se frotó la barbilla pensativamente.
—Ya deberíamos estar a la altura del vestíbulo —murmuró examinado la puertecilla del techo— si logramos salir por ese hoyo estaríamos ahí.
De repente, lo vio hincarse en el suelo de espaldas a ella.
— ¿Qué haces?
—Siéntate en mis hombros, yo te subo —dijo en tono de urgencia.
Belle retrocedió un paso.
— ¡No! No voy a hacerlo.
—Belle, en el mejor de los casos nos sacarán hasta el amanecer, y eso si tenemos suerte y no se nos acaba el oxígeno antes.
—Ya te dije que no.
Escuchó a Allen gruñir una maldición y lo sintió ponerse de pie.
— ¿Por qué no? ¿Tienes una idea mejor? Adelante, escucho —la apuntó con la luz y ella entrecerró los ojos, cegada.
—No puedo subirme a tus hombros.
— ¿Por qué? —se acercó un paso. Las piernas de Belle temblaron al retroceder.
—Sería muy incómodo.
— ¿Por qué? —otro paso adelante. Un paso atrás para Belle.
—Iba a ver a mi novio saliendo de aquí y…
— ¿Y? —enarcó una ceja y dio otro paso.
—No traigo ropa interior —al decirlo en voz alta, fue como si la zona entre sus piernas hubiera escuchado y se hubiera puesto a palpitar.
—No traes… —se detuvo en seco y dejó caer el celular al suelo con un golpe sordo, cayó boca abajo y la escasa fuente de luz que tenían desapareció.
El corazón de Belle chocaba con tal violencia contra su pecho que le dolía. Lo único que escuchaba era su propio pulso y la fuerte respiración de Allen. Como si hubiera corrido un maratón.
—A… ¿Allen…? —apenas alcanzó a decir cuando sintió que un par de manos calientes y fuertes emergían de la oscuridad y la empujaban con fuerza contra la pared haciendo temblar los paneles de latón.
Ella soltó un jadeo de sorpresa que fue ahogado al sentir algo húmedo, caliente, suave y flexible aplastarse contra una de sus comisuras, buscando a tientas sus labios para devorarlos con avidez y urgente ferocidad.
Una mano se cerró sobre su pecho, luego sintió el cuerpo grande y duro de Allen aplastarla contra la fría pared. Fue asombrosa la repentina oleada de deseo que experimentó de la cabeza a los pies y aprovechó que Allen le había dejado de devorar los labios para jadear una incoherencia.
Belle enterró los dedos en su cabello y echó la cabeza hacia atrás cuando él empezó a chuparle el cuello y a frotarse provocativamente contra ella. La fina tela de su vestido no representó ninguna barrera para sentir su miembro duro crecer a cada movimiento. Ella, inconscientemente fue arrastrada a imitar el ritmo de ese balanceo mientras sentía la mano hirviente de Allen subir por su pierna y ahuecarle una nalga desnuda tras el vestido.
<< Oh, sí. Tócame. Tócame donde quieras >>
—Allen…
—Belle, no puedo aguantar más… estoy a punto de…
—Oh, Dios, hazlo ¡Hazlo ya! —se apresuró a llevar las manos a tientas hacia su cremallera tensa por la erección mientras él forcejeaba con el cinturón.
Allen estaba tan desesperado, duro y caliente que trató de apartar las manos de Belle y hacerlo él mismo.
—Déjame a mí, ya casi… —protestó ella, pero él se las empujó decididamente.
— ¿Qué parte de “no aguanto más” no entiendes?
Comprendió el grado de su urgencia y lo dejó hacer. Acabó en un santiamén y los pantalones se escurrieron de sus caderas.
Belle no podía ver nada. Cuando Allen volvió a aplastarse contra ella y la besó con ardor, sintió su miembro hinchado contra el vientre.
<< Dios mío, sí que lo tiene grande >> No pudo evitar bajar una mano y entornar los dedos alrededor de él. << Muy grande… ¡Enorme! >>
—Allen, lo tienes…
—Hecho para ti.
Belle sintió una fina capa de sudor empañando los brazos de Allen cuando le metió las manos en las piernas y le levantó el vestido con brusquedad. Escuchó que la tela de la abertura se rasgaba, pero no hubo mucho tiempo de preocuparse por el arruinado vestido porque él tensó las manos alrededor de su cintura y la levantó en volandas con un gruñido de esfuerzo tan profundo y masculino que la excitó al doble.
Ella rodeó la cintura de Allen con las piernas y enganchó los brazos alrededor de su húmedo cuello, recargando la mejilla sobre su coronilla.
Allen la apoyó contra la pared y comenzó deslizarla hacia abajo. Hacia su dolorosa erección. En el último momento, Belle se había preguntado cómo demonios iba a entrar esa bestialidad en ella. Los tipos con los que se había acostado antes eran grandes, pero no tan Grandes con “G” mayúscula.
Cerró los ojos apretándolos con fuerza mientras Allen se colaba lentamente dentro de ella, abriéndola más y más.
—Shh, tranquila, preciosa, estás muy tensa —le susurró con voz ronca mientras le metía más las manos por debajo del vestido y le acariciaba la curva de la cintura con los pulgares dibujando círculos desesperantemente lentos que le quemaban su sudorosa piel —te prometo que sólo dolerá un segundo y después de eso te encantará.
Belle supo que estaba en lo cierto cuando él estuvo completamente dentro de ella, rozando insoportablemente el punto más inalcanzable de su ser. Se retiró con resbaladiza facilidad y regresó a ella en un solo envite.
Belle gimió contra su oído y eso lo volvió completamente loco. Quería hacerla gemir hasta perder la consciencia. Sentía un perverso deseo de volver a escucharla y quería que lo hiciera en su oído.
Allen se movió, marcando un ritmo moderado al principio para después hacerlo con más brusquedad, con más vigor. Empujándola hacia arriba.
Las uñas de Belle se clavaron en sus duros hombros, tensándole y arrugándole la camisa. Instintivamente, se le cerraron los ojos, se arqueó contra él, echó la cabeza hacia atrás y lo único que salía de sus labios entreabiertos eran jadeos, largos gemidos que aumentaban de volumen conforme las descargas de placer se volvían cada vez más difíciles de soportar e incoherencias como << Sí, sí, ¡Sí! >>, << Oh>>, << Ah >>, << Más rápido >>, << Más fuerte >>, << Sí, cariño… así. Así me gusta >>
Los ruidos que ella hacía, se mezclaron con los jadeos y gruñidos contenidos de Allen. Las nalgas de Belle chocaban a cada envite contra el latón a su espalda haciéndolo protestar con un ruido metálico. En conjunto, era un concierto de sonidos eróticos y sensaciones placenteras y sudorosas. ¿Qué estaría escuchando la gente de afuera? La idea de que alguien pasara por ahí y escuchara lo excitaba.
El celular de Belle había sonado en repetidas ocasiones y Allen tuvo el vago recuerdo de ella mencionando a su novio << Iba a ver a mi novio saliendo de aquí y… no traigo ropa interior >> Ella gritó recordándole quién se lo había metido y él sonrió maliciosamente. Puede que fuera propiedad de otro cabrón, pero él se la había montado y la estaba disfrutando. Además, tenía el ego tan grande como para asegurar que no le volverían a dar lo que él le estaba dando.
Belle se ahogaba. Se estaba ahogando en un mar de puro placer. Estaba mareada y de no haber sido porque estaba bien clavada en Allen y aferrada de brazos y piernas, se hubiera caído hecha puré. Experimentó los espasmos más largos y devastadores que jamás le habían hecho sentir, dando lugar a un clímax imposible de atravesar sin dejar escapar un grito. Allen le besó el cuello con suavidad, aprovechando que ella había echado la cabeza hacia atrás mientras se recuperaba y cuando sintió que el orgasmo lo alcanzaba a él, la tensión que se apoderó de sus músculos lo hizo detenerse, cerrar los ojos y apretar los dientes con fuerza.
Se quedaron así un rato, el placer los había dejado temblorosos pero ninguno de los dos se separó. Belle apoyó la frente en el hombro de Allen con respiración jadeosa y él enterró el rostro en su cuello con el pecho subiendo y bajando rápidamente.
Poco a poco, el sentido común le taladró el cerebro, salió del interior de Belle muy lentamente dejándola dolorida y pegajosa y la bajó.
Ella perdió el equilibrio tan pronto como sus tacones apenas rozaron el suelo y él la sostuvo por los hombros. Belle fue totalmente incapaz de mantenerse de pie ¿La había dejado inválida? Quién sabe, sólo estaba segura de que sentía las piernas como gelatina. Se aferró a los antebrazos de Allen y él permitió que le echara todo su peso.
—Dios mío, Belle ¿Qué pasó con tus piernas?
—Doctor, dígame la verdad ¿necesitaré silla de ruedas?
Allen rio taciturno.
—Sólo necesitas descansar —le pasó una mano por los cabellos hasta la parte baja de su espalda.
—Lo sé, estoy cansada, pero quiero mi cama.
<< Hubiera sido tan bueno haberlo hecho en una cama de este hotel >> pensó Allen.
La apoyó contra una de las paredes llena de paño y buscó a tientas su chaqueta, la extendió en una esquina y luego hizo que Belle se tumbara en ella.
—Oye ¿Qué haces?
—Hora de dormir, Belle.
—Pero… —sintió que él se sentaba a su lado y volvió a acalorarse, pero esa vez el sueño y la fatiga eran más fuertes que cualquier otra cosa —Allen…
—Buenas noches, preciosa.




El cielo de Nueva York clareaba y la creciente luz del sol se reflejaba en las ventanas de los rascacielos como espejos.
—Te digo Earl, ayer hubo un apagón tremendo en toda la manzana, pero me dijeron en recepción que no había nadie en los ascensores y que podía irme —dijo el mecánico a su compañero mientras mascaba tabaco y metía su herramienta en la hendidura de las puertas del ascensor atascado.
—Qué bueno, hubiera sido muy desafortunado que alguien se quedara atrapado.
El mecánico entornó los ojos y forcejeó con las puertas.
—Eh ¿quieres ayuda?
—No, sólo… hay que ser…rudo con estas cosas…
Las puertas se abrieron a regañadientes y encontraron a una pareja sentada en el suelo. Ella tenía la cabeza recargada contra el hombro de él y la mejilla de Allen contra la cabeza de Belle.
Ambos hombres soltaron una exclamación despertando a Allen con un sobresalto.
—Amigo ¿Estás bien?
—Dios mío ¿Te falta el aire? ¿Quieres que llamemos al 911? ¿Tu novia está muerta?
¿Su…su novia?
Desorientado, miró el bello rostro de Belle recargado en su hombro como si fuera lo más natural del mundo. Las imágenes previas a la oscuridad y las sensaciones carnales se dispararon en su memoria como flashazos.
Agitó el hombro de Belle y ella hizo un ruidito de protesta acurrucándose más contra él.
—Belle. Belle, despierta.
— ¿Mmm?
Ella abrió los ojos lentamente parpadeando con la luz y luego comenzó a mirar frenéticamente alrededor hasta que sus ojos chocaron con los zapatos de los dos mecánicos, alzó la vista y soltó un gritito. Intentó cubrirse con una manga de la chaqueta, pero de nada sirvió.
El cabello revuelto, la ropa arrugada, la camisa abierta de Allen, las marcas de pintalabios rojo en su cara y cuello, el vestido rasgado y el hedor a sexo eran pistas suficientes para que hasta el más imbécil dedujera lo que habían hecho dentro de ese espacio tan reducido.
Sin dar explicaciones, salieron del ascensor. Allen dejó que Belle se cubriera su ya precario vestido con la chaqueta.
El sol mañanero y los ruidos vehiculares los abrumó una vez que pisaron el cemento frente al hotel.
Belle comenzó a quitarse la chaqueta pero Allen se lo impidió.
—No, quédatela. La necesitas más que yo.
Ella se encogió de hombros avergonzada y murmuró un << Gracias >>. Se miraron a los ojos sin saber muy bien cómo despedirse. Belle tenía unos espectaculares ojos azules y era la primera vez que Allen los veía a todas luces.
<< Eeeh… ¿Gracias por la noche de sexo duro? >> Sí, como no.
En vez de eso, levantó la barbilla y dijo en tono formal:
—Adiós, Allen —dio media vuelta y tragando saliva, se fue.
Él, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, la observó marcharse y sonrió lentamente. Quisiera o no, ella llevaba su perfume impregnado en la piel, y no se lo quitaría ni restregándose con piedras volcánicas.
Respiró hondo el olor de las crepas de algún carrito ambulante y caminó en dirección contraria.
—Adiós, Belle.




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lunimaniwi


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