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Lo que todo gato quiere

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Lo que todo gato quiere

Mensaje por lunimaniwi el Jue 23 Jun 2011 - 3:21


:waitingg: Buenos días, tardes o noches!!!!! Soy la nueva del grupo :fumon:
Aquí en el foro soy Lunimaniwi, "Luni" para abreviar (ojalá no me hubiera registrado con un nombre tan largo) pero mi verdadero nombre es Ingrid.
Bueno ya basta de mi xD...
Estoy aquí para publicar mi más reciente proyecto ocioso. "Lo que todo gato quiere" es una comedia romántica que estoy redactando con toda la dedicación y amor posible porque mi apasionante hobbie(despues de comer helado de coco) es escribir las locuras locas que se me ocurren xD
Sinceramente me declaro malisima para reseñar mis propias historias así que les debo la introducción
Nada me haría más feliz que leer sus comentarios (buenos o malos) porque s´lo así podré retroalimentarme para mejorar porque soy consiente de que tengo muuchos errores y tal vez los vean.
Ahora sí, me callo y comienzo a subir los capis >.<

Ahh otra cosita!!!!! si los capítulos se llegaran a revolver o les sea difícil seguir la secuencia los pueden leer con toda la calmita del mundo en mi blog http://www.loverbook-ingrid.blogspot.com/

ESPERO ARRANCARLES TANTAS SONRISAS CON ESTA HISTORIA COMO ME LAS ARRANCÓ A MÍ AL ESCRIBIRLA. :D



“Miauu”
-Un gato


Prólogo

A un insalubre callejón de Londres llegaron el señor y la señora Gellar.
Sus costosas ropas desentonaban con el arrabal y la presión de la lluvia los motivaba a terminar a prisa con lo que se traían entre manos.
El señor Gellar se adelantó empujando unas cuantas cajas y bolsas pestilentes de su camino y a lado del contenedor de basura improvisó una casita de cartón con una manta de fina seda y unos cuantos periódicos.
- Rápido Sarah, dámelo.- le dijo a su esposa extendiendo las manos.
La señora Gellar arrebujó el diminuto bultito envuelto en manta que tenía en los brazos con más fuerza.
No quería hacerlo.
- ¿Estás seguro Greg? ¿Qué va a decir Gerald cuando descubra que no está?
Lo que opinara su hijo Gerald no le importaba al señor Gellar en ese preciso momento. Sólo estaba aprovechando su hora de dormir porque así no se daría cuenta hasta unas horas después del amanecer, tiempo suficiente para inventarle una excusa que le sonara convincente a un niño de tres años.
Pan comido.
- Sarah.- la apuró
Su marido estaba impaciente y ansioso, lo notaba en el temblor de sus manos extendidas.
Entre aliviada y angustiada, Sarah miró al gatito recién nacido que cargaba.
Tenía el tamaño de un ratoncito de cocina, sus diminutas orejas temblaban pegadas a su cabeza de color negro y ya comenzaba a emitir agudos y débiles maullidos en busca de la leche de su madre.
A pesar de sentir su alma estrujada al abandonar a una criaturita así, no podían permitirse conservarlo por dos razones, su madre ya no podía cuidar de él y su hijo Gerald era alérgico al pelo de gato.
Así debía ser.
Era lo mejor.
¿Y por qué se sentía tan mal?
Sacó del bolsillo de su abrigo de piel una fina cadena de oro con un dije ovalado y la ató holgadamente al cuello del gatito. Si pudiera recuperarlo lo haría y así lo encontraría.
La señora Gellar miró angustiada el rostro de su marido y un relámpago lo iluminó.
El bultito pasó de las pequeñas manos de Sarah a las enormes y fuertes de Greg quien lo acomodó sobre el refugio que había armado.
Empapados y en un mortal silencio regresaron al Cadillac que los esperaba a la entrada del callejón y regresaron a su residencia dejando al gatito revolviéndose entre la manta, con el dije de oro centelleando al contraste con la intensa luz de luna llena.


Capítulo 1
<< ¡Y los Escorpiones de Dancey High son campeones por tercera vez consecutiva!>>
AJÁ. ESO ES.
¡NUESTRO EQUIPO ES EL MEJOR!
El campo de futbol americano de Dancey High estalló en vítores y serpentinas rojas y amarillas, los colores oficiales de la escuela.
Los corpulentos jugadores se quitaron sus cascos y chocaron sus cuerpos embarrándose el sudor de la victoria entre ellos, el entrenador les daba sonoras y varoniles palmadas en las espaldonas de gorila, las porristas besaban a sus novios del equipo o saltaban canturreando la porra, agitando pechos y pompones.
Los espectadores saltaban en las gradas y se echaban la cerveza encima mientras que los perdedores de Abbott High salían discretamente para no ser abucheados, pero a nadie le importaba, todos estaban ocupados festejando.
Todos menos la mascota del equipo.
Esa pobre botarga de escorpión que corría por el campo, perseguida por la horda de jugadores que querían lanzársele para festejar… no se la estaba pasando bien y no le hacía ninguna gracia que los gorilas quisieran matarla.
<< Oh, parece que Escorpi no quiere un abrazo. Vamos, animemos a Escorpi >>
Exclamó el locutor por los potentes altavoces del campo.
Enseguida la porrista capitana lideró la porra en contra de Escorpi.
Era una perra.
¡ES-COR-PI. ES-COR-PI. ES-COR-PI!
Todos en las gradas la corearon. Eso era un complot. Era alta traición.
Esa pobre botarga de ahí.
La que corría por su vida a lo largo de todo el lodoso campo.
La que ahora se encontraba en el suelo.
Y a la que le estaban cayendo los jugadores, uno por uno.
Era la pobre Ginger.
Todos estallaron en aplausos y bulla.
Cuando Ginger pensó que ya no podía respirar más, que ya se estaba ahogando con su propio sudor y que el calor de los diez cuerpos la neutralizaba, oyó el silbato del entrenador.
- Ya basta, aléjense de ella. Déjenla respirar, fue suficiente, bien hecho chicos.
Uno a uno se bajaron de ella y uno a uno se reacomodaron sus órganos.
Ginger quedó enterrada en el pasto y el lodo del campo. El entrenador Callahan tuvo que tirar de ella mientras tosía pasto salido de quién sabe donde.
Él le zafó la cabeza de escorpión y encontró a una Ginger moribunda de calor, con el pelirrojo cabello apelmazado por el sudor, las pálidas mejillas sonrojadas y los parpados inferiores hundidos por la deshidratación.
- ¿Estás bien?- le preguntó dándole una palmada en la mejilla que le dolió. Eso era lo más delicado que el entrenador podía ser y con mucho esfuerzo.
Ginger no pudo contestar porque tosió más tierra pero asintió con la cabeza.
- Que bueno. – dijo y se fue a festejar rudamente con sus chicos.
Mientras notaba que la dejaban sola en el campo, se sacudió la tierra y el pasto de su botarga de escorpión, que viéndola de lejos parecía más un camarón debilucho.
Quería estar cerca de los jugadores, en realidad quería ser porrista, pero sabía que ni aunque Keyra y sus secuaces estuvieran drogadas y ebrias la aceptarían. Es decir, bastaba con mirarla en el pasillo frente a su sobrio casillero mientras que los demás estaban personalizados, bastaba con ver la forma en que llenaba sus delgaditos brazos de libros mientras que los demás no cargaban ni con el aire, tan sólo bastaba con ver su forma de vestir: al estilo bibliotecaria con esos lentes que se oscurecían en el sol y esa mata de cabello rebelde que siempre llevaba pulcramente peinado en una trenza francesa.
Era la marginada tesorera de Dancey High, a la que si se le caía un libro se lo pateaban, si se le caían los lentes se los rompían, si entraba a un salón en su función de tesorera escolar y decía << Atención por favor >> hacían todo menos eso, si alguien no había hecho su tarea, se la robaban y después la encontraba arrugada y manchada de sabrá Dios qué.
Ah, y encima quería ser porrista, pero era la botarga.
No importaba. Así estaba cerca de los jugadores y las porristas. Estaba todo bien.
Enserio…
Tal vez.
Puso la escorpi cabeza bajo el brazo y caminó cojeando hacia el exclusivo vestidor de las porristas que era uno de los privilegios (en realidad el único) que gozaba. Entrar en la cede de lo fashion, las mini bragas, y los cuerpos talla cero.
Cada vez que Ginger entraba en ese lugar las demás se callaban como si estuvieran hablando de ella, pero desechó la idea porque eso sería un honor, no hablaban de ella, se burlaban de ella. Le metían el pie cuando pasaba, le lanzaban muecas nauseabundas como si fuera radiactiva o la repelían.
Esta vez habían llegado lejos.
Al abrir su casillero no encontró su ropa.
Ni siquiera estaba su mochila y si no estaba su mochila no estaba su cartera, y si no estaba su cartera no tenía dinero, y si no tenía dinero no podría tomar el metro.
Tenía que caminar de regreso a su casa. ¿Y si llovía? Era un hecho que llovería ¿Y si se hacía de noche? Bueno, ya era de noche ¿Y si la asaltaban? Qué diablos, no podían hacer eso porque no llevaba nada más que su virginidad por lo tanto podrían…
- O-oigan chicas- murmuró.
Nadie le hacía caso, todas estaban admirando la talla de brasiere de Keyra.
- Disculpen… ¿han visto mi…?
Terminaron de vestirse y entre fuertes carcajadas salieron azotando la puerta y dejando a Ginger sola con su alma.
Todo lo que quería era quitarse la botarga pero no podía irse en ropa interior… sí, así es, todo lo que traía puesto era ropa interior.
Sin más retraso salió del vestidor a los pasillos y empujó las puertas de cristal de la entrada.
Todos se iban en sus autos, Ginger se vio tentada a pedir aventón a alguien pero ¿a quién? Si no tenía amigos.

Mientras caminaba por Baker Street tenía la cabeza gacha pero eso no evitaba que los transeúntes la miraran con cara de “Mira mami, un camarón” no habían ojos que no se torcieran hacia ella, la ponían nerviosa y la hacían caminar más a prisa.
Zigzagueaba para evitar los charcos de la lluvia anterior. Había llovido durante el partido pero eso no impidió que siguieran adelante, lo cual no fue favorecedor para Ginger porque Escorpi terminó oliendo a perro mojado.
Una gota explotó en su respingona y pecosa nariz.
Miró al cielo y divisó esas grandes nubes grises a contraste con el oscuro que antecede a la noche.
La gente ya comenzaba a cerrar los locales y Ginger cruzaba la zona de los callejones.
Comenzó a sudar sólo de imaginarse la clase de maleantes que aguardaban una víctima tras los mugrosos contenedores de basura. Pensó en todas las señoritas que fueron víctimas de Jack el Destripador. Ella estaba en una situación parecida antes del crimen, salvo que distaba mucho de parecer prostituta.
Un estrépito paró su corazón y luego lo hizo latir muy rápido. Era como varios baldes metálicos cayendo.
Una mancha negra pasó por los pies de Ginger como una exhalación seguida de un hombre que salía por la puerta trasera de un callejón con un mandil manchado de sangre y grasa mientras agitaba una escoba en el aire.
- Maldito bicho ¡vuelve a meterte con mis carnes y te convertirás en una hamburguesa!- masculló el hombre saliendo a la húmeda banqueta.
El carnicero se limpió el sudor de la frente con su peludo y gordo brazo embarrándose de sangre y miró a Ginger de arriba abajo tratando de descifrar de qué diablos iba disfrazada.
- Oye niña, si ves a esa mascota del demonio tráemelo ¿entiendes?
Ginger asintió enérgicamente con la cabeza y siguió rápidamente su camino.
Antes de llegar a la esquina, en la entrada de otro callejón, había un gato de pelaje negro brillante de espaldas a ella.
Sabía que en cuanto se acercara lo asustaría y saldría corriendo al recoveco más cercano, así que trató de amortiguar el sonido de sus pasos.
A pesar de sus esfuerzos, las puntiagudas orejas del gato comenzaron a girar y retorcerse como una antena tratando de encontrar la señal. Cuando hubo encontrado la frecuencia de los pasos miró sobre su hombro.
Ginger se detuvo en seco y se quedó congelada, sin mover un solo músculo tratando de que él no saliera huyendo.
El animal fijó su felina y afilada mirada en ella. Tenía unos ojos azul turquesa que parecían realzarse en 3D sobre su pelaje negro.
Con la elegancia que suele caracterizar a los gatos, se levantó y giró hacia ella levantando y agitando la cola.
Oh, no. No era tonta, veía demasiado Animal Planet como para saber que la mirada fija y la cola danzante era un gesto equivalente al de una serpiente sonando su cascabel.
El gato adelantó una pata y Ginger retrocedió un pie. Con mucho cuidado rodeó al minino para poder pasar como si de un precipicio se tratara.
Mientras, el gato la seguía con la mirada y la cabeza.
Con un escalofrío Ginger cruzó la siguiente calle, ya se encontraba más cerca de su casa.
- Miauu.
Reprimió un gritó y dio un respingo.
El carnicero tenía razón. Tal vez si era la mascota del demonio.
Ahí estaba esa bola de pelo negra mirándola directo a los ojos, ronroneando y moviendo lentamente la cola de derecha a izquierda.
Se acercó con parsimonia a ella.
- No, no, no. No te muevas.- le suplicó mientras ella retrocedía los pasos que daba el gato.- gatito, lindo gatito…ay Dios, me das miedo.
Tras su espalda escuchó el pitido de los autos, había llegado al borde de la banqueta y no podía seguir retrocediendo sin que la aplastaran como sapo.
El gato se acercó tanto a ella que se podían tocar. Levantó el lomo y se enroscó en la pierna de Ginger .
Ella soltó el aire que había estado acumulado en su interior. Después de todo no iba a morir siendo asesinada por un gato.
Se agachó en cuclillas y le extendió su mano.
El animal la olisqueó un momento y luego restregó su sonrosada nariz y su mejilla en ella.
Ginger le rascó tras las orejas, le deslizó la mano sobre el lomo hasta la cola provocando que el gato se arqueara.
Gin se rió.
- Eres muy lindo.
Él maulló como diciendo << lo sé>> y cerró sus preciosos ojos azules mientras le rascaba el cuello, su pelaje estaba mojado pero era muy suave.
Ginger sintió algo extraño bajo el pelo de su cuello.
- Vaya, ¿Qué tienes aquí amigo?
Se agachó un poco más y sus dedos jalaron una cadena de pequeños eslabones dorada.
- ¡No puede ser! ¿Cómo es que tú tienes cosas de oro y mis padres sólo me dan de plástico?
El gato protestó porque había dejado de acariciarlo y Ginger le frotó la barbilla con una mano mientras que con la otra le daba vueltas a la cadena sintiendo la vibración de su ronroneo bajo los dedos.
Se encontró con un pequeño óvalo dorado con un escudo grabado en una cara y un nombre en la otra.
- Se…Sebastian.- leyó- ¿Te llamas Sebastian?
- Miau.
- No te ofendas ¿quieres? Pero normalmente a los animales se les pone nombres ridículos como Skipie, Pulgas, Manchas, Rex o algo así pero ¿Sebastian? ¿quién es tu dueño? ¿Paris Hilton?
Un trueno golpeó el cielo, un relámpago lo iluminó y la lluvia comenzó.
- Ay no.
Ginger no lo pensó ni dos veces; tomó la cabeza de Escorpi con una mano, a Sebastian el gato con otra y echó a correr levantando el agua de los charcos con sus pisadas.
Al llegar a su calle sintió que las fuerzas le faltaban y la lluvia le borraba el camino a su de por sí miope vista.
Subió las tres escalinatas de su casa y antes de pulsar el dedo en el timbre se acordó del gato que llevaba colgando en el brazo.
El pobre se había empapado de nuevo y sacudió la cabeza haciendo tintinear su collar.
A Ginger no se le había ocurrido qué diablos era lo que iba a hacer con él.
Definitivamente sus padres no la dejarían tener otra mascota, y menos tratándose de un gato. Su madre les tenía alergia porque soltaban demasiada pelusa.
Un trueno volvió a irrumpir el sonido de la lluvia repiqueteando en la calle adoquinada y Ginger tomó su decisión: definitivamente no tenía corazón para dejarlo ahí afuera en la lluvia. Si lo escondía muy bien en algún rincón de su habitación tal vez su madre no se diera cuenta, además, hoy le tocaba hacer guardia en el hospital donde trabajaba y su padre tenía una cirugía programada para altas horas de la noche así que…
Metió la bola de pelos en la cabeza de Escorpiconsiente de que no estaría cómodo.
Y precisamente, siseó irritado.
- Chhts, cállate sólo será un momento.
Pulsó el timbre repetidas veces, con una bastaba pero esa era la costumbre que irritaba a toda su familia y que a ella le daba placer.
Del otro lado de la puerta se oyeron pasos apresurados acompañados por pezuñas y ladridos.
- ¡Honey, perro malo, no arañes la puerta!... ¡Gin! Santo Dios ¡Mira como vienes cariño! Entra qué esperas ¿Qué llegue navidad?
La señora Kaminsky, “Kamy” la empujó dentro del calor de la casa. Era la niñera de Ginger desde que ella tenía uso de razón y con los años se convirtió en parte de la familia.
Le fascinaba llegar a casa con el recibimiento del olor dulzón a galletas en el horno, el calor proveniente de la chimenea encendida en la sala y la estación de la “hora clásica” saliendo del viejo radio de su padre.
En ese momento la canción de Frank Sinatra Singininthe Rainera muy apropiada para la ocasión.
Mientras Kamy subía las escaleras en busca de una toalla caliente, Honey, el perro labrador de la familia que debía su nombre al color miel de su pelaje, olfateó a Ginger frenéticamente.
Debía percibir el olor de Sebastian y Sebastiana su vez debía percibir a Honeyporque los pelos de su lomo se erizaron y el perro comenzó a gruñir.
Cuando Kamy bajó con la toalla trató de despojar a Ginger de su “uniforme”
- ¡No!... es decir, no te preocupes. Yo me encargo, subiré a cambiarme.
- Como quieras- dijo Kamy con mirada perspicaz- pero no te vayas a resbalar Ginger por favor, tus padres ya tienen suficiente trabajo en el hospital como para atender otra pierna rota.


Capítulo 2
Ginger salió de cambiarse y al abrir la puerta de su habitación se encontró a Sebastian empapando el centro del hermoso edredón rosa de su cama mientras se acicalaba tras las orejas con una pata.
- Gato malo, bájate de ahí.- lo ahuyentó con las manos y él fue directo al piso.

Sebastian la observaba mientras iba de un lado a otro buscando en los cajones trapos viejos o rotos. Todo lo que encontró fueron viejas bragas agujeradas.
- … y por favor, por ningún motivo quiero que salgas de esta habitación ¿Entiendes?...- ¿Qué se suponía que iba a entender? Era un gato y no entendía la mayoría de las palabras humanas.-… porque si mi madre te llega a ver, Dios, no sé ni lo que pueda pasar. No, sí sé. Estallará la tercera guerra mundial- exclamó haciendo un ademán con sus manos como de explosión.
Encendió la calefacción del suelo y trató de arrastrarse con trabajo bajo la cama. Quedaba claro que no servía para el ejército, pero tenía que cumplir con la peligrosa misión de hacer una cama con el montón de bragas, puso un tazón con leche y otro con agua y por ultimo trajo una caja de zapatos misteriosa.
Se agachó frente a Sebastiany le inclinó la caja para que asomara la cabeza.
Estaba llena de arena medio mojada con una que otra hierva.
- Escucha, esto- señaló dentro de la caja- es para que hagas tus necesidades, ya sabes, eres un gato y los gatos escarban- hizo ademán de escarbar sin tocar la tierra- y hacen pis o hacen pup.- se levantó y volvió a escabullirse bajo la cama- Te lo voy a dejar aquí y espero que recuerdes todo lo que te he dicho.
Sebastian no entendió una sola palabra pero caminó cauteloso a la braga-cama, olisqueó el detergente con el que estaban lavadas, escarbó un poco para ahuecarlas, dio un par de vueltas alrededor de sí y se hizo un ronroneante ovillo negro envolviéndose con su cola.
Ginger lo observó un momento hasta que sus párpados pesaban como el plomo y se metió en la cama.


Capítulo 3

Ginger se despertó con el agradable sonido de las gotas de lluvia queriendo traspasar el cristal de su ventanal en la mañana.
Eso y otro sonido.
Cuando la señora Kaminsky no tomaba sus pastillas para los ronquidos antes de dormir… pues roncaba.
Pero santo Cielo esa vez superaba el límite de los decibeles. El sonido era tan intenso y rasposo que bien, roncaba con todas sus fuerzas pulmonares o…
Ginger abrazó la almohada contra el pecho y lentamente asomó la cabeza al borde de la cama.
Había una sábana tirada en el suelo en la cual se podían distinguir dos bultos extraños.
Con mucha cautela, tomó la sábana de un extremo y la jaló hacia arriba dejando ver dos largas, peludas, desnudas y fuertes piernas saliendo bajo la cama.
- Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhh.- gritó Ginger retrocediendo en la cama mientras se aferraba con las uñas a la almohada.
Sintió un golpe bajo en la cama que hizo levantar un poco el colchón del lado donde tenía su trasero. Se levantó tambaleante y trató de subirse a la cabecera de la cama. Parecía una damisela en una isla rodeada por un tiburón.
- ¡Auch!
Los golpes en la puerta la sobresaltaron.
- Ginger ¿Qué pasa ahí dentro? ¿Por qué gritaste? ¿Estas bien?- dijo Kamy con la voz amortiguada tras la puerta de madera.
- Ah…sí. Fue sólo una cucaracha.
Tremenda cucarachona más bien.
- Ay Ginger, pues mátala corazón, espero que no hayas despertado a tus padres, llegaron a hace un par de horas.
- Está bien, yo me ocupo Kamy.
Cuando los pasos de Kamy se alejaron por el pasillo, Ginger volvió a asomarse por el borde de la cama pero ya no había nada.
Era como si todo lo que sus padres le habían dicho sobre el Coco se estuviera volviendo realidad.
Se asomó por las otras orillas y tampoco había nada.
Quería bajarse de la cama y salir corriendo por la puerta pero tenía miedo de que si lo hacía le jalaran el pie y la arrastraran bajo la cama, quien quiera que estuviese ahí.
Oh, no.
Sebastian.
¡Sebastian estaba ahí! Se lo habían comido.
Oh, Dios.
Ginger se estremeció de sólo pensarlo.
Logró saltar hasta una silla cercana y tomar una larga regla de madera entre sus manos a modo de arma blanca. Aunque no lograra verse peligrosa porque las manos le temblaban como maracas, le daba algo de fuerza.
Subió a su escritorio, la puerta ya le quedaba a un lado así que bajó un pie después de otro y despacio pegó la mejilla a la alfombra para ver bien qué diablos era la bestia que habitaba bajo su cama.
Todo lo que su miope vista lograba ver desde esa distancia era un ovillo de piel humana que apenas cabía ahí debajo sobándose la cabeza.
Aprovechando que el humanoide no le prestaba atención, Ginger se acercó arrastrándose, regla en mano, hacia allá.
Cuando estuvo más o menos cerca para que su arma alcanzara a esa cosa, le picó las costillas con la punta.
- Ay.- el individuo dio un respingo volviéndose a golpear la cabeza con la base del colchón.
Volteó y sus ojos se encontraron con los de Ginger que enseguida se abrieron como dos platos tamaño familiar.
Él salió debajo de la cama arrastrándose hacia atrás con gran agilidad y cuando se levantó, Ginger sólo podía verle de los pies hasta la mitad de las pantorrillas.
Se levantó ella también y simplemente no dio crédito a lo que vio.



Capítulo 4

Antes de que Ginger soltara la regla que cayó con un rebote sordo sobre la alfombra y se cubriera los ojos con las manos, lo vio.
Había un hombre completamente desnudo del otro lado de su cama y ella estaba que por poco y se orinaba de miedo.
- ¡Dios mío!- exclamó ella. ¿Qué otra cosa podía hacer más que invocar a Dios?
- ¡Lo siento!- el hombre retrocedió más y se topó con una cortina púrpura floral que usó cómo toga romana para cubrirse los atributos masculinos. Esos que ya sabemos cuáles son.
- ¿Quién diablos eres tú?- preguntó Ginger mientras se tapaba los ojos con una mano y con la otra tanteaba el piso en busca de la regla
- ¿Yo? ¡Yo soy yo!
- Ah, no me digas. Pues será mejor que salgas de aquí antes de que te muela a palos.- se acercó lo más amenazante que pudo tomando la regla con ambas manos como si fuera un bate de beisbol.
El hombre, cuando vio que ella estaba más cerca, extendió una mano como escudo y suplicó por su vida.
- ¡No por favor!
- ¡¿Por favor?! Todavía osas decir “por favor”.
- Diablos ¿Qué te pasa? ¿Tienes memoria de pez? ¡Soy yo! Recuerda, demonios. Me recogiste ayer. Sebastian.
<< Sebastian. Sebastian. Sebastian >>
A Ginger se le paralizó la sangre, se coaguló y luego se secó.
Estaba petrificada.
Incluso antes de que el dijera todo eso, ella ya estaba bajando poco a poco la regla derribando sus fuerzas.
En una milésima de segundo recordó el día de ayer.
La bola de pelos huyendo del carnicero, la bola de pelos mirándola de forma penetrante, la misma bola de pelos que había acariciado, la que se le había restregado en la pierna ronroneando, la que había acogido en su casa de contrabando y le explicó todas aquellas cosas vergonzosas de la caja de arena ¿Cómo le dijo? Ah, sí. La pis y la pup.
Sus mejillas se encendieron y luego, jadeante, se fijó en la fina cadena de oro que colgaba de su cuello y el óvalo que descansaba en el hueco entre sus dos clavículas.
<< Sebastian >>
- Soy yo.
Su voz profunda distaba mucho del maullido agudo con el que lo había conocido y de inmediato levantó la vista y lo miró a la cara.
Casi le da una segunda era de hielo en la sangre al ver lo embriagadoramente atractivo que era.
Seguía luciendo sus rasgos felinos en la forma de sus ojos, en su intenso color azul en el que cualquiera podría ahogarse feliz, la intensidad de la mirada y sobre todo, el cabello: negro azabache increíblemente brillante a contra luz y de apariencia tan suave que Ginger se preguntó si sería igual de suave como un gato si enterraba la mano en el.
La era de hielo se derritió para dar paso al calentamiento global en sus mejillas.
Soltó la regla y se llevó una mano a la frente mientras arrastraba los pies hasta el borde de la cama, necesitaba desesperadamente sentarse para no desmayarse en el suelo.
- Eres tú.- susurró con la vista perdida en algún remolino de la alfombra.
Sebastian observó en silencio el debate interno que estaba teniendo Ginger.
Luego de un momento de pensamientos implícitos en el aire, Ginger levantó sus ojos verdes hacia Sebastian y dijo algo que lo dejó desconcertado.
- Yo que tú, me quitaba de ahí.
Sebastian frunció el entrecejo confundido.
- ¿Por qué lo dices?- preguntó cauteloso de la respuesta.
- Porque todo Londres verá tu trasero.
Sebastian se apretó más la cortina al cuerpo y miró por encima de su hombro.
Tras de sí tenía una ventana. No… ¡era un monstruoso ventanal del infierno y su trasero estaba pegado al cristal como un cachete!
Lo primero que hizo fue mirar hacia la banqueta y sus pulmones se desinflaron de alivio cuando comprobó que no había moros en la costa, ni autos ni personas ni nada…
Hasta que bajó la vista a las escalinatas de la casa y vio a la mujer del correo con la mandíbula desencajada, los ojos totalmente salidos de sus órbitas y la correspondencia suspendida en el aire a medio entrar en el buzón.
Se dio la vuelta rápidamente hasta enrollarse completamente.
Aquello merecía el premio mayor a la vergüenza.
Ginger contuvo una risita que no se quedó quieta y se convirtió en carcajada que trató de amortiguar con la almohada.
Sebastian gruñó soltando un par de palabrotas.
- Maldición, no puedo vivir así- murmuró para sí mismo- ¿No tienes ropa que me prestes? No sé, de algún hermano, padre, novio…
Ginger hizo una mueca con esa última palabra.
<< Novio >> era la palabra que más le gustaba y la que menos usaba porque no tenía.
Que mundo tan cruel.
- Veré que puedo hacer, pero eres más alto que mi papá así que no prometo gran cosa.
- Sí, sí, lo que sea, pero que sea ahora… por favor.
Ginger sonrió enternecida.
Era grande, era delgado pero musculoso, tenía una espalda que parecía entrenada para patear traseros en el futbol americano y parecía de esos chicos malos que dicen<< Tú. Yo. A la salida. Te espero. Madrazos>>y sin embargo, era tan indefenso como un gatito.


Capítulo 5

Después de dejar a Sebastian cambiándose en el cuarto y advertirle de nueva cuenta que no se le ocurriera siquiera mirar fuera del pasillo, Ginger bajó a desayunar.
Al pie de la escalera la esperaba Honey meneando la cola con ahínco, pero adoptó una actitud más cautelosa al olfatearla pierna de Ginger, debía notar el olor a lluvia que desprendía la piel de Sebastian.
- Chsss, no vayas a delatarme Honey.- le dio unas palmadas en la cabeza y entró en el comedor.
Dentro, sus padres ya estaban sentados en la mesa, cosa que no le sorprendía porque así era su atareado ritmo de vida: trabajar mucho, dormir dos segundos, desayuno, trabajo.
Su padre estaba en la cabecera del comedor frente a la chimenea, oculto por el Times de Londres mientras alargaba una mano para alcanzar su taza de café.
Su madre enviaba un mensaje de texto desde su BlackBerry, seguramente avisando al hospital que llegaría en quince minutos a la cirugía programada.
No notaron a Ginger hasta que arrastró la silla para sentarse.
- Buenos días, cielo.- dijo su madre sonriéndole dulcemente.
Su padre bajó el periódico un momento y la saludó con un ademán levantando su taza de café tamaño familiar.
- Vaya, ya era hora de que la Bella Holgazana se despertara- entró Kamy con una bandeja de plata ofreciéndole a Ginger un plato con melón y miel.- ¿pudiste eliminar a la cucaracha?
Ginger casi se atraganta con el pedazo de melón.
- Cuca... ¿cucaracha? Ah, sí. Debiste verla, era enorme.
- Kamy ¿Hay cucarachas en la casa?- preguntó la madre de Gin con cara horrorizada.
- No lo creo, nunca me he topado con ninguna.
- Loren, tranquilízate, no te van a comer viva, en todo caso llamaré a un exterminador.- dijo su padre sin bajar el periódico.
- Derek, no es cualquier cosa ¿qué tal si uno de esos bichos muerde a Ginger? Todavía no supera todas sus alergias.
Cielos ¿las cucarachas mordían? Ginger no lo sabía pero la verdad era que ni siquiera le daban miedo los bichos, es más, una vez los coleccionaba muertos bajo su cama, pero claro, si su madre se enteraba: Bienvenida la tercera guerra mundial.
La tenían encerrada en una bola de cristal esterilizada y al vacío que, al principio, cuando era niña estaba bien, pero ahora, ya casi cumplía los dieciocho y le acarreaba problemas.
Todavía no le daban su primer beso, todavía no tenía novio, todavía era virgen, y todavía no podía encajar en ningún lugar, ni sentarse en una mesa de la cafetería con alguien a quien considerara su amigo.
Entonces recordó al tipo que escondía en su habitación.
A Sebastian.
Tenía muchas preguntas que hacerle y francamente todavía no sabía por dónde empezar.
¿Cómo es que se evoluciona de gato a humano en una sola noche? ¿Los humanos venían del gato y no del mono?
Cielos, vivía engañada. Maldita escuela.
Mientras pensaba en todas las posibilidades del origen del mundo y la inmortalidad de las cucarachas, Ginger se sobresaltó cuando su madre le dio un beso de despedida en la frente y su padre le revolvió el cabello como si fuera un chico. Con algo de suerte no los vería hasta la mañana siguiente, tiempo suficiente para pensar en qué hacer con el chico de su habitación.
Momento…
¡Había un chico en su habitación! ¡Uno de verdad! ¿Por qué no se le había ocurrido?
Impulsivamente se miró el pecho, todavía llevaba puesta su enorme pijama rosa de los Ositos Cariñositos, alargó el cuello hasta verse en el espejo sobre la chimenea y se horrorizó de lo que vio.
Su cabello parecía un nido de avestruz de un lado y del otro parecía que la había lamido un camello.
Se levantó inmediatamente dejando el melón a medias y corrió al baño más cercano.
Sabía que no conquistaría ni a su perro pero no podía permitirse que Sebastian, siendo tan guapo como era, la viera en esas fachas.
Trató de alisarse el cabello con un poco de agua del grifo, se sonó la nariz, lavó sus dientes hasta que las encías se le enrojecieron y, como no podía subir a su habitación todavía, corrió al cuarto de lavado sacando frenéticamente la ropa lavada del cesto hasta que dio con unos jeans ajustados, una blusa de tirantes azul y un suéter rosa con el cierre adelante.
Se escabulló hasta la cocina donde Kamy tarareaba London bridge isfallingdown y logró rescatar el melón que no se había comido del refrigerador.


Capítulo 6

- ¿Qué haces?
Sebastian miró por encima de su hombro con un bigote de leche embarrado en la cara y luego se giró completamente dejando ver el tazón que Ginger le había dejado la noche anterior bajo la cama.
- Me moría de hambre.
Ginger cerró la puerta tras su espalda y sonrió con ternura, seguía pareciendo un gato hasta en la forma de encoger los hombros.
- Eso no es comida, mira- le extendió el plato con melón- traje esto para ti.
Sebastian se acercó con ese caminar lento, como un felino, elegante, preciso. Tomó el plato, lo olisqueó un poco y lo aceptó.
- Vamos, no seas tan melindre.
- No lo soy, me cuido de no comer cosas envenenadas- al notar la ofensa en esas palabras añadió- no digo que esto esté envenenado es sólo que- se embutió un pedazo de fruta y habló con la boca llena- me ha tocado comer ratones envene…
Al ver la cara de horror de Ginger se detuvo a media frase.
Sebastian se sentó en una silla con asiento de peluche rosa que contrastaba ridículamente con su masculinidad mientras Ginger se tumbaba sobre el estómago en la cama y recargaba la barbilla en sus manos.
Lo observó atiborrarse con la comida tan fascinada como si estuviera contemplando los fuegos artificiales de Disneylandia.
Y es que, lo era todo.
Cada gesto que hacía, por más pequeño que fuera… Dios, era como una pantera.
La forma en la que se lamía el labio superior para limpiarse los restos de melón, su mirada de satisfacción y concentración al comer, notó que la ropa le quedaba un poco corta, pero la camisa de manga larga en particular…
Uh, la, lá.
Se le ceñía a los músculos de los brazos, a los anchos hombros, al pecho, al sixpack del abdomen, a todo. Sólo le faltaba ver qué tal tenía la espalda, je, je, probablemente muy bien…
¡Y no! Ya basta.
Ginger sacudió la cabeza. Se estaba distrayendo con cosas con las que jamás hubiera pensado que su mente era capaz de proyectar en la imaginación.
Terminó de comer con una felina sonrisa en sus sonrosados labios y dijo:
- Gracias, es lo más delicioso que eh probado desde… pues desde siempre.
Se palpó el estómago como si estuviera a punto de reventar cuando en realidad lo notaba más plano que nada.
- Sebastian, eh querido preguntar- comenzó en un tono demasiado formal muy típico de Ginger- ¿Cómo es que tú…? Bueno, ya sabes…
- Al grano Gina…
- Ginger.
A Ginger le ganó la vergüenza y Sebastian se daba perfecta cuenta de lo tímida que era.
Se levantó de su silla y caminó hacia el ventanal. Sí, así es. El ventanal. No le guardaba rencor después de todo.
- ¿Quieres saber por qué me encontraste siendo un gato y amanecí siendo humano?- preguntó mirando al exterior (ahora transitado) ahorrándole el sufrimiento a Ginger.
- Sí.- contestó en voz débil, temiendo que él no quisiera contestar en caso de que la historia fuera desagradable o el pasado lo hiciera llorar.
Sí, como no. Ni que fuera ella.
Él se recargó contra el helado cristal y cruzó los tobillos perezosamente. Desde ahí, Ginger tenía una vista panorámica de su trasero que estaba como para comérselo.
Santo Dios, en lo que piensa la juventud de hoy. Inevitable, pero cierto.
Se obligó a prestarle atención mientras contestaba.
- Sólo sé que ha sido así desde siempre- empezó con un rastro casi imperceptible de nostalgia en la voz.
- ¿No lo recuerdas?
Sebastian negó con la cabeza y volteó hacia ella, sus ojos destellaron con el reflejo de la luz.
- No lo entiendo- dijo Ginger un poco más suelta- ¿Por qué cambias? ¿Tiene que ver con la luna? ¿Alguna fecha en especial? ¿Es tu cumpleaños? ¿El calentamiento global? ¿Es la maldición de los doce horóscopos chinos? ¿Eres un nahual?
Sebastian ya no podía entender nada de tan rápido que hablaba, al final no pudo contener reírse y agitar la mano en un gesto de negación.
- Pero qué imaginación. No, no, nada de eso- dijo enseguida de que ella logró callarse- me tomó casi toda la vida descubrir qué me hacía cambiar, pensé en todo lo que has dicho, pero al final, sólo es una cosa.- Miró al exterior, a donde las nubes lloraban y sus lágrimas caían en la banqueta- El agua.
Ginger no daba crédito.
De todas las cosas vudú que se le habían ocurrido, el agua era la respuesta, ay por favor eso era… ¡Increíblemente ridículo!
Hizo una mueca en un gesto escéptico.
- ¿Cómo puede el agua hacerte eso? Si es tan…
- …inofensiva.- concluyó él.
Ginger se sentó al filo de la cama parpadeante.
Y no se esperaba lo que Sebastian estaba a punto de hacer.
Se acercó a la cama y se sentó tan cerca de ella que sus muslos se rozaron levemente.
Sentía que su espacio estaba siendo violado, jamás de los jamases, un chico se le había acercado tanto, no sabía que el simple roce de la tela de su ropa pudiera desatar en ella semejante coctel de sensaciones.
Sebastian las manos hacia atrás enterrándolas en el colchón y miró las molduras del techo alrededor del pequeño candelabro de Ginger.
- Era cada vez que llovía y yo no me refugiaba. ¡Puff! en un momento me estaba comiendo un hot dog- ahuecó su mano a la forma de un hot dog invisible- y al otro…- inclinó la mano dejando caer el hot dog- estaba en cuatro patas sobre un charco.
Ginger se fascinó de la escena que se formó en su mente.
Se imaginó a un Sebastian pequeño convirtiéndose en un gatito indefenso sin poder caminar, sin que sus ojos se hayan abierto aún, arrastrándose por algún callejón mugroso y húmedo.
Miró su ancha espalda y tuvo el desesperante impulso de frotar una mano en ella para consolarlo por todas esas veces que había llovido, porque, hasta donde sabía, Londres era la ciudad más lluviosa del mundo, lo que significaba un montón de transformaciones a lo largo de su vida.
- Si el agua te hace cambiar cómo regresas a… ser tú.
- Tú que crees.
Dios, no lo pudo soportar.
Giró los ojos hacia ella con la mirada sensualmente afilada y una sonrisa en los labios.
A Ginger se le nubló la conciencia un momento.
Se dio unos golpecitos en la barbilla con el dedo y torció la boca, algo que siempre hacía en los exámenes de matemáticas.
- Veamos, si el agua te moja; te conviertes. Y lo contrario…
- Ya estás cerca- dijo él como si pudiera oler lo que ella estaba pensando.
- Lo seco.
- ¿Cómo dices?
- Vuelves a tu forma humana una vez que te secas- los ojos de Ginger brillaban de emoción, la misma emoción que le producía ser la primera en resolver los dichosos problemas de mate… para que después se los copiaran como buitres carroñando un bisonte muerto, claro.- es por eso que anoche cambiaste, porque- miró la calefacción empotrada entre la pared y el piso- porque yo encendí la calefacción y te sacaste más rápido- culminó enarcando una ceja- ¿No es así?
Ambos bajaron la vista y se dieron cuenta de su posición.
Mientras Ginger hablaba, no se había dado cuenta de que inconscientemente se inclinaba cada vez más y más a Sebastian dejándolo al borde de estar tumbado sobre la cama.
Movido por la inercia, sus ojos aterrizaron justo en los labios entreabiertos de Ginger y cuando su cerebro logró entender lo que su cuerpo quería hacer se disparó la alarma contra incendios que se imaginaba en su interior y retrocedió.
- Vaya…eres… muy lista.
<< Muy bonita >>
Ginger tardó más tiempo en reaccionar, no demasiado, pero inmediatamente se sonrojó hasta el cuero cabelludo.
Se levantó de un salto, buscó sus gafas para ocultar su rostro y comenzó a recoger torpemente el tiradero de su habitación como si así pudiera construir un escudo protector.
Porque la afectaba.
La mirada de aquel, la afectaba como él no tenía idea.
- Y dime- pronunció Ginger mientras se retiraba un mechón de la cara al agacharse para recoger una camiseta- si sabes que el agua te hace ser gato ¿Por qué no te compras una sombrilla o tratas de evitarla?
En ese momento no veía la expresión de Sebastian, pero sabía que su rostro se torcía en una mueca.
- No es tan fácil, tarde o temprano también tengo que bañarme ¿no?, y eso algo que me guste hacer, si las cosas fueran diferentes para mí, sería sencillo quedarme horas bajo una ducha por el simple placer de que el agua caliente relaje los músculos, así que, odio el agua tanto como los gatos de verdad.


Capítulo 7

Era poco más de medio día y la señora Kaminsky había salido a hacer unas compras, por lo tanto, Ginger estaba sola. Con Sebastian. Que era un chico.
Un chico.
Le gustaba pensarlo y hacer gestos desdeñosos frente al espejo.
- Oh, ¿Qué dices Keyra? ¿Qué mi novio está más bueno que el tuyo?- se abanicó con la mano- Ji, ji, ji. Pues sí. Está más bueno que un chocolate caliente.
- Ginger ¿Irás a tardar mucho?- la voz impaciente y amortiguada de Sebastian la sobresaltó al otro lado de la puerta del baño principal.
- No. ¿Por qué? ¿Quieres entrar?
Ay, Dios. Mejor hubiera dicho << ¿quieres entrar despuésde mí? >>
- No, pero es que… ¡auch! Tu perro no deja de amenazarme de muerte.

La situación era así:
Tratar de sacar a Sebastian al otro lado de la puerta principal es como tratar de meter a un gato en la bañera.
Tenía las manos aferradas al umbral de la puerta con mucha fuerza.
- Sebastian, esto es ridículo, los vecinos están mirando hacia acá. Sal de una vez. ¿Acaso no estás aburrido de estar encerrado todo el día en mi habitación?
- ¿Estás loca? ¿Qué tal si llueve? ¿Eh?
- Acaba de llover. No volverá a pasar hasta dentro de muchas horas.
- Sólo mira esa nube- señaló una gigantesca masa irregular gris en el cielo.
Entonces Ginger se acordó de algo que no le había preguntado antes y se sintió desconsiderada en ese momento.
- ¿Te duele al cambiar?
Él la miró por encima del hombro.
- No, creo que no… no lo sé, ni siquiera me doy cuenta hasta que noto que todo me queda a dos metros de distancia sobre la cabeza.
Eso era muy raro.
Detrás de Sebastian estaba Ginger y detrás de Ginger estaba Honey, quien aprovechó que Sebastian zafaba un brazo del umbral para lanzarse sobre Ginger con sus dos patas delanteras y ésta a su vez chocara contra la espalda de Sebastian haciéndolo caer y rodar por las escalinatas… y arrastrándola a ella también.
Ginger quedó apretada entre un charco que le mojaba la espalda y el pecho de Sebastian.
- ¿Qué pasa contigo? ¿Por qué siempre tienes que ser tan agresiva?
- ¡Fue Honey! Además yo no soy…- Sebastian se movió un poco, solo un poco, pero lo justo para que Ginger sintiera toda la firmeza de su cuerpo.
Se mareó.
Honey comenzó a ladrar burlón.
Su corazón latió a tal velocidad que sabía que él lo notaría a través de la ropa.
Ella le puso las manos en los hombros y le dio empujones.
- Quítate, ¡quítate!
Él se apartó sobándose la parte baja de la espalda y le tendió la mano a Ginger para ayudarla a levantarse.
En algún pequeño lugar dentro de ella misma, estaba harta.
Harta. Harta. Harta.
Harta de que cada cosa que pasaba con Sebastian le hiciera perder la conciencia, el control de sí misma.
Le molestaba porque era terreno desconocido para ella.
La chica genio se sentía estúpida por primera vez en su vida.
Esta vez, el problema era que la mano de Sebastian era como un guante para la mano de Ginger. Encajaban como las dos últimas piezas de un rompecabezas de 6,854, 196,000* partes.
Tenía el tamaño justo: la de Sebastian era grande y cubría por completo a la pequeña de Ginger.
Él carraspeó y se soltó para luego meter las manos en los bolsillos del pantalón y caminar hasta la verja.
- Bien, ya estoy afuera ¿y ahora?
Ginger regresó por la correa de Honey y tras cerrar la puerta con llave, caminaron por la banqueta.
( * Número total de habitantes en el mundo )
No sobra decir que la dirección de Ginger era el número diez de Downing Street, es decir, el palacio de Buckingham estaba tan cerca que su familia y la Reina Isabel II eran vecinos. Aunque claro, nunca tocaban a su puerta para preguntarle si no tenía una taza de azúcar que le regalaran, ni le dejaban encargado a Honey cuando toda la familia salía de viaje, ni invitaba a su madre a tomar el té de las cuatro mientras se pasaban los chismes de loca Duquesa de York.
Alrededor de ella se encontraba el parque de Saint James, el Big Ben, el legendario puente de Londres, la abadía de Westminster y un puñado de jardines, teatros y museos.
Pero de todos esos lugares, Ginger no sabía a dónde ir.
Doblaron en Margaret Street hasta entrar en el parque Saint James donde Ginger soltó a Honey para que olfateara libremente.
Mientras Sebastian lo veía alejarse con la nariz pegada a las hojas caídas, deseó en silencio que se perdiera y nunca volviera, los perros lo ponían nervioso y huraño. Honey no era la excepción.




Capítulo 8
Sentado en el lado más seco de una banca, Sebastian esperaba.
Había pasado una semana entera. Con sus siete días y seis y media noches.
Una semana entera como un gato. Y bueno ¿qué esperaba? No paraba de llover y llover y llover…y llover.
Bien, tampoco era para quejarse, estaba más que acostumbrado pero ¿En qué estaba pensando? ¿Dejar que una desconocida en disfraz de camarón lo recogiera como si fuera un peluche abandonado?
¿Por qué simplemente no la atacó como pensaba hacerlo al principio? ¿Por qué no saltó y le arañó la cara?
La respuesta era sencilla.
Porque quería que lo sacara de ahí.
Abrió los ojos que, hasta ese momento habían estado cerrados y la luz que se colaba intermitentemente entre las hojas del árbol lo cegó.
Vio la espalda de Ginger un poco más allá mientras hablaba con el dueño de un carrito de hot dogs. A pesar de ser alta, su complexión era muy menudita y parecía que su pelirrojo cabello la quemaba como fuego en su piel de fantasma.
A la manera de ver de Sebastian, era muy flacucha, daba tropezones constantemente con cualquier diminuto relieve en el cemento demostrando su grado de arritmia y casi no tenía pechos (sí, hasta en eso se fijó), pero hace un rato… y en la mañana…
- ¿Un hot dog?
Sebastian parpadeó cuando se dio cuenta que frente a su nariz se extendía el alargado alimento.
Ginger se hizo espacio en el lado seco del asiento empujando un poco la cadera de Sebastian con la suya y luego apuró una mordida a su hot dog.
- Mmm. El tuyo tiene mostaza. Espero que te guste la mostaza. El mío no tiene mostaza porque soy alérgica a ella, bueno la verdades que soy alérgica a la mayoría de los alimentos y estoy constantemente de visita con el nutriólogo, lo odio, no me deja comer nada y ni siquiera puedo hacer deportes porque me desmayo, es por eso que estoy exenta de esa clase en la escuela lo que es genial pero desgraciadamente no puedo ver a los jugadores y…
Sebastian se presionó ambas sienes.
- ¿Siempre haces eso?
Ginger lo miró desconcertada con el hot dog a medio camino de su boca.
- ¿Hacer qué?
- Hablar y hablar cuando te emocionas.
- Yo…- tuvo que desviar la mirada a su regazo, los ojos de Sebastian estaban siendo más azules en la luz natural- es que, es agradable hablar con alguien y saber que te escucha.- su voz se fue apagando, sospechaba que estaba confesando demasiado el suicidio social que había sido su vida.
- ¿Te refieres a que no tienes amigas como esas que se cuelgan en el teléfono hablando horas y horas?
Ginger sacudió la cabeza.
- No sólo no tengo de esas, no tengo de ningún tipo.
Sebastian no pudo evitar que esa declaración le doliera. Deseó en ese momento haberla conocido antes para ser su amigo, pero contra el pasado nada se podía hacer.
Sentía que era el único que podía darle consuelo.
Apoyó su mano en la de ella y dijo.
- ¿Y yo qué? ¿Acaso no cuento como amigo?- sonrió
Ginger no podía procesar esas palabras.
- ¿Tú? Pero… te acabo de conocer hace un día.
- Un día, dos segundos, veinte años, no importa. Para ser amigos no hay reglas Ginger.
Los ojos de Ginger ardían con las lágrimas que no entendía por qué querían salir de repente. Hizo un enorme esfuerzo por mantenerlas a rayas y sonrió gradualmente hasta que su sonrisa se ensanchó del todo.
Sebastian tuvo una sensación extraña que lo pasmó. Era como si la sonrisa de Ginger pudiera iluminar todo Londres en la noche.


De camino de vuelta a la casa, Ginger encontró a Honey volviéndole a colocar la correa y eso irritó a Sebastian.
Ambos, perro y humano se fulminaron con la mirada como los eternos enemigos que eran.
- Eh querido saber, si no te molesta contestar…
Sebastian puso los ojos en blanco.
- Ya deja de ser tan formal por favor, siento que me está hablando la Reina.
Ginger se lo tomó como un cumplido que la sonrojó pero prosiguió:
- Está bien…em, amigo- esta vez habló como chica mala de barrio y le dio un puñetazo a Sebastian en el brazo.
- Demasiado informal… y agresiva. Sólo se tu misma.
Ginger tomó aire y lo volvió a intentar.
- ¿Qué haces cuando no estás ocupado cazando ratones? Me refiero, a cuando eres humano ¿Dónde vives? ¿Con tus padres?
Él se adelantó a patear una piedra que sabía que Ginger no vería, pero de todas formas se golpeó el dedo con otra. Sebastian no podía contra las fuerzas oscuras de todas las piedras del mundo.
- Nunca eh sabido nada de mis padres- dijo cambiándole de lugar a Ginger por el suyo que estaba menos infestado de piedritas- La señora Lovett me rescató cuando tenía cinco años.
- ¿La señora Lovett? ¿La que tiene cincuenta gatos viviendo en su casa?
- La misma. En ese momento yo tenía el tamaño de un gato bebé, pero ya había abierto los ojos y podía caminar más o menos bien. Cuando me secó con una secadora para el cabello y volví a ser humano…
- Te votó de nuevo.
- No, que va. Me adoró como si fuera un dios gato egipcio. Mi condición no le sorprendía, hasta creía que todos sus gatos eran iguales a mí y los bañaba todos los días esperando a que se convirtieran en humanos, pero esa es otra historia, créeme no quieres saber, los terminó matando a todos de un resfriado.
Ginger se rió muy al pesar de los gatitos.
- Todo el mundo cree que está loca- siguió Sebastian- pero no es cierto… bueno un poco tal vez pero, es una buena persona, se encargó de mi educación, aunque debo decir que no asistía mucho a la escuela porque siempre llovía y su sombrilla tenía hoyos.
- Si te cuidaba tan bien ¿Por qué no estás con ella?
- Ya está muy vieja y aunque diga que no, no puede ni con ella misma. No quise ser una carga y me fui. Además, es más fácil ser un vago cuando eres gato, tienes menos necesidades.
A Ginger le dolió que de cierta manera reconociera que le gustaba ser un animal, tal vez quisiera irse pronto y regresar a su vida de antes dejándola a ella sin…
Sin un amigo.
Una gota cayó en la nariz de Sebastian quien rápidamente se alteró.
- Ay no. No otra vez.- se pegó a una pared y miró al cielo.
- Que pasa.
- ¡Va a llover!
Ginger alzó la barbilla al cielo y sacó la lengua queriendo capturar alguna gota.
- Claro que no. Sólo estás un poco…
Un trueno hizo vibrar los cristales de las casas e inmediatamente después y sin previo aviso comenzó a llover torrencialmente.
- Diablos- Ginger se apresuró a sacar las llaves de la casa y se agachó hacia Honey- Honey, como te enseñé, ¡toma las llaves y corre lo más rápido que puedas a la casa! ¡Corre!
El perro, obediente salió disparado con las llaves tintineando en el hocico mientras que Ginger se apresuraba a quitarse el suéter y se lo ponía a Sebastian sobre la cabeza.
- Olvídalo, ya es tarde.
- Ni loca- le tomó la mano apretándosela con fuerza y lo jaló- agacha la cabeza y corre, yo te guio. Confía en mí
Ginger corría desesperada. Le había dicho a Sebastian que confiara en ella, pero ella no confiaba en su vista a la que se le metió agua en los ojos impidiéndole la visión.
Tuvo que confiar en que se sabía el camino de memoria con los ojos cerrados.
Logró parpadear y deshacerse un poco del agua. No estaban tan lejos de casa, pero ella ya iba tan empapada que la blusa se le transparentaba y sus zapatos crujían por agua dentro de ellos.
Era Sebastian el que ahora le apretaba con mucha fuerza la mano a ella.
- Ya casi llegamos, sólo aguanta…
Faltaban tres casas para llegar y Ginger pasó de sentir calor en su mano a sentir el frío de la lluvia.
Se detuvo en seco. Las gotas caían más gordas y con más fuerza.
Miró su mano vacía y luego miró por encima de su hombro.
Sebastian ya no estaba.






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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por atenea el Lun 27 Jun 2011 - 18:52

Bueno ya te lo he dicho en el blog pero aqui tambien te lo dijo:
me encanta
quiero más :suplica: :suplica:



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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por Elena Vladescu el Dom 14 Ago 2011 - 20:17

no sabía que subías la historia acá también :D

genial! sonrisa


Qué haces cuando la persona que más amas en este mundo es tu peor enemigo...?
y todo aquello en lo que creías termina siendo sólo una mentira...?



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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por lunimaniwi el Dom 14 Ago 2011 - 20:35

Sii xD pero aqui la tengo un poco abandonada -.-'




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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por Elena Vladescu el Dom 14 Ago 2011 - 20:36

xD ahora me estoy leyendo el capi 26! sonrisa


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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por atenea el Mar 16 Ago 2011 - 12:28

yo tambien, yo también :correr: y lo adoro



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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por lunimaniwi el Mar 16 Ago 2011 - 15:27

Awww... Me hacen tan feliz sonrisa
Muchisimas gracias, nunca pense llegar tan lejos , esto motiva mucho a seguir adelante ;D




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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por atenea el Miér 17 Ago 2011 - 17:29

happy sonrisa happy sonrisa



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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por Elena Vladescu el Miér 17 Ago 2011 - 21:35

jaja es que la historia es genial!


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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por lunimaniwi el Miér 17 Ago 2011 - 23:30

(snif) las amo xD




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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por Elena Vladescu el Jue 18 Ago 2011 - 0:29

xD


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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por atenea el Jue 18 Ago 2011 - 0:45

no, nosotras te amamos a ti y a tu historia
por cierto Elenita, creo que me debes cierto capi, no??



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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por Elena Vladescu el Jue 18 Ago 2011 - 1:00

:mmmmm: qué? mi no entender nada xD


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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por atenea el Vie 26 Ago 2011 - 14:29

tu tener mucho morro, yo querer capi ahora



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Re: Lo que todo gato quiere

Mensaje por dinamene el Sáb 22 Oct 2011 - 11:55

Me gusta.....

Amo A Sebastián desde su nombre.........


Visita mi blog....Requiem de Otoño.

...Tal vez en mi imaginación An, quería seguir siendo tuya...




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Re: Lo que todo gato quiere

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