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En las garras del Cuervo... [Sólo capítulos!!!]

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Re: En las garras del Cuervo... [Sólo capítulos!!!]

Mensaje por Ellie el Miér 28 Sep 2011 - 21:36


Capítulo 10 (Cont)


Logan

Los suaves dedos de Melissa provocaban cosquillas en la piel de Logan mientras ella luchaba inútilmente contra el cinturón de sus pantalones. Por su parte, él no hacía nada por facilitárselo... no estaba en sus planes el ser el primero en quedar completamente desnudo. Pero, al parecer, ella no sabía eso.

Presionando su cuerpo aún más contra el de ella, Logar ocultó una sonrisa malvada mientras besaba su cuello. Sus manos estaban fuera de control, yendo a la deriva desde los muslos hasta los suaves senos aún cubiertos por el frágil sostén rosa, pasando por el estómago que quería besar y el hermoso trasero al que quería sujetarse mientras ella lo cabalgara una y otra vez. Pero aún no, pensó Logan mientras mordía suavemente un lado de su cuello, sintiendo el rápido pulso contra su lengua.

Entre respiraciones aceleradas y pequeños gemidos, la voz de Melissa dijo: —Logan, ¿tienes un...?

—¿Mmm...? —murmuró él, aún besando su cuello.

Ella dejó salir una pequeña risa cuando él llegó detrás de su oreja, al parecer tocando un punto sensible. Intentando reenfocarse, dijo: —Logan, ¿tienes un condón? Yo no traje ninguno...

—Oh, sí, tengo. Pero no vamos a necesitarlo aún. —Se apartó de su cuello lo suficiente para verla frunciéndole el ceño en confusión, mientras sus manos aún luchaban contra el poco colaborador cinturón.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Bueno, porque... —Cuando sintió que las manos de ella se movían más impacientemente, se rió antes de preguntar—: Lissa, ¿podrías dejar de intentar quitarme los pantalones?

Ella se detuvo unos segundos antes de decir: —Uhm, ¿no?

Logan rompió a reír de verdad entonces, el sonido haciendo eco en toda la habitación, pero intentó controlarse cuando una ceja rubia de Melissa se arqueó hacia él. —Por lo general esa sería una buena respuesta, pero no en este caso. —Tomó ambas manos de ella y las llevó hacia arriba, sujetándolas contra la cama sobre su cabeza—. Planeo tomarme mi tiempo, y créeme que tus pantalones se irán mucho antes que los míos.

—Mmm, ¿estás seguro de eso? —preguntó ella antes de arquear un poco su espalda y reacomodar sus muslos, de modo de permitirle un mejor acceso a las caderas de Logan contra las suyas. Frotándose lentamente contra él, sintiendo su gruesa longitud contra su bajo vientre, agregó—: No recuerdo haberte nombrado el jefe aquí.

Dejando salir un bajo gruñido, él dijo: —Compórtate, Lissa.

—¿O qué? —lo retó ella, sonriendo maliciosamente.

—O tendré que realmente controlar la situación —respondió Logan antes de tomar sus suaves labios en los suyos, besándola con urgencia hasta dejarla sin aliento. Cuando ella gimió contra su boca, él finalmente liberó sus manos, y esta vez no fueron a su cintura sino a su espalda, sujetándose con fuerza a él, clavando deliciosamente los dedos en su piel. Logan sonrió de placer.

Mientras descendía sus labios lentamente todo el camino hasta su esternón, él se deleitaba con las suaves caricias de Melissa en su espalda, explorándolo, sintiendo cada músculo contraerse y relajarse contra sus manos. Cuando sus labios llegaron finalmente hasta sus senos, no pudo evitar alejarse un poco para admirarlos mejor. No eran pequeños, pero no eran demasiado grandes tampoco; eran de la medida justa para sostenerlos en sus manos, para rodearlos por completo con sus palmas y masajearlos suavemente. Lo cual es exactamente lo que él hizo entonces, sintiendo su calor bajo el suave encaje rosa. Bajó su cabeza para besar el espacio entre sus pechos, justo antes de desviarse a la derecha y chupar a través de la frágil tela, justo sobre el pezón izquierdo, sintiéndolo pequeño y erecto, listo para ser tomado en su boca. Mientras masajeaba el otro seno, continuó chupándolo, hasta que ya no pudo contener su impaciencia por tocar su piel sin restricciones.

—Quítatelo —murmuró con voz ronca mientras comenzaba a empujar la tela hacia abajo, dejando expuesto el dulce pezón que quería saborear. Si intentaba quitárselo él mismo, su urgencia haría que destrozara la estúpida cosa.

Arqueando su espalda para separarla del colchón, Melissa se desprendió rápidamente el sostén, arrojándolo sobre su cabeza, sin importarle en lo más mínimo dónde iba a parar. Cuando la boca de Logan se apoderó del seno expuesto, ella dejó salir un pequeño gemido que lo hizo estremecer y frotar inconscientemente sus caderas contra las de ella. Su lengua se movía en círculos sobre el tenso pezón, y cuando lo tomó por completo en su boca, succionándolo con pasión, ella enredó sus manos en su largo pelo negro, manteniéndolo en su lugar, rogándole silenciosamente que no se detuviera. Cuando él se divirtió lo suficiente con su pecho, se dirigió al otro para prestarle las mismas atenciones, pero no sin antes soplar ligeramente la sensible piel que acababa de chupar, enviando un escalofrío por la espalda de Melissa.

—Dios... —gimió ella, corta de aliento.

Logan sonrió y encontró su mirada. Mientras bajaba lentamente sus labios hacia el rosado pezón aún sin tocar, mantuvo sus ojos fijos en ella. Cerró sus ojos cuando lo tomó en su boca, y sintió cómo todo el cuerpo de Melissa se estremecía cuando lo mordisqueó muy suavemente, torturándola sin descanso.

—Sabes tan bien, Lissa... tu piel es tan dulce y suave que podría hacer esto todo el día. —Encontró su mirada otra vez mientras pasaba la punta de su lengua en círculos alrededor del tenso pezón, ligeramente enrojecido por sus atenciones.

Melissa acariciaba su cabello suavemente ahora, luego de haberlo sujetado con fuerza en sus manos mientras se amamantaba de ella. Su largo cabello color trigo se extendía en un gran lío alrededor de su cabeza, contrastando a la perfección con el azul profundo de las sábanas de Logan, justo como él había imaginado que se vería. Sus mejillas estaban sonrojadas, y ella lo miraba a través de sus pestañas. Sus suaves labios, algo hinchados por sus besos, se arqueaban en una pequeña sonrisa. Estaba más hermosa de lo que él jamás la había visto, y en ese momento Logan deseó con todas sus fuerzas el poder quedarse así para siempre, sintiendo el sabor de su piel en sus labios mientras la exploraba, escuchando el susurro de su nombre en sus oídos mientras descubría exactamente lo que le gustaba y cómo lo quería, sintiendo el toque de sus manos sobre su cuerpo, explorándolo a él al mismo tiempo.

—Creo que no me molestaría que hicieras eso por el resto del día, Logan —respondió ella con una sonrisa torcida.

—Apuesto a que no... —dijo mientras le sonreía en respuesta—. Pero tengo otros lugares que visitar. Lo cual me recuerda... —Se incorporó hasta quedar de rodillas sobre la cama, y dejó escapar el aliento al apreciar completamente el cuerpo semi-desnudo de Melissa frente a él, aún recostada sobre las sábanas revueltas—. Tienes... —Su voz no sonó del todo bien. Se aclaró la garganta y lo intentó nuevamente—. Aún tienes demasiada ropa.

Cuando ella se apoyó sobre sus codos para observarlo, con su largo cabello cayendo libremente detrás de ella, sus rodillas flexionadas a ambos lados, sus pechos moviéndose al compás de su respiración, tuvo que contenerse para no volver a lanzarse sobre ella y besarla con pasión. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, y no pudo evitar sonreír antes de inclinarse ligeramente para tomar su pierna derecha. Levantando el pie del colchón, lo apoyó sobre su estómago desnudo y encontró con su mano el cierre de la bota negra de tacón que aún cubría su pie. Lo abrió lentamente, con sus ojos aún en ella, y entonces tiró de la bota para quitarla. La arrojó a sus espaldas, y cuando bajó la mirada para tomar el otro pie, rompió a reír cuando vio los calcetines negros con la imagen de Dory, de “Buscando a Nemo”, sonriéndole con su cara de pez. Melissa tenía la tendencia a hacerlo reír cuando menos lo esperaba.

Cuando él continuó riendo por varios segundos más, ella dijo: —¡¿Qué?! Me gustan los dibujitos animados, ¿de acuerdo? No te burles de mí...

—¿Acaso dije algo? —preguntó él, poniendo su mejor cara de inocente, mientras le quitaba el calcetín y lo arrojaba al suelo a sus espaldas.

Ella le entrecerró los ojos antes de decir: —Lo estabas pensando.

—Oh, estoy pensando muchas cosas, pero burlarme de ti no es una de ellas... créeme —dijo él mientras terminaba de quitarle la otra bota con su correspondiente calcetín animado. Todo el humor se desvaneció cuando bajó su mirada nuevamente hacia el cuerpo de Melissa, y Logan definitivamente no estaba riendo cuando le desprendió los botones de sus jeans ajustados uno a uno, muy lentamente. Cuando sujetó la cintura para quitárselos, ella elevó sus caderas de la cama, facilitándole el trabajo, y exponiendo un hermoso culotte de encaje rosa, haciendo juego con su sostén. La prenda íntima le quedaba a la perfección, pareciendo casi pintada sobre su cuerpo.

Logan se inclinó sobre ella nuevamente, apoyando las antebrazos a ambos lados de su cuerpo. Observó su rostro por un par de latidos antes de besarla suavemente en los labios. Cuando sintió la lengua de Melissa rozando su boca, se zambulló por completo, devorándola con un hambre voraz. Ella gimió y lo sostuvo por el cuello, devorándolo tanto como él a ella. Elevó sus rodillas aún más alrededor de sus caderas, y Logan supo que podía sentir perfectamente cuán excitado estaba él, incluso a través de sus jeans. Su erección no sería algo fácil de ocultar en ese momento. Él la quería. Mal. Todo su cuerpo ardía por poseerla, su polla pulsaba en agonía por entrar en ella. Pero aún no... no hasta saber que estaba lista para él.

Su mano derecha bajó por su cuerpo, partiendo desde su cuello hasta el esternón, apenas rozando la silueta de sus senos en su camino hacia su ombligo. Lo acarició muy suavemente mientras separaba un poco sus cuerpos, apoyándose más en su lado izquierdo que sobre el cuerpo de Melissa. Mientras su mano continuaba descendiendo por sus caderas y muslos hasta llegar a su rodilla, los besos de Logan se trasladaron al cuello de ella, sintiendo su acelerada respiración junto a su oído. A la vez que ella acariciaba sus hombros y su espalda, la mano derecha de él regresó, pero esta vez por el lado interno de su pierna. Cuando sus dedos rozaron suavemente el encaje de su ropa interior, se quedaron ahí, habiendo alcanzado su destino. Su mano apenas si rozaba su piel, acariciando sus muslos y su entrepierna casi imperceptiblemente. Pero ella lo sentía, él lo sabía por la manera en que se estremecía ante su toque. Pasó sus dedos suavemente por su centro, acariciándolo a través de la frágil tela, su calor quemándole la mano. Un dedo impaciente se deslizó por debajo del encaje, y Logan gimió ante la humedad que encontró allí.

Mientras mordisqueaba su hombro, Logan deslizó su mano por debajo de la cinturilla de la ropa interior, sus dedos moviéndose muy lentamente, explorando cada rincón, cada pliegue oculto de su mirada. Sus dedos la recorrían de arriba abajo, de lado a lado, acariciando suavemente los bordes y moviéndose en círculos en su punto más sensible. Cuando introdujo un largo dedo en ella, sorprendiéndose por la facilidad con la que pudo penetrarla, por lo lista que estaba para él, ella gimió y se arqueó contra su cuerpo. Un segundo dedo lo acompañó, y sintió las uñas de Melissa clavándose en su brazo. Comenzó a moverse lentamente, sus dedos entrando y saliendo de ella, mientras la base de su mano se movía en círculos sobre su clítoris. Ella se estremecía y movía sus caderas contra sus manos, pero entonces se contuvo, sus manos sujetándolo sin moverse. Él dejó su cuello un momento para mirar su rostro, y se sorprendió al encontrarla con los ojos cerrados, mordiendo su labio inferior.

Logan se acercó a su oído y susurró: —Te estás conteniendo, Lissa... no lo hagas. —Sus dedos se movieron más rápidamente, entrando y saliendo de ella, ella acompañándolo con el movimiento de su cuerpo—. Vente, Lissa. Quiero que acabes justo ahora.

Arqueó sus dedos hacia delante, formando un pequeño gancho dentro de su cuerpo, mientras su dedo gordo frotaba enérgicos círculos en el punto justo. No le tomó mucho tiempo el hacerla llegar, y ella lo sorprendió sujetando su mano con fuerza, mostrándole el ritmo justo que quería. Sus gemidos se volvieron más fuertes, y el ritmo de sus caderas más urgente. Finalmente, su orgasmo llegó en un estallido, obligándola a dejar salir un gemido agudo, a la vez que su espalda se arqueaba hasta casi no tocar la cama en lo absoluto. Logan continuó tocándola, más lentamente, hasta que su respiración se normalizó y sus espasmos se calmaron.

—Oh... eso fue... eso fue... —murmuraba Melissa, su voz algo áspera—. Gra... gracias.

Logan rió por lo bajo ante su sinceridad. —De nada —le murmuró al oído antes de depositar un beso justo detrás de su oreja, en el punto sensible que acababa de descubrir. Sonriendo, quitó la mano de su entrepierna, la limpió apenas en las sábanas y se incorporó nuevamente sobre sus rodillas, regodeándose ante el aspecto sumamente satisfecho de Melissa. Mientras ella lo miraba a través de párpados pesados, le quitó la ropa interior rápidamente, pudiendo ver finalmente dónde había estado su mano. La porción de vello que ella mantenía sin depilar era rubia, y brillaba con las evidencias de lo que le acababa de hacer.

Él se puso de pie entonces, su polla tensa entre sus piernas, empujando contra el frente de sus pantalones, luchando por ser liberada. Se quitó los zapatos y los calcetines rápidamente, seguidos de cerca por sus jeans. Cuando sólo restaron sus boxers negros por ser quitados, vio por el rabillo del ojo que Melissa se incorporaba sobre la cama para observarlo. Su mirada estaba perdida en el frente de sus boxers, y cuando sus ojos se encontraron, le dio una sonrisa alentadora. Mirándola fijamente, Logan empujó su ropa interior hacia sus tobillos, saliéndose de ellos rápidamente para quedar tan expuesto como ella. Se giró para abrir el cajón superior de su mesa de noche y tomar un condón, pero cuando se volvió nuevamente hacia ella, se detuvo en seco.

Melissa estaba aún sentada en su cama, con la mirada perdida en su gruesa longitud. Sus ojos estaban muy abiertos, un poco demasiado abiertos, y sus labios se mantenían ligeramente separados.

—¿Qué? —preguntó él, con sólo un atisbo de preocupación.

—Tú eres... eres... ¡grande! —respondió ella.

Inconscientemente, Logan dedicó una rápida mirada a su entrepierna, su polla dura y levantada, rogando ser utilizada por ella. Volvió a mirar a Melissa, y vio que sus grandes ojos continuaban fijos en su objetivo. —Lo dices como si fuera algo malo... —dijo él.

—Definitivamente no lo es —aclaró ella rápidamente—. Es sólo que... nunca he estado con alguien tan... grande.

Logan sonrió ante eso, su pene hinchándose de orgullo, creciendo aún más, si es que era posible. Inconscientemente, ella podía decirle las cosas más dulces. —Bueno, gracias —dijo sonriendo. Cuando ella encontró su mirada nuevamente y le dio una pequeña sonrisa nerviosa, su expresión se volvió seria antes de decir—: Voy a ser cuidadoso, Lissa. Jamás te lastimaría. Lo sabes, ¿verdad?

Tal vez esta no es una buena idea. Tal vez no está lista aún, pensó Logan de pronto, dándole un rápido vistazo a sus boxers tirados en el suelo junto a sus pies, considerando volver a ponérselos antes de cometer alguna estupidez.

—¿Puedo?

La voz de Melissa regresó su mirada hacia ella, y la encontró observándolo fijamente, con una mano extendida hacia él. Le tomó un segundo el comprender que se refería al condón a medio abrir que aún sostenía en su mano. Sin realmente pensarlo, él se lo entregó y vio cómo ella lo tomaba en sus manos. Lo giró entre sus finos dedos y, mirándolo a los ojos, se lo colocó suavemente, sosteniéndolo por la punta mientras con la otra mano lo deslizaba hasta la base. Cuando estuvo correctamente colocado, ella lo acarició todo el camino de regreso hacia la punta, estremeciéndolo de pies a cabeza. Tomó a Logan por el cuello y lo besó lenta y apasionadamente, saboreándolo por completo. Él rodeó su cintura fuertemente, y luchó contra el impulso de levantarla por las caderas y tomarla justo ahí. En vez de eso, se separó un poco de ella, la tomó de las manos, y la giró para quedar de espaldas a la cama. Se sentó en el borde, ella aún de pie frente a él. —Ven... —le dijo antes de acostarse por completo, con la cabeza sobre las almohadas—. No haré nada que tú no quieras, lo prometo. Tú estarás en control de todo.

Melissa lo observó por un segundo, entonces le sonrió tiernamente antes de unírsele en la cama. Pasó su pierna derecha sobre él hasta apoyarlas a ambos lados de su cuerpo. Se sentó suavemente sobre su bajo vientre, sus manos aún entrelazadas, acariciándose la una a la otra. Logan llevó sus manos hacia arriba de su cabeza, logrando así que se inclinara sobre él. —Bésame, Lissa —le rogó en un susurro.

Y ella lo hizo. Lo besó con fervor en los labios antes de trasladarse hacia su cuello y hombros, depositando suaves besos sobre su piel, acariciándolo con su lengua para sentir su sabor. Como lo había prometido, él no hizo nada por tomarla ni forzarla en lo más mínimo, sino que simplemente la acariciaba: sus piernas, sus rodillas, su cintura, sus senos... cada centímetro de piel que ella le permitiera tocar.

Observándolo, Melissa fue bajando su cuerpo por el de Logan, hasta sentir la gruesa cabeza del pene contra su centro, esperando por entrar en ella. Ella lo acarició muy suavemente desde la base hacia la punta, entonces lo sostuvo y lo digirió hacia su cuerpo. Muy lentamente, comenzó a empujar hacia abajo, sentándose sobre su longitud, y ambos cerraron sus ojos ante la delicia de la presión inicial. El cuerpo de Logan se moría por empujar dura y rápidamente, mientras que el de Melissa luchaba por adaptarse a la gruesa invasión. Los ojos de Logan estaban cerrados y su mandíbula fuertemente marcada mientras se obligaba a permanecer inmóvil, permitiendo que ella se acostumbrara a él. Melissa continuó empujándose más hacia abajo, hasta tomarlo por completo.

—Mierda... eres demasiado apretada, Lissa —murmuró él antes de poder detener sus palabras.

Ella abrió los ojos y lo miró entonces, su boca abierta, su ceño apenas fruncido en un gesto de incomodidad. —Yo no soy muy pequeña, Logan, eres tú el que es muy grande.

Logan sonrió fugazmente, aunque cualquier vestigio de humor se vio opacado por su autorrestricción. —Está bien... tómate tu tiempo —murmuró mientras le acariciaba suavemente la parte externa de sus muslos.

—Incluso si me tomara todo el tiempo del mundo, creo que jamás podría adaptarme a ti —dijo ella, con una sonrisa extraña.

—No digas eso... No quiero lastimarte, Melissa. Tal vez sólo deberíamos... —Cuando Logan hizo un además de incorporarse, tomándola por las caderas para salir de su interior, ella lo empujó por los hombros, obligándolo a recostarse nuevamente.

—No, estoy bien, de verdad. Sólo... quédate. —Ella acarició suavemente su pecho a la vez que él aflojaba su agarre sobre sus caderas, convirtiéndolo en lentas caricias en su trasero. Melissa se empujó hacia arriba muy lentamente, para luego volver a descender sobre su cuerpo, tomándolo por completo. Ambos se estremecieron.

Ella comenzó a moverse hacia delante y hacia atrás muy lentamente, tomándolo por completo y entonces dejándolo ir, volviéndolo loco con su ritmo constante. A medida que sus movimientos se volvían más rápidos, su respiración salía en pequeños gemidos, y Logan se encontró sujetando las sábanas en fuertes puños para mantenerse bajo control. Ella se sentía tan bien, tan caliente y apretada a su alrededor, que cuando comenzó a sentir los pequeños estremecimientos en su cuerpo, no pudo evitar comenzar a empujar en ella, apenas separando sus caderas de la cama, siguiendo el ritmo de Melissa.

Cuando su nombre salió en forma de súplica de los labios de Melissa, la tomó por la cintura y la mantuvo quieta mientras se empujaba más profundamente en su interior, con un ritmo rápido y urgente que casi lo llega hasta el borde. Ella se vino rápidamente, clavando sus cortas uñas en su abdomen mientras jadeaba más y más fuerte.

Logan se incorporó entonces, envolviéndola en sus brazos mientras ella entrelazaba las piernas detrás de él, aún meciéndose contra su cuerpo a medida que sus estremecimientos cesaban. Ella apoyó la cabeza contra su cuello por unos instantes, aún sintiéndolo profundamente en su interior. Llevó una mano hacia atrás, apoyándola sobre la cama mientras se inclinaba sobre el colchón, con sus piernas aún envueltas a su alrededor, invitándolo a acompañarla.

Logan se inclinó hacia delante, acostándose sobre ella con cuidado de no descansar demasiado peso sobre su cuerpo. Ella cruzó los tobillos a sus espaldas, elevando sus rodillas para darle mayor acceso. Él comenzó a empujarse en su interior nuevamente, su boca perdida en el cuello de Melissa, sintiendo su intoxicante aroma.

—Mírame —le susurró ella al oído.

Cuando lo hizo, vio que ella lo miraba con total adoración, observándolo a través de sus pestañas en un gesto satisfecho. Su boca estaba semi-abierta, y Logan se acercó para besarla con fervor, devorándola mientras empujaba más y más rápido. Cuando ella lo sostuvo fuertemente por el trasero, acompañando sus rítmicos movimientos, él gimió en su boca. Ella sonrió en respuesta.

—Vente, Logan. Vente dentro de mí. Ahora.

Él gimió más fuerte y, echando la cabeza hacia atrás, se perdió en el ritmo frenético de sus embates. No le llevó mucho tiempo el alcanzar el orgasmo, pero cuando lo hizo no pudo detenerse. Fue el orgasmo más fuerte de su vida, o bien fueron varios juntos, no lo sabía... lo único que sabía era que su cuerpo necesitaba más. Más rápido, más fuerte. Más de Melissa, más de ambos. Ahora. Siempre.

Logan se desplomó, inclinándose a un lado para no aplastarla. Su respiración era rápida y casi dolorosa, su cuerpo cubierto de sudor. Muy lentamente, fui consciente de las manos de Melissa acariciando su espalda de arriba abajo. Notó un leve escozor en su hombro izquierdo, y se dio cuenta que ella debía de haberlo mordido en algún punto, probablemente mientras acababa en su interior. Logan sonrió de placer.

—¿Estás bien? —le preguntó ella con una voz agitada y apenas audible.

Logan asintió contra su cuello. —¿Lo estás tú?

Melissa rió en respuesta. —Creo que nunca he estado mejor.

Girando su rostro hacia ella, le sonrió tiernamente. Ambos se observaron durante un largo momento. Logan se apoyó sobre sus brazos y acarició lentamente su mejilla. Ella lo atrajo una vez más hacia sus labios, sosteniéndolo por el cuello. El beso que compartieron entonces fue el más suave que jamás se habían dado, apenas un roce de sus labios, pero fue el beso más íntimo de todos. Todas las barreras habían sido derribadas, todas las inhibiciones olvidadas. Nada más importaba, nada en el mundo. Sólo ella y él existían.

—¿Quieres acompañarme en la ducha? —le preguntó él unos minutos después.

—Seguro —dijo ella, sonriéndole—. Pero, ¿podrías darme un minuto? Mis piernas tiemblan tanto que no creo que pueda ponerme de pie aún...

Logan rió y la besó en el cuello. —Por supuesto. Iré a preparar todo. —Salió de su interior y se puso de pie, dirigiéndose al cuarto de baño. Se quitó el condón, lo arrojó por el excusado, y abrió la ducha hasta encontrar la temperatura ideal. Cuando terminó de arreglarlo todo, se encaminó de regreso al dormitorio, y se sorprendió ante la imagen que le devolvió el espejo a su paso. No se había visto así de feliz en mucho tiempo.

Cuando regresó a la cama, Melissa no se había movido en lo absoluto. Sus ojos estaban cerrados, y sus labios formaban una pequeña sonrisa. —¿Vienes? —le preguntó él. Cuando la única respuesta que obtuvo de ella fue un pequeño puchero, se rió y, negando con la cabeza, la tomó en sus brazos y la llevó con él hasta la ducha. Bajo el agua tibia, la enjabonó y lavó con el mayor cuidado, como si fuera lo más frágil que jamás hubiera tocado. Luego la envolvió en una gruesa toalla, secándola por completo antes de tomarla nuevamente en brazos y llevarla hasta su cama.

Melissa cayó dormida incluso antes de que su cabeza tocara la almohada. Él acarició su rostro suavemente, observándola dormir, guardando cada detalle en su memoria. Entonces se acostó detrás de ella y la sostuvo entre sus brazos muy cerca, pegando su cuerpo a su pequeña silueta. Sus labios formaban una sonrisa mientras el sueño lo reclamaba. Él no se había sentido tan feliz en mucho tiempo... lo cual sólo le hacía pensar en la agonía que sentiría cuando finalmente la perdiera.
Fin del Capítulo.



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Ellie


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Re: En las garras del Cuervo... [Sólo capítulos!!!]

Mensaje por Ellie el Jue 29 Dic 2011 - 4:08




Capítulo 11


Crow




Habían pasado tan solo 3 días desde la extraña visita de Kormes en el cuerpo de una niña exploradora, y Crow ya comenzaba a salirse de su piel. Nunca antes había pasado tanto tiempo sin alimentarse, y el saber que había cientos y cientos de deliciosas almas encerradas en el cuerpo de Mayra, no ayudaba particularmente en su convivencia. En realidad no esperaba que la amenaza de su superior fuera verdadera, pero pasadas más de 72 horas sin que le encomendara una misión, no le cabía duda que iba en serio. Ni él ni ningún otro Crowtter había pasado tanto tiempo sin alimentarse antes, y no sabía qué sucedería con él si no realizaba una extracción muy pronto. De lo único que estaba seguro era que no sería nada placentero. Y que, al parecer, Kormes estaba dispuesto a averiguarlo.

Para colmo de males, esa estúpida humana no dejaba de pavonearse a su alrededor, vistiendo ligeramente por culpa de las altas temperaturas que anunciaban una tormenta. Ahí estaba ella, leyendo en el sofá, sin preocupaciones, acaparando egoístamente todas sus almas. Si tan sólo pudiera tomar una..., pensaba él, sentado sobre la encimera de la cocina, acechándola desde la mayor distancia que le ofrecía su pequeño departamento. Había intentado tomar una de sus almas la noche anterior, mientras ella dormía, pero nuevamente se topó con el inconveniente de no poder detener el tiempo si ella no estaba a punto de morir, lo que significaba que ella estaría consciente mientras lo hiciera. Todo eso llevaba indefectiblemente a que Mayra despertaría gritando de dolor hasta que él cesara en su intento por robar una de sus almas. Ella le arrojó una lámpara por la cabeza cuando lo hizo. Él estaba tan enfadado por su fracaso que ni siquiera se molestó en esquivarla. El duro cerámico se rompió en mil pedazos, al igual que sus esperanzas de alimentarse.

Ella no le había dirigido la palabra desde entonces, así que ahora él la acechaba en silencio, intentando descifrar una manera de saciar su hambre voraz sin torturarla en el proceso. Y en lo posible sin ser apuñalado en el pecho. Ah, sí, Mayra ahora dormía con un gran cuchillo debajo de su almohada. No es que fuera a servirle de mucho en contra de un Crowtter inmortal, pero él había captado el mensaje.

Así que ahí estaba él. Crow, uno de los más antiguos y poderosos Crowtters —sino el más poderoso— en el universo, acechando a una insignificante humana, intentando encontrar la manera de tomar sus almas sin matarla. Aunque el matarla no le molestaría particularmente... con el grado de hambre que sentía en ese momento, la mataría mil veces sin dudarlo, pero él simplemente no podía. Físicamente no podía. Aún si lo intentara, jamás podría lastimarla a ella ni a ningún otro humano. Estúpidos humanos. Estúpido Kormes y sus estúpidas reglas de no-intervención, pensaba Crow, mirando fijamente a la humana en el otro extremo del departamento. Estúpida Mayra y sus estúpidas cuatrocientas se...

—¡¡Ya basta, Crow!! —le gritó ella de pronto.

—¡¿Qué?! —le ladró él en respuesta.

—¡Deja de acecharme!

—No lo hago.

—Sí, sí lo haces —replicó Mayra, hablando a través de los dientes fuertemente presionados—. No haces más que mirarme fijamente todo el maldito tiempo. ¡Me pone de los pelos! Te doy un valioso consejo: ¡Pestañea de vez en cuando, Doctor Lecter!

El ceño fruncido de Crow flaqueó un poco ante eso. —¿Doctor quién?

Mayra puso sus ojos en blanco antes de responderle. —Doctor Hannibal Lecter, del Silencio de los Inocentes. —Ante la expresión en blanco del Crowtter, agregó en un tono de pobre imitación—. “Hello, Clarice”... ¿Te suena?

Crow parpadeó en silencio una vez. Dos veces. Y una más. —No —respondió finalmente.

—Oh, genial, entonces se me ocurre una idea: ¡Ve a rentarla y deja de acecharme! —le gritó antes de volver la mirada al libro que descansaba sobre sus piernas cruzadas. Intentó leer un par de páginas, pero le era imposible no ver la figura inmóvil de Crow por el rabillo del ojo—. ¡¡Lo sigues haciendo, Crow!!

—¿Haciendo qué? —le gruñó él.

—Mirarme como si fuera algo comestible.

Lo eres, pensó, pero por alguna razón no lo dijo en voz alta. —No puedo evitarlo, Mayra, tengo hambre.

—¡Entonces come algo! —le gritó ella exasperada. En el instante en que Crow saltó fuera de la encimera de la cocina y dio un paso hacia ella, la muchacha se abalanzó sobre el gran cuchillo de carne que descansaba sobre la mesa de café frente a ella. Ella lo llevaba a donde fuera ahora, incluso a la ducha—. ¡No te me acerques! No me refería a mí, y lo sabes.

Todo su cuerpo estaba tensionado, y un bajo gruñido se formó en su garganta, haciendo vibrar las ventanas al otro lado del cuarto. —No tengo hambre de tu comida, Mayra, tengo hambre de ti.

Los ojos de la humana se abrieron un poco más mientras continuaba aferrándose al inútil cuchillo. Ella tragó saliva pesadamente y abrió la boca como para decir algo, pero en seguida la volvió a cerrar. Cuando simplemente se le quedó mirando desde el sofá, él continuó: —El hambre que siento no es físico; no puede saciarse con comida. Necesito extraer un alma. Pronto. No tengo sentimientos, Mayra, así que necesito alimentarme de los sentimientos de los humanos cuando tomo sus almas. Hay un gran hoyo negro en mi interior que sólo puede llenarse con eso... Y justo ahora, ese hoyo está creciendo más y más, comiéndome desde adentro, y cuando ya no pueda contenerlo, se expandirá hasta devorarte a ti y a todos los demás. —Se detuvo por un momento, intentado controlarse lo suficiente para continuar. Ella sólo lo miraba, sus ojos muy abiertos, sus labios presionados juntos fuertemente—. No sé cuánto tiempo podré aguantar esto, Mayra. Necesito un alma. Ahora.

La muchacha lo miró durante un largo rato, entonces sacudió su cabeza y dijo: —Bueno, lo lamento, pero no voy a suicidarme sólo para que tú puedas comer. ¿No podrías simplemente ir a un hospital o algo, y sólo esperar a que algún moribundo...?

—No, no funciona así. —Crow suspiró, irritado ante la certeza de que ya le había explicado todo esto antes—. El único Crowtter que sabe el momento exacto en que un humano va a morir es quien tiene asignada su extracción. Incluso si me quedara junto al humano a cada momento, el otro Crowtter simplemente detendría el tiempo en el momento justo, tomaría su alma y se iría, y yo no podría hacer nada para evitarlo.

Ella suspiró largamente antes de decir: —Entonces ve a hablar con Kormes y dile que...

Crow rió fuertemente, el sonido rebotando entre las débiles paredes. —¿Que le diga qué? ¿Que tengo hambre y necesito de su piedad? No podría importarle menos. Él quiere esta misión finalizada, y no le importa cómo lo haga. Ha tomado una decisión y no va a retractarse. —Dejó salir una corta risa antes de agregar—. Y si el hambre me mata, resultará aún mejor para él. El deshacerse de mí sería un bonus extra.

Mayra frunció el entrecejo en confusión. —Espera, ¿por qué Kormes quiere deshacerse de ti?

Porque soy el único que sabe su secreto, pensó, pero en cambio sonrió ampliamente y dijo: —Porque soy más apuesto que él, y no puede manejarlo.

La humana gimió en exasperación. —Bien, no me lo digas... —Se levantó del sillón y caminó hasta su habitación, cerrando la puerta a sus espaldas. Cuando Crow escuchó el cerrojo siendo colocado, casi rompe a reír. Ella sabía cuán tremendamente poderoso era él, y que con un mero pensamiento podría desintegrar esa puerta en millones de partículas, pero, o bien lo olvidaba continuamente, o pretendía hacerlo.

Unos minutos después, Mayra salió de su habitación vistiendo unas calzas ajustadas y una larga camiseta que ocultaba todas sus curvas. Se veía tan irritada como antes, pero con una nueva mirada de determinación. —Saldré a correr para despejarme la mente —le dijo mientras se dirigía al refrigerador por una botella con agua—. Te invitaría a venir conmigo, pero... realmente no quiero que vengas. No necesito un guardaespaldas, Frank
[1], así que sólo quédate junto al teléfono, y prometo llamarte si creo que estoy a punto de morir, ¿de acuerdo?

Crow la observó salir del departamento, azotando la puerta tras de si. Se tomó un par de segundos para considerar qué hacer con ella: podría arrastrarla de regreso y convencerla de que se suicide para la cena; o tal vez seguirla en su verdadera forma, mostrándose ante todos los humanos como un gran torbellino negro, con un poder aterrador y un hambre voraz capaz de destruirlo todo. Eso definitivamente la pondría de buen humor, pensó con una pequeña sonrisa. Con un suspiro cansado, finalmente manifestó un conjunto de ropa deportiva sobre su cuerpo y siguió su rastro todo el camino hacia el parque central.

Ella no pareció muy sorprendida de verlo unos minutos después, corriendo a su lado, pero no cesó en sus intentos por dejarlo atrás. Decidiendo dejarla ganar por el momento, Crow se mantuvo unos pasos detrás de ella, y notó que la vista no era tan mala desde allí. Cerca de quince minutos después, ella aún continuaba trotando, sin detenerse ni decaer en su ritmo. De tanto en tanto, miraba fugazmente sobre su hombro, como para confirmar que él aún corría detrás. Crow le sonrió burlonamente en un par de ocasiones, pero ella no pareció considerarlo gracioso.

El Crowtter no podía dejar de preguntarse qué estaba pensando ella. Se veía tan concentrada y reflexiva. ¿Acaso estaba pensando en él? Más precisamente: ¿en cómo deshacerse de él?

Siendo el sujeto de su misión, Crow no podría leer sus pensamientos ni manipularla de ninguna manera —nuevamente, las reglas de Kormes sólo servían para complicarle la existencia—, pero la mente de cualquier persona que entrara en contacto con ella no era más que un libro abierto para él. Y los pensamientos de todos a su alrededor eran tan claros para él, que el silencio de la mente de Mayra se volvía aún más molesto. De pronto, un extraño pensamiento se le ocurrió: Me pregunto cómo me ve. ¿Acaso me ve como a un simple humano, o ve realmente lo que soy? ¿Me verá como a un estorbo en su vida, o como a su implacable verdugo?

El Crowtter sacudió su cabeza enérgicamente, sin dejar de correr. Sus pensamientos se habían vuelto tan nublados como el cielo sobre sus cabezas. El horizonte frente a ellos era de un tormentoso gris azulado, y el fuerte sonido de los relámpagos aproximándose silenciaba sus fuertes zancadas. Al parecer, ella no lo había notado, y mientras Crow consideraba detenerla y sugerirle que regresaran, un mensaje silencioso lo hizo estremecer. Era un nombre, un lugar, una hora y una orden.

¡¡Al fin!!, pensó con satisfacción. Sin perder el tiempo, se materializó unos pasos delante de Mayra, atravesándosele en el ahora solitario recorrido a través de la arboleda. Sus ojos se abrieron de par en par ante su aparición, pero ella no pudo frenar el impulso de su cuerpo a tiempo. Chocó de frente contra él, violentamente, y habría resultado herida si él no la hubiera sostenido entre sus brazos para amortiguar el impacto.

—¿Qué demo...? ¡Crow! ¡¿Qué crees que haces?! —comenzó a gritarle la humana, con una voz fuerte a pesar de su ligera falta de aliento—. Pudiste haberme lastimado. No puedes simplemente...

Con una simple orden mental, Crow detuvo el tiempo, negándose a malgastar un segundo más. Ella iba a morir, justo allí y en ese momento, y él iba a tomar su alma —o más, si fuera posible— y saciaría el hambre que lo carcomía por dentro. Había esperado esa orden durante tres días, tres malditamente largos días, y ahora disfrutaría mucho alimentándose luego de su mayor periodo de abstinencia hasta el momento.

Sintiéndose revitalizado por la expectativa, inclinó su cabeza hacia ella, hacia el inmóvil cuello de la humana, sus labios formando una sonrisa antes de separarse aún más y apoyarse sobre la piel congelada de ella, listo para aspirar su alma fuera de su cuerpo. Pero justo entonces, una extraña sensación lo embargó.

Crow no estaba solo.

Impulsando su cuerpo hacia atrás varios metros, se alejó justo a tiempo para evitar ser golpeado por una ráfaga de poder. Girándose de inmediato hacia la fuente de su ataque, se encontró cara a cara con una mujer delgada, con un largo cabello marrón-rojizo y vibrantes ojos pardos, pero su frágil apariencia no lo engañaba... ella era una Crowtter. Crow jamás la había visto antes —por lo menos no en su apariencia humana—, pero de inmediato la reconoció como un igual. Y ella era poderosa, casi tan poderosa como él.

—Estoy en medio de una extracción, ¿qué quieres? —le gruñó.

La Crowtter frente a él no le respondió, sólo le sonrió casi imperceptiblemente. Antes de que Crow pudiera decir algo más, una figura se manifestó a su derecha. No necesitó mirar para saber de quién se trataba: era el último Crowtter con el que se había cruzado, no hacía mucho tiempo, en el vasto recinto de Kormes. A pesar de su increíble número, los Crowtter no suelen cruzarse muy a menudo, por lo que no le resultó difícil identificarlo, aún si su fornida manifestación de un hombre afro-americano hubiera sido fácil de olvidar. No lo era. El musculoso cuerpo de Crow parecía pequeño en comparación con el de su compañero; sin embargo, él era más poderoso, y lo había probado durante su último encuentro. Crow lo había atacado frente a Kormes... y los ojos asesinos clavados en él le decían que el Crowtter no lo había olvidado.

—Bueno, bueno... —dijo Crow casualmente—. ¿Acaso mi invitación para este encuentro se perdió en el correo? —Increíblemente, incluso sus palabras empezaban a sonar como las de la humana. Por un instante, recordó que Mayra continuaba congelada en el tiempo a unos pocos metros de él, ignorante a lo que estaba pasando, y completamente vulnerable a los recién llegados. Sin arriesgarse a dar siquiera un vistazo en su dirección, continuó—: Como dije, estoy en una misión. ¿Qué quieren? ¿Y cómo demonios pueden estar aquí?

—Estamos aquí porque se nos ordenó estarlo —dijo estoicamente la mujer.

—Y esta ya no es tu misión —completó el otro Crowtter, apenas un milisegundo antes de lanzarse hacia delante, atacando a Crow con todo su poder.

La pelea fue increíblemente rápida y poderosa, y la mitad del tiempo Crow no sabía contra cuál de los dos estaba peleando. La mujer era muy rápida, arrojándole ráfagas de poder con sus manos en un instante, y desapareciendo al siguiente, su verdadera forma negra girando tan rápidamente que apenas si podía distinguir los rayos rojizos que la atravesaban. El hombre, en cambio, no abandonó su apariencia humana en ningún momento, y la increíble fuerza de sus golpes le decían por qué: confiaba tanto en su fuerza física que creía poder derrotar a Crow sin hacer uso de sus otras habilidades.

Gran error.

No le tomó mucho tiempo a Crow el estudiar los movimientos de ambos, soportando con dificultad sus ataques, pero aprendiendo de esa manera cada una de sus debilidades. Los ataques de la mujer eran poderosos, pero ella no tenía su experiencia, y no sabía cómo aprovechar todo su potencial. Ella continuaba manifestándose de un lado al otro porque no confiaba en que podría derrotarlo en una pelea mano-a-mano. El hombre, en cambio, sólo lo atacaba ocasionalmente con ráfagas de energía porque carecía de la concentración necesaria para mantener una pelea física y de poder al mismo tiempo.

Golpe a golpe, minuto a minuto, Crow fue ganando terreno por sobre ambos rivales.

La mujer le envió un fuerte ataque a sus espaldas, pero Crow ya conocía su técnica, y lo esquivó fácilmente, ingeniándoselas para que la bola de energía impactara contra el otro Crowtter, a la vez que él saltaba hacia atrás en el aire hasta aterrizar justo frente a ella y encestarle un golpe en el rostro, seguido de cerca por un rayo de poder que la hizo volar hacia atrás decenas de metros. No tuvo tiempo de disfrutarlo porque el otro Crowtter ya estaba encima de él, golpeándolo con una fuerza y una potencia sorprendentes.

Crow esquivó sus golpes —la mayoría de ellos, al menos— antes de enviar un soplo invisible de poder hacia los pies de su contrincante, desestabilizándolo y dejándolo a su merced en el suelo para poder golpearlo libremente. Pensó entonces en manifestar su arma favorita, un par de largas y pesadas espadas, y acabar con la pelea, pero la diversión apenas comenzaba.

La mujer regresó, atacándolo con una seguidilla de certeros golpes de poder, pero un instante después de que el primero de ellos impactara en su espalda, Crow la contraatacó con un rayo de poder que la hizo volar en el aire, seguido de cerca por una patada en el estómago que ella no pudo esquivar. El otro Crowtter la reemplazó al instante, acercándosele desde atrás y aprisionándolo con una poderosa llave de sus implacables brazos que habría roto su columna como un débil palillo si hubiera sido un humano. Mientras consideraba sus limitadas opciones de escape, Crow fue consciente de que la mujer se movía a su izquierda, acercándose rápidamente a la figura congelada de Mayra.

¡No!

Haciendo explotar una ola de poder desde su cuerpo, logró salirse del agarre mortal de su contrincante, haciéndolo volar hacia atrás, y antes de que este pudiera recuperarse, se manifestó frente a la mujer, posicionándose entre ella y Mayra. La tomó fuertemente por el cuello y la hizo girar, de modo que ambos enfrentaran ahora al tercer luchador.

—No la toques. ¡Ella es mía! —le gruñó en el oído a la ágil Crowtter entre sus brazos. Antes de que ella intentara hacer algo, Crow la golpeó duro en las costillas justo antes de colocar la palma extendida de su mano derecha junto a su pequeña cabeza. Concentró todo su poder en ella, y la oyó gruñir en frustración cuando entendió lo que él pretendía hacer—. Sé que puedes soportar mis ataques de poder, ¿pero podrás soportarlo desde adentro? —le dijo al oído—. ¿Eres lo suficientemente rápida para evitar que tu cráneo haga implosión? —Su tensa mano se estremecía ante la magnitud del poder que estaba conteniendo a escasos centímetros, dentro del cuerpo de la mujer.

Dirigió su mirada implacable hacia el otro Crowtter, que los observaba a unos pocos metros, inmóvil como una estatua, analizando su próximo movimiento. —Ni siquiera lo pienses, grandote. No eres lo suficientemente fuerte como para detenerme, y definitivamente no eres tan rápido como para arrancar viva a tu amiguita de mis brazos.

Cuando el hombre le dio un vistazo fugaz a la inmóvil figura de Mayra, congelada a las espaldas de Crow, este le gruñó fieramente. —Si te mueves un milímetro en su dirección, mataré a tu compañera y te destruiré antes de que sepas qué te golpeó. Esa humana es mía. ¡Es mi misión, y sólo yo voy a completarla! ¡Sus almas son mías y de nadie más, ¿entendido?!

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas, y notó de inmediato la extraña mirada que sus dos atacantes intercambiaron.

—¿Por qué están aquí? ¿Por qué interfieren con mi misión? —les preguntó con un bajo gruñido.

—Porque se nos fue ordenado hacerlo —respondió el hombre, con una serenidad en su voz que no parecía concordante con su poderoso aspecto—. Tenemos órdenes de implicarnos en la extracción con el objetivo de tomar más de una sola alma. Kormes nos dijo que podíamos esperar... resistencia de tu parte.

—Mi “resistencia” no cesará hasta que ambos estén muertos, así que váyanse de aquí y díganle a Kormes que esta es mi misión y de nadie más.

—No podemos hacer eso —dijo la mujer, su voz ronca por la presión que el antebrazo izquierdo de Crow ejercía sobre su cuello—. Tenemos una misión, y debemos completarla. Ese es nuestro fin, nuestra meta. Cumplimos misiones. Para eso fuimos hechos. —Las robóticas palabras casi hacen que Crow ponga sus ojos en blanco, pero contuvo su impulso de expresarse nuevamente como la humana congelada a sus espaldas. De pronto, ese discurso le parecía tan estúpido que casi rompe a reír, pero los puños apretados del Crowtter frente a él le dijeron que pensaba exactamente igual.

Maldita sea, pensó Crow antes de enviar un mensaje a su superior: Kormes, haz que retrocedan o voy a eliminarlos. Sabes que lo haré. Cuando no obtuvo respuesta, intensificó su amenaza. La humana es mía, al igual que todas sus almas. ¿Querías que sólo me dedicara a esta misión? De acuerdo, es lo que haré. Pero si tú o alguien más se acercan a ella, sufrirán las consecuencias, ¿entiendes? ¡¡Ella es mía!!

Sus rivales esperaban inmóviles, sabiendo que debía de estar comunicándose con Kormes, pero sin ser capaces de escuchar su conversación.

Ordénales que aborten esta misión ahora, o me desharé de ambos, Kormes, insistió Crow.

¡¿Qué crees que estás haciendo, Crowtter?!, respondió Kormes con una voz retumbante dentro de su mente que le heló los huesos. ¡¿Cómo te atreves a desafiarme?! ¿Por qué arriesgas tu existencia por esta misión?

—¡¡Porque es MI misión!! ¡Es MI humana, y son MIS almas! —le gritó él en respuesta, dándose cuenta demasiado tarde que las palabras en realidad habían salido de su boca. El Crowtter macho frunció marcadamente el entrecejo mientras continuaba observándolo.

Tomando una larga inspiración, agregó mentalmente: Si no les dices que se retiren justo ahora, Kormes, voy a decirles lo que sé de ti. Un pesado silencio mental fue su respuesta, por lo que continuó: Si no les ordenas que se vayan ahora mismo, les diré quién eres. Les diré tu nombre y todo lo que sé de ti. Les diré quiénes y qué somos en realidad. Y, lo más importante de todo: les diré cómo lastimarte.

El silencio total se alargó más y más, acumulándose sin medida dentro de una realidad donde el tiempo había sido detenido. Finalmente, la poderosa voz de Kormes habló en su mente, sonando precavida... suplicante incluso, casi como si fuera la voz de su conciencia. Crow, no sabes de qué hablas. Lo que sea que crees saber, está equivocado. Lo estás arriesgando todo por nada. Entrégame a la humana. Ríndete ahora... antes de que sea demasiado tarde.

Diles que se retiren o ambos morirán... y tal vez así me demuestres que estoy equivocado. ¿Qué será, Kormes? ¿Te arriesgarás o no?, pensó Crow, tensando su cuerpo en preparación para la batalla que seguramente estallaría en un instante.

Pero eso no sucedió. Por el contrario, ambos Crowtters desviaron la mirada un segundo mientras escuchaban las órdenes de Kormes. Intercambiaron una rápida mirada, pero un latido después ambos se relajaron. El hombre simplemente desapareció, esfumándose hacia el otro lado. La mujer elevó las palmas de sus manos ligeramente en señal de rendición, y cuando Crow la liberó de su agarre, desvaneciendo la sujeción de poder que había estado manteniendo dentro de su cráneo, ella dio dos pasos hacia delante. Lo miró fugazmente por sobre su hombro y se desvaneció.

En cuestión de segundos, Crow volvió a estar solo con el cuerpo congelado de Mayra, en medio de una inmóvil arboleda congelada en el tiempo, que les había servido de campo para una batalla que nadie jamás conocería.

Se giró hacia ella, la observó por un instante, y finalmente avanzó los pocos pasos que los separaban. Mayra estaba exactamente como la había dejado, sin que nadie la tocara, como debía ser. Su ceño se mantenía ligeramente fruncido, sus ojos brillantes de ira, sus labios apenas separados, a medio pronunciar un arrebato en su contra. Crow sonrió lentamente. Esta humana era suya, al igual que todas las almas en su interior, y nadie más que él se alimentaría de ellas.

Sintiendo la absurda necesidad de demostrar su posesión, Crow miró la línea del cuello de Mayra y consideró que no sería suficiente esta vez. No, estas eran sus almas, y él las tomaría como quisiera. Sujetó el rostro de Mayra firmemente y se inclinó hacia delante, pegando sus labios a la boca de ella, demorándose allí apenas un segundo antes de succionar el alma fuera de ella, tomando el alimento que tanto necesitaba. El alma insubstancial se deslizó del congelado cuerpo de Mayra hacia el suyo, para que su energía fuera luego enviada al universo, y regresara nuevamente algún día, en alguna otra vida. La sintió deslizarse en su interior, pero no era el alma en sí lo que le interesaba, lo que lo nutría, sino las emociones que venían con ella. Mientras que millones de imágenes de la vida de Mayra colmaban su mente, incontables emociones vividas por ella lo llenaban, saciando ese profundo hueco en su interior, alimentándolo con todo aquello que él jamás podría sentir.

Cada emoción que absorbía lo alimentaba, lo fortalecía, lo vigorizaba como ninguna otra cosa en el mundo podría hacerlo. La humana sentía apasionadamente a cada momento, y todas y cada una de esas sensaciones eran suyas. Suyas y de nadie más.

Cuando terminó con la extracción, Crow tuvo que dar un paso atrás. Se sentía apabullado por la sobrecarga sensorial que Mayra le había transmitido, y por un segundo imaginó que realmente sentía como ella... no sólo alimentándose de sus emociones, sino viviéndolas en carne propia. La ridiculez de ese pensamiento lo hizo negar con la cabeza.

Un momento después, liberó el tiempo con su mera voluntad.

—¡...aparecerte así delante de alguien! —le gritó Mayra, retomando la ira que había sentido hacia él justo antes de que detuviera el tiempo—. No puedes... sólo... —Sus palabras se fueron apagando, y una mirada de confusión invadió su rostro. Levantó una mano hasta tocar sus labios, hasta el punto exacto por donde Crow acababa de tomar una de sus almas. Un latido después, la comprensión la golpeó, y disparó una rápida mirada hacia él.

—Lo siento... —dijo Crow con una sonrisa torcida—. Pero esto probablemente va a picar un poco.

Los ojos de Mayra se abrieron de par en par, su alborotado flequillo negro fallando en ocultarlos. —¡¡Hijo de...!!

Una explosión sacudió la tierra entonces, ahogando sus palabras y volviéndolo todo negro.



La explosión había sido tan poderosa que Crow fue arrojado varios metros hacia atrás, golpeando su espalda contra un árbol. Por supuesto, él resultó ileso. El árbol no fue tan afortunado. Tras unos breves instantes de aturdimiento, es puso de pie y caminó hacia Mayra. O, mejor dicho, hacia lo que quedaba de ella. Su cuerpo estaba irreconocible, y el Crowtter se sorprendió al notar que tardaba más tiempo que antes en recuperarse. Tomándola en sus brazos, los manifestó a ambos de regreso a su departamento. La depositó en la cama y se sentó a su lado, fascinado por cada etapa de su lenta resurrección. Solo ahora, casi media hora después, ella comenzaba a despertar.

—Oh... hmm... ¿Qué...? —murmuraba ella, removiéndose sobre sus sábanas. Intentó incorporarse, pero al parecer una fuerte jaqueca la convenció de que no era una buena idea—. ¡Auch! ¡Mierda! —Se tomó la cabeza con ambas manos, y cuando finalmente volvió a abrir los ojos y notó a Crow sentado junto a ella, murmuró—: ¿Qué diablos sucedió?

—Fuiste alcanzada por un rayo —le respondió él rápidamente.

La humana lo miró con el ceño fruncido por un instante antes de forzar a su cuerpo a sentarse contra la cabecera. Dejó salir un largo suspiro y dijo: —Perdón... ¿qué?

—Fuiste alcanzada por un rayo —repitió Crow, preguntándose fugazmente si habría quedado sorda por el impacto.

—Fui alcanzada por un rayo... —se hizo eco ella, demostrándole que podía escuchar las palabras, aunque pareciera no comprender su significado.

—Sí, fuiste alcanzada por un rayo —volvió a decir él, intentando pronunciar las palabras claramente a pesar de la irritación que crecía en él.

Mayra se le quedó mirando atónita, su rostro convertido en una máscara ilegible. —¡¿Fui alcanzada por un rayo?! —gritó finalmente.

Crow presionó su mandíbula con tanta fuerza que se sorprendió de que sus muelas no se quebraran. Tomó una profunda inspiración antes de hablar con una voz muy baja y controlada: —Creo que no nos estamos entendiendo, Mayra. Permíteme que lo diga más claramente: Fuiste. Alcanzada. Por. Un. Rayo. —Dijo cada palabra lentamente, sin siquiera separar sus dientes al hablar.

La humana lo miró fijamente, su boca apenas abierta. Justo cuando Crow comenzaba a pensar que tal vez habría sufrido alguna clase de daño cerebral, ella exclamó: —¡Wow! Supongo que a Kormes se le acabaron las sutilezas...

Recordando la pelea que acababa de luchar contra los dos Crowtters enviados por él, Crow dejó salir una corta risa. —No tienes idea... —murmuró.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó ella, incorporándose rápidamente—. ¡Aaaaww! ¿¿Por qué me duele tanto la cabeza?? —gruñó.

—Porque acaba de recibir 300.000 voltios. Deberías agradecer que aún tengas una —dijo Crow mientras ella se frotaba las sienes. Observándola, agregó—: Y ya que estás en eso, también agradece que la regeneración corporal por tus almas incluya a tu cabello. Créeme... no era nada bonito.

Mayra le dedicó una larga mirada sospechosa antes de decir: —No te vayas del tema. Tú sabes algo que yo no sé.

Crow le sonrió soberbiamente. —Tu mente humana explotaría si supiera una pequeña parte de todo lo que yo sé, Mayra. —Se puso de pie y, caminando fuera de la habitación, le preguntó—: ¿Tienes hambre?

—¿Lo tienes tú? —murmuró ella en respuesta.

La sonrisa del Crowtter fue aún más grande cuando se giró hacia ella en el umbral. —Ya no.

Ambos se miraron por un largo y silencioso momento.

—Tomaste mi alma a través de mis labios —dijo ella. No era una pregunta; y si lo hubiera sido, el Crowtter no la habría respondido—. ¿Por qué, Crow? ¿Por qué tomaste mi alma a través de mi boca?

El silencio se extendió interminablemente. Los ojos de la humana estaban clavados en él, pero la mirada de Crow no podía alejarse de sus labios. Finalmente, se giró y salió de la habitación. —Porque no pude pensar en una buena razón para no hacerlo —murmuró por lo bajo, sin importarle realmente si ella lo escuchaba o no.



Varios días pasaron; días ordinarios, que traían consigo la misma rutina de siempre junto a la humana. Sin embargo, algo había cambiado para Crow: A medida que el hambre renacía en él una vez más, sus ansias por obtener otras almas no se manifestaban. Él no las quería. Sólo quería las de ella. Las almas de Mayra eran suyas, y las emociones que venían con ellas lo satisfacían de una manera en que ninguna otra podría hacerlo. Por mucho que intentara convencerse de lo contrario, Crow se sentía... posesivo con la humana.

Sus pensamientos continuaban yendo a la deriva en su dirección, sus ojos la seguían a donde sea que fuera, su mente no descansaba en sus intentos por descifrarla, por entenderla un poco más, por penetrar en esa mente tan silenciosa para él. Mayra era un maldito enigma. Y uno que Crow estaba determinado a descifrar.

Pero lo más extraño de todo era que a ella no parecía importarle.

Durante los primeros días de su ayuno forzoso, la humana había estado nerviosa todo el tiempo, sabiendo que el Crowtter la acechaba a cada momento, sabiendo que intentaba encontrar la manera de resolver su problema. Ahora, ella parecía mucho más relajada, volviéndose más y más cómoda a su alrededor, ya fuera porque no notaba su escrutinio o porque se había acostumbrado a él. De hecho, había ocasiones en las que Crow la había descubierto mirándolo, observándolo atentamente antes de apartar la mirada al ser descubierta. Era casi como si, mientras que Crow intentaba resolver el acertijo de Mayra, ella intentara... resolverlo a él.

Y había algo más que había cambiado para Crow: él se sentía... observado. A pesar de que no había vuelto a comunicarse con Kormes, sentía que su silencio no era ignorancia. Sentía que estaba siendo observado a cada momento, en cada paso que daba y que, sin importar lo que hiciera, esos pasos lo llevarían hacia un final ya previsto por su superior. No era más que una sensación, un ligero hormigueo en su estómago, una apenas audible voz en su mente que le decía que Kormes ya sabía cómo iba a terminar todo. Crow odiaba esa sensación. Odiaba no estar en control de todo lo que sucedía a su alrededor. Odiaba sentirse vigilado, observado, aún sabiendo que ningún otro Crowtter se le acercaría sin previa autorización de su maestro, y que Kormes no daría semejante orden por temor a la respuesta de Crow, por temor a las consecuencias a las que podría enfrentarse.

No, Kormes no lo haría, no cuando tiene tanto que perder. Y Crow lo sabía muy bien... pero aún así no podía sacudirse el hábito de mirar sobre su hombro cada vez que salía a la calle con la humana.

—¿Por qué sigues haciendo eso? —preguntó ella de pronto mientras se dirigían hacia su Universidad.

Ella tenía que asistir a diferentes seminarios y conferencias de especialistas en criminalística como condición para presentar su tesis en forma tardía. Sintiéndose renuente a perderla de vista, el Crowtter la acompañaba cada día. Incluso había ingresado al gran salón con ella en un par de ocasiones, pero la notoria ignorancia de los supuestos laureados conferencistas lo apabullaba. Si ellos supieran la mitad de las cosas que él sabía acerca de ADN y naturaleza criminal humana, no quedaría un solo crimen sin resolver. El conocimiento ilimitado podía llegar a ser irritable en ocasiones.

—Ya basta —dijo Mayra mientras lo golpeaba ligeramente con su codo, atrayendo su atención nuevamente—. ¿Te persigue el FBI o algo? ¿Por qué tanta paranoia últimamente?

Crow no le respondió. Él no iba a decirle que esperaba encontrarse con un Crowtter a la vuelta de cada esquina; que temía que quisieran robársela otra vez, privándolo de sus preciadas almas. Ella no tiene por qué saberlo, pensó mientras le dedicaba una mirada fugaz a un oscuro callejón que pasaban. Además, la humana probablemente tenía razón: no era más que una absurda paranoia, sin dudas producto del creciente vacío en su interior. Por más satisfactorias que fueran sus almas, Crow no había tomado una en cinco días, y si Mayra no moría pronto, las cosas no mejorarían demasiado entre ellos.

—Dios, es como pasearme con un esquizofrénico sufriendo síndrome de abstención de drogas —murmuró para si misma—. ¿Podrías parar ya? Me pones los nervios de punta.

—¿Por qué tienes que ir a esas conferencias, de todos modos? —le preguntó él, ignorando su mirada interrogativa—. No dirán nada que no sepas ya.

—Bueno, Crow... tengo que ir a estas conferencias porque debo incorporarlas a mi tesis antes de presentarla para obtener mi diploma —dijo ella mientras miraba cuidadosamente a ambos lados antes de cruzar la calle. Últimamente se había vuelto muy cuidadosa al momento de enfrentar posibles escenarios de muerte. Él estaba casi seguro de que sólo lo hacía para molestarlo—. Ah, ¿y acaso te preguntas por qué no presenté mi tesis el semestre anterior, dentro de su plazo límite? Mmm, déjame pensar... ¡Oh, sí! Porque la Muerte vestida de Dios Griego decidió invadir mi vida y, bueno, ¡robármela!

Crow bufó ante eso. —Los Crowtters no somos la Muerte, Mayra. Y yo no soy realmente griego.

Ella lo miró, entrecerrando sus ojos con irritación. —Lo sé —murmuró enfadada.

Cuando llegaron al campus de la Universidad, se giró hacia él. —No entrarás conmigo hoy, ¿no?

Crow lo consideró por un momento. ¿Encerrarse durante horas y horas junto a Mayra en un salón repleto de humanos, con prácticamente cero posibilidades de extraer algún alma? No le parecía una buena idea. —No —respondió simplemente.

Mayra pareció igualmente aliviada y decepcionada por su respuesta. —Bien. Estaré ahí dentro por un par de horas. Ve y encuentra alguien a quien comer —dijo mientras se alejaba de él, en dirección al edificio principal.

—Los Crowtters no comemos pers...

—¡Como sea! —lo interrumpió ella, ondeando una mano sobre su hombro.

Crow contuvo un gruñido mientras caminaba en dirección opuesta, deseando alejarse lo más posible de la irritable humana, pero no queriendo alejarla de su vista. Decidió mantenerse en el patio central del campus, alejado del edificio al que había entrado Mayra, pero manteniéndose dentro del radio de pensamiento de las demás personas en él, quienes sin dudas lo alertarían si algo extraño sucediera dentro.

Se mantuvo allí todo lo que pudo, pero cuando llegaron las primeras horas de la tarde y la jornada aún no terminaba, su impaciencia se volvió incontrolable. ¿Acaso estos estúpidos criminólogos no comen?, pensaba mientras se paseaba a lo largo del pasillo fuera del salón de conferencias, asomándose por la puerta para ver a Mayra de tanto en tanto. Ella estaba completamente absorta en la exposición, su atención puesta en la explicación de un hombre calvo y de voz casi somnolienta acerca de cómo las herramientas actuales de análisis de escenas del crimen resolverían el misterio detrás de los asesinatos de “Jack El Destripador”. Crow rodó sus ojos ante sus absurdas teorías de quién fue el asesino, en especial porque el famoso Jack ni siquiera había sido un hombre. Crow lo sabía... después de todo, él había visto los asesinatos en su mente y saboreado el placer de la mujer al cometerlos cuando le fue asignada su extracción.

Ya no puedo soportarlo. Tengo que salir de aquí.

Crow se materializó dentro del salón, manteniéndose invisible a todos los humanos excepto Mayra, quien saltó en su silla cuando se apareció de pronto junto a ella.

—¡Jesús! ¿Qué...? —empezó a decir ella, pero Crow la interrumpió.

—Sshh, nadie puede verme —le murmuró irritado.

Cuando el hombre sentado una fila más adelante se giró hacia ella, Mayra pretendió toser mientras sus mejillas se sonrojaban; entonces, cuando volvió su mirada al frente, ella gesticuló un “¿¿Qué??” hacia Crow.

—Has estado aquí todo el maldito día —le recriminó Crow—. Ya no lo soporto. Vámonos.

“¡No!”, gesticuló ella en respuesta.

—¡Sí! —la contradijo él de inmediato—. No estoy bromeando, Mayra. Ven conmigo ahora.

Dejando salir un suspiro cansado, Mayra escribió rápidamente en su libreta de apuntes: No puedo. Tengo que aprender esto. ¡Vete!

Gruñendo en frustración, Crow tocó con la yema de un dedo la sien de Mayra, transmitiéndole así todo el conocimiento que adquiriría en esa tonta conferencia, e incluso mucho más que eso. Ella se estremeció por la descarga de información directamente a su cerebro, y un segundo después se giró para mirarlo con los ojos muy abiertos. Crow casi podía ver cómo funcionaba su mente en ese momento, imaginando todo lo que podría aprender de él en apenas un segundo. Antes de que ella pudiera decir algo, él se le adelantó: —Listo. Ahora sal de esta habitación o juro que te manifestaré fuera de ella en frente de todas estas personas. Tal vez parezca que no te están prestando demasiada atención ahora, pero créeme que lo harán si desapareces como por arte de magia.

La humana tragó duramente al escuchar sus palabras, entonces suspiró y gesticuló un “de acuerdo” antes de empezar a recoger sus pertenencias y salir por la puerta trasera del salón de conferencias. Apenas si había dado unos pasos en el vestíbulo cuando Crow los manifestó a ambos lejos de ahí, hacia un callejón al otro lado del campus.

—¡Maldición, Crow! —le gritó la humana mientras se liberaba de su agarre. Tuvo que apoyarse contra la pared de ladrillos porque sus piernas tambaleantes luchaban por sostener su peso luego del traslado espacial instantáneo—. ¿Qué está mal contigo? ¿No podías esperar hasta que...?

—¡No! No podía esperar. Ya no puedo esperar más —le gruñó él en respuesta mientras se paseaba de un lado al otro en el callejón.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó ella en un tono más calmado.

—¡¡Tengo hambre, Mayra!! Eso es lo que pasa. Estoy malditamente hambriento, ¡y estoy harto de tener que esperar pacientemente a que mueras! —El Crowtter se detuvo frente a ella, sus ojos acechándola intensamente.

La muchacha dejó salir un aliento tembloroso ante su escrutinio. Cuando pudo hallar su voz nuevamente, murmuró: —¿Qué quieres que haga, Crow? Ya te lo dije, no voy a suicidarme sólo para que tú puedas comer.

Él gruñó con furia ante sus palabras y se le acercó aún más, obligándola a pegar su espalda a la pared. —No me importa lo que me dijiste. Tengo que alimentarme. Ahora. Necesito una de tus almas para calmarme, Mayra, o las cosas se pondrán muy malas para ambos.

Una mirada de pura resolución brilló en los ojos de la humana. —No voy a suicidarme, Crow —dijo lentamente.

Ambos se miraron a los ojos intensamente durante un largo rato. La humana no iba a ceder, a pesar de la obvia irritación del Crowtter frente a ella. Crow se cernía sobre ella como un depredador implacable, como un león furioso a punto de abalanzarse sobre su víctima. Su pecho se movía agitadamente, su cuerpo tenso de ira.

—Entonces has algo para saciar mi apetito, Mayra. Y hazlo pronto, porque juro que mi paciencia se está agotando —la amenazó.

La pelinegra pareció considerarlo durante un largo momento, sabiendo que no podría escapar de las garras del Crowtter sin tener que sacrificar una de sus almas... o algo peor. Mordiéndose el labio inferior nerviosamente, cerró sus ojos un segundo antes de susurrar: —De acuerdo. —Tomó una profunda inspiración—. De acuerdo... déjame intentar algo. Dudo mucho que funcione, pero no me estás dando muchas opciones. —Tragó nerviosamente y agregó—: Cierra los ojos.

Crow no lo hizo. En cambio, entrecerró sus afilados ojos negros en ella.

—Cierra tus ojos, Crow. Por favor —imploró ella.

La miró fijamente por un par de latidos antes de hacer lo que le pedía. Tras una breve pausa, sintió que Mayra se movía, acercándose a él. Estaban cerca ahora, muy cerca. Crow podía incluso sentir el cálido aliento de la humana frente a él. Su perfume inundaba sus sentidos. Se sorprendió cuando ella apoyó sus manos suavemente sobre sus amplios hombros.

—Sólo... no intentes matarme, ¿de acuerdo? —susurró contra sus labios. Un segundo después, presionó sus suaves labios contra los de Crow.

El cálido contacto lo sorprendió. Su aliento quedó atrapado en su garganta. No se atrevió a moverse.

Ella debía de estar de puntillas para alcanzar sus labios, sosteniéndose de él por sus hombros. Su frágil cuerpo se presionó contra la manifestación del suyo, transmitiéndole su calor. Ella suspiró temblorosamente, y el estremecimiento se trasladó al cuerpo del Crowtter. Mayra se movió contra sus labios, cortando el contacto con ellos por apenas un instante antes de volver a besarlo, sus labios apenas rozándolo.

Un fuerte calor se encendió dentro del Crowtter, estremeciéndolo, sacudiéndolo desde el interior. Sin embargo, en el exterior no se movió en lo absoluto. Su mente se apagó, su furia cesó al instante. Cada fibra de su ser estaba ocupada en registrar lo que estaba sucediendo, en la humana frente a él, en capturar cada sensación que ella le transmitía.

Ella lo estaba besando, besándolo en verdad, como si no fuera más que un simple hombre. Entonces, así como así, Mayra se alejó. Cortó todo contacto con él, dando un paso hacia atrás en el estrecho callejón. Crow aún no se movió.

Inspirando profundamente, calmadamente, abrió sus ojos y encontró a la humana con el ceño ligeramente fruncido, evitando su mirada mientras sus mejillas se llenaban de color.

—Bueno... —murmuró ella vergonzosamente—, eso no funcionó...

Pero Crow apenas si registró sus palabras. Todo su ser se estremecía, ardiendo desde el interior. Manteniéndose inmóvil, la miró fijamente mientras un único pensamiento se formaba en su mente:

Más.



Fin del capítulo







[1] Frank: Se refiere a Frank Farmer, el personaje interpretado por Kevin Costner en la película El Guardaespaldas.



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Re: En las garras del Cuervo... [Sólo capítulos!!!]

Mensaje por Ellie el Mar 17 Ene 2012 - 3:21

Capítulo 12
Mayra

Oh, por Dios, ¿qué estoy haciendo? ¿¿Qué mierda estoy haciendo??

Esas palabras se repetían una y otra vez en la mente de Mayra, amenazando con provocarle un aneurisma, a pesar de que ella sabía muy bien lo que estaba haciendo. Estaba besando a Crow. Estaba haciendo exactamente lo que había querido hacer desde el primer momento en que lo vio en aquella fiesta universitaria, ya varios meses atrás. Simplemente besarlo. Ponerse de puntillas, sostenerse de su alto y poderoso cuerpo y probar esos labios que había soñado besar tantas veces. Cómo había pasado de ser acechada por un Crowtter enfurecido en ese estrecho callejón, a besar suavemente sus labios, era algo que su mente no podía procesar. No tenía idea de dónde había obtenido el coraje suficiente para hacerlo —ella jamás había abordado a un hombre antes—, pero maldición si eso le importaba ahora. Ella lo estaba besando, realmente besándolo por primera vez. Y él estaba... estaba...

No devolviéndome el beso, se percató con horror. Había estado tan emocionada por sentir la calidez de sus labios contra los suyos, que ni siquiera había notado que él parecía haberse convertido en piedra. No rechazó su beso, pero tampoco lo incitó en lo absoluto. Crow no la besaba, simplemente se mantuvo en su lugar mientras ella lo hacía, casi como si aguardara pacientemente a que el maldito momento terminara. Él lo odiaba, odiaba que ella lo besara. O, si no lo odiaba, ciertamente no lo disfrutaba en lo más mínimo.

Mayra dio un paso atrás al instante, sintiéndose más avergonzada de lo que jamás se había sentido en su vida, odiándose por haber sido tan estúpida al creer que a un Crowtter le importaría siquiera un beso. ¿Qué había esperado, que Crow de pronto la tomara en sus brazos y le devolviera el beso apasionadamente? ¿Que la tratara con ternura y le dijera que la amaría por siempre?

¡¡Soy la mujer más estúpida del mundo!!

Sabía que él tenía sus ojos abiertos ahora, mirándola con esos fríos ojos negros una vez más. Ella se negó a encontrar su mirada. Y probablemente no volvería a hacerlo jamás. Tenía demasiado miedo de ver qué encontraría en ellos: ¿irritación, diversión, burla? ¿Odio, tal vez?

—Bueno... —dijo silenciosamente, mientras deseaba con todas sus fuerzas poder borrar los últimos segundos de su vida—, eso no funcionó...

Se giró y comenzó a alejarse de él. No tenía idea a dónde iría, pero ningún lugar en el mundo podría alejarla lo suficiente de su vergüenza. Cuando intentó dar un segundo paso, su cuerpo no la siguió. Su mano izquierda se había atorado con algo. Bajando la mirada, encontró un grillete inquebrantable sosteniéndola en el lugar: la mano de Crow sostenía su muñeca con un agarre mortal.

A pesar de su mejor juicio, sus ojos ascendieron todo el camino hasta su rostro, y sintió un fuerte estremecimiento recorriéndola por la espalda cuando encontró su mirada. Había tenido razón al suponerlo: no le gustaría lo que vería en los ojos del Crowtter, pero no era diversión lo que había en ellos. Era odio. Odio simple y puro, dirigido sólo hacia ella.

—¿Qué hiciste? —gruñó él en una voz tan grave que apenas si pudo entenderla.

Mayra no respondió, en cambio intentó inútilmente salirse de su agarre. Mientras tiraba de su brazo izquierdo, con su otra mano intentaba abrir los dedos que sujetaban la muñeca, pero él ni siquiera parecía notarlo.

—¡¿Qué hiciste, Mayra?! —ladró más fuerte.

—Lo lamento, ¿de acuerdo? —replicó ella, encontrando su mirada apenas un segundo antes de desviarla y volver a tironear de su brazo—. No volveré a hacer algo tan... estúpido. Sólo déjame ir.

Por un largo momento, él no dijo nada, sólo la observaba luchando inútilmente contra su agarre. Finalmente, dijo: —¿Qué demonios fue eso, humana?

Eso lo logró; el escuchar que la llamara “humana”, pronunciándolo como el mayor insulto posible, hizo que toda su vergüenza se transformara en ira. —¡Oh, por Dios! ¿Acaso fue tan malo que no reconoces lo que es? Fue un beso, Crow. Un beso. B-E-S-O. El mayor placer que pueden compartir dos personas sin quitarse la ropa, uno de los mejores regalos que alguien puede dar y recibir. Discúlpame por pensar que alguien tan perfecto y superior como tú podría llegar a entenderlo. ¡Y Dios lo prohíba, en verdad disfrutarlo! Mi error. Y uno que no volveré a cometer. —Tiró tan fuerte de su brazo para liberarse, que escuchó en clic en su hombro antes de sentir el dolor esparciéndose a través de él—. Mierda, ¡suéltame!

—¡¿QUÉ DEMONIOS ME HICISTE, MAYRA?! —le gritó él de pronto.

—¡¿DE QUÉ ESTÁS HABLANDO, CROW?! —le gritó en respuesta, enfurecida.

—¡¡De esto!!

La mano del Crowtter salió disparada, apuntando a su propio cuerpo. Los ojos de Mayra la siguieron todo el camino hasta su entrepierna, y fue entonces cuando toda la ira, la vergüenza, la irritación, y cualquier vestigio de pensamiento racional que quedaba en su mente se evaporó por completo. Crow estaba excitado. Completa e innegablemente excitado. Y al parecer eso no lo hacía para nada feliz.

Un pesado silencio cayó sobre ambos mientras continuaban mirando hacia el mismo innegable punto de atención. Mayra le había ordenado a sus ojos que se apartaran al instante, pero ellos no la habían obedecido. No estoy aún mirando su erección, ¿verdad?, pensó. Síp, sí lo haces, le respondió su mente antes de agregar: ¡Y no estás pestañeando!

Sacudiendo su cabeza rápidamente, apartó la mirada de la notable rigidez en el frente de los pantalones de Crow. Por el rabillo del ojo, vio cómo él llevaba una mano tentativamente hacia su entrepierna, estremeciéndose ante el contacto. Sin saber cómo, Mayra estaba mirándolo fijamente otra vez. ¡Maldición!

—Yo no... —Su voz no sonó del todo bien, por lo que se aclaró la garganta un par de veces antes de volver a intentarlo—. No sabía que... que podías...

—No puedo tener una erección —dijo él rápidamente—. No... no se supone que pueda.

—Bueno —murmuró ella, con una pequeña risa nerviosa en su voz—, acabas de probar que puedes.

Él se mantuvo en silencio por un largo rato, su mirada perdida en la pared del callejón, su agarre aún firmemente cerrado alrededor de la muñeca de Mayra. Por décima vez, ella se obligó a apartar la mirada, y sintió el momento exacto en el que los ojos del Crowtter se posaron en ella. —Hazlo otra vez —le ordenó.

—¿Qué? ¿Que haga qué? —preguntó ella, confundida.

—Lo que hiciste. Besarme. Bésame otra vez.

—¿QUÉ? —gritó ella—. De ninguna manera. ¡Suéltame! No voy a besarte otra vez ni aunque...

Sus palabras se interrumpieron cuando Crow la empujó fuertemente hacia atrás, aprisionándola entre la pared del callejón y su poderoso cuerpo.

—¡Dije que me beses otra vez! —exigió, mientras que un gruñido retumbaba en su pecho.

El cerebro de Mayra tardó un instante en asimilar la escena: la fría y sucia pared del callejón contra su espalda, la fuerza con la que las manos de Crow la sujetaban por los hombros, con que su cuerpo se presionaba contra el de ella, inmovilizándola por completo, la vibración que sentía incrementándose bajo sus manos, en el pecho de Crow. Finalmente, comprendió la dureza de sus palabras, la orden impartida en ellas, exigiéndole algo que ella siempre había estado dispuesta a dar. Pero no así. No bajo su coerción.

—¡Hazlo! —volvió a exigir.

—No —respondió ella simplemente.

Un bajo gruñido escapó de la garganta del Crowtter. Sus labios se separaron en una mueca de furia. —Quiero que me beses ahora.

—Y yo no quiero. —Intentó empujarlo hacia atrás, lejos de su cuerpo, pero fue inútil. Era como intentar mover una casa—. No puedes sólo exigir un beso cuando lo quieres, Crow. No funciona así. Si quieres un beso, debes merecerlo. O al menos pedirlo amablemente.

Mayra suprimió un grito cuando el puño de Crow se estrelló de pronto contra la pared, a unos pocos centímetros de su cabeza. Con un fuerte rugido, el Crowtter se alejó de ella, liberándola de su agarre, paseándose de un lado al otro por el callejón, como una fiera enjaulada que ya no soportaba más su prisión. Ella lo miraba en silencio, conteniendo el aliento, sabiendo que estaba a un paso de perder completamente la razón.

Luego de unos minutos, Crow pareció tranquilizarse un poco. Se detuvo en medio de su paseo frenético, manteniéndose de espaldas a ella. Ambas manos estaban alzadas hasta su cabeza, tirando con fuerza de su corto pelo negro como la noche más oscura. Por un largo rato, lo único que podía escucharse entre ambos eran sus profundas respiraciones, cada vez más largas y estables. Finalmente, Crow la miró sobre su hombro, clavando su mirada perturbada en sus ojos, luego en sus labios, y nuevamente en sus ojos.

Con los ojos negros aún fijos en los suyos, se giró para encararla y avanzó lentamente los pocos pasos que los separaban. A medida que se acercaba, ella empujaba su cuerpo hacia atrás, intentando fusionarse con la pared de ladrillos, sin saber qué esperar del Crowtter. Se detuvo justo frente a ella, tan cerca que sus pechos se tocaban cada vez que él inspiraba, su respiración aún algo agitada. Sin decir una palabra, la encerró con su cuerpo, apoyando un brazo contra la pared a cada lado de su cabeza. Inspiró profundamente una vez más. Sin darse cuenta, ella lo hizo también, y sus ojos se cerraron por un instante de placer cuando saboreó el almizclado aroma masculino de Crow. Cuando lo miró nuevamente, su rostro estaba más cerca.

Con una voz muy grave y calmada, dijo: —Mayra. Bésame. Otra. Vez. —Pronunció cada palabra muy lentamente, manteniendo su temperamento bajo control. Cuando ella estaba a apunto de decir nuevamente que no, Crow ladeó su cabeza un poco y acercó sus labios a los de ella hasta casi tocarlos. En apenas un susurro, agregó—: Por favor.

Al sentir el cálido aliento contra sus labios, la determinación de Mayra flaqueó... al igual que sus rodillas. Crow se mantuvo en su lugar, a la espera, apenas tocándola con todo su poderoso cuerpo. —Por favor... —volvió a susurrar contra sus labios.

Ella tragó pesadamente, y luego de tomar un aliento tembloroso, murmuró: —De acuerdo.

El cuerpo del Crowtter se tensó, pero aún así no se le acercó, permitiéndole que fuera ella quien lo hiciera. Mayra se estiró apenas un centímetro hasta alcanzar su boca, y cuando lo hizo, Crow dejó salir un pequeño gemido, como si hubiera estado sosteniendo el aliento. Sus labios se tocaron muy suavemente por unos segundos, pero esta vez, cuando Mayra abrió su boca contra la suya, Crow le respondió. Comenzó a besarla, realmente besarla, probándola como ella lo probaba a él. Él se estaba manteniendo bajo control, saboreándola como si se tratara del durazno más maduro que jamás hubiera probado, besando sus labios con suavidad, como si fuera a romperse.

Pero cuando la lengua de Mayra rozó sus labios, ese control se fue directamente al infierno.

Con un gruñido, Crow presionó su cuerpo fuertemente contra el de ella, dejándola a su merced. Uno de sus gruesos muslos se posicionó entre sus piernas, obligándola a pararse sobre las puntas de sus pies para igualar su altura, mientras que la dura erección presionaba contra su estómago. Poco a poco, el beso se volvía más hambriento, cada vez más abrasador, hasta que fue casi imposible de contener. Ambos se devoraban mutuamente, sus labios moviéndose incansablemente, sus lenguas enredándose en una fuerte batalla.

Entonces, así como así, el beso terminó. Crow se alejó repentinamente de ella, cortando todo contacto entre sus cuerpos. Mayra se tambaleó contra la pared ante la inesperada ausencia, pero cuando abrió sus ojos, se sorprendió al encontrar a Crow justo frente a ella. Al perder el calor de su cuerpo, pensó por un instante que se había ido, abandonándola en el callejón, pero no se había movido de su lugar. Apenas si se apartó lo suficiente para que sus cuerpos no se tocaran más, pero los pocos centímetros que los separaban no hacían nada por apagar el intenso calor que generaban.

Ambos respiraban agitadamente, y mientras ella inhalaba por la boca, a través de unos labios que sin lugar a dudas estarían rojos e hinchados por su beso, la mirada de Crow parecía perdida en ellos. —¿Crow...? —murmuró ella entre alientos. No tenía idea de cómo terminar esa pregunta, pero probablemente resultaría en alguna especie de ruego. Afortunadamente para ella, no tuvo que hacerlo.

El Crowtter llevó una mano hasta su rostro, y con el pulgar acarició suavemente el labio inferior de la muchacha. Ella abrió ligeramente su boca para él, incitándolo a introducir la punta de su dedo en ella. Cuando sus dientes se cerraron, mordiéndolo con más fuerza de la que pretendía utilizar, él gruñó fuertemente, haciendo que su estómago vibrara con el sonido. En menos de un segundo, se encontraba nuevamente aprisionada por el cuerpo de Crow, sus labios devorándola, su lengua descubriendo cada recoveco de su boca, sus manos sosteniéndola fuertemente contra él. Un fuerte brazo estaba detrás de su cintura, arqueándola contra él, levantándola contra su cuerpo hasta el punto en que Mayra no sabía si sus pies tocaban el suelo. Y no podría importarle menos.

La otra mano se cerró fuertemente en su nuca, atrapando con ella un mechón de su pelo, manteniendo su cabeza en el ángulo en que él la quería. El pequeño dolor, mezclado con la creciente lujuria, le arrancó un gemido de sus labios. Ella llevó sus manos hasta el fornido cuello de Crow, acercándolo a ella, profundizando aún más el beso. Cuando mordió y tiró del labio de Crow, sintió su cuerpo tensándose, su erección pulsando contra ella. Esa dura erección que, aparentemente, él nunca antes había experimentado. Cuando liberó su labio, él no se apartó. Respirando contra su boca, Crow la miró intensamente y dijo: —Más. Quiero más.

Se fundieron nuevamente en un beso ardiente, cada uno de ellos sujetando con fuerza al otro, devorándose mutuamente como si sus vidas dependieran de ello.

—¡Siiiiii, dáselo, chica! —Les llegó el grito de un muchacho desde la entrada del callejón. Y a juzgar por las risas y silbidos que lo acompañaron, el chico no estaba solo.

—¡Yeeeaaah!

—¡Consíganse un cuarto! —gritó una chica.

Avergonzada, Mayra intentó alejar a Crow, pero él no se movió. Mientras que las voces y las risas se alejaban, dejándolos nuevamente solos en el callejón oscuro, la oscura mirada del Crowtter no la abandonó ni un instante. Sus ojos negros la quemaban, recorriendo primero su rostro para luego bajar lentamente por su cuerpo.

—Tienen razón, Crow... —murmuró mientras sentía cómo ardían sus mejillas—. No podemos hacer esto aquí. No podemos sólo...

Con una sacudida, todo su entorno cambió. Su aliento quedó atrapado en su garganta mientras que todo su cuerpo temblaba, intentando adaptarse al cambio repentino. Poco a poco, su mente comprendió que ya no estaban en el oscuro callejón, sino de regreso en el interior de su departamento. Su espada estaba presionada contra la puerta, y de pronto le pareció extraño que estuvieran dentro sin nunca haberla atravesado. La grave voz de Crow la devolvió rápidamente a la realidad.

—Como dije —murmuró, acercando sus labios una vez más—, quiero más.




Continúa...




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Re: En las garras del Cuervo... [Sólo capítulos!!!]

Mensaje por Ellie el Miér 7 Mar 2012 - 22:39

Capítulo 12 (Cont)

Mayra

Como dije —murmuró, acercando sus labios una vez más—: quiero más.


Todo el cuerpo de Mayra tembló ante la implicancia de esas simples palabras. El Crowtter quería más de ella, y ella quería dárselo. Quería darle todo. Pero una pequeña vocecita en su cabeza no paraba de gritar: ¡¿Qué demonios estás haciendo, Mayra?! ¿Estás loca? ¡¡No puedes acostarte con Crow!! La molesta voz sería fácilmente ignorable si no tuviera tanta razón. Cerró los ojos un segundo para pensar en una salida, pero eso sólo hizo que fuera más consciente de la dura puerta contra su espalda... y del aún más duro cuerpo de Crow aprisionándola contra ella.

—Mayra. —La voz grave de Crow sonaba impaciente.

Inspirando profundamente, se obligó a abrir los párpados y mirarlo. Él estaba cerca, muy cerca de ella. Sus profundos ojos negros, generalmente opacos, ahora brillaban de una manera en que no los había visto brillar antes. Sus fuertes manos estaban apoyadas en sus caderas, sujetándola firmemente contra las suyas, presionando su frágil cuerpo contra su erección, contra toda su imponente y dura longitud...

¡¡Ya basta!!, le gritó la voz.

Sacudiendo su cabeza en un pobre intento por despejarla, Mayra luchaba en su interior, intentando decidir si su lujuria sería más fuerte que su instinto de preservación. Empujó con sus manos el amplio pecho de Crow; el tenerlo tan cerca no ayudaba en lo absoluto. Él no se movió ni un centímetro.

—Emm... eee... ¿Dónde...? ¿Qué pasó con mis cosas? —preguntó, mirando a su alrededor—. Mi bolso y mis libros quedaron en el callejón, tengo que...

Con apenas un ondeo de su mano, Crow manifestó todas sus pertenencias de regreso al departamento, apareciendo en el piso junto a ellos. Mientras las miraba con asombro, Mayra sintió el roce de la nariz del Crowtter subiendo por su cuello, desde su clavícula todo el camino hasta su oreja. Se estremeció al oírlo inhalar profundamente contra su piel.

—Crow... creo que... creo que deberíamos hablar acerca de...

—No —la interrumpió bruscamente. Tomó su barbilla y guió su rostro directamente hacia él—. No quiero hablar. —Entonces la besó ardientemente, sin pedir permiso, tomando sus labios hasta forzar un gemido fuera de ellos. La besaba con hambre, como si no pudiera obtener suficiente de ella, de sus labios, de su lengua. La besaba como si fuera lo último que haría en la vida. Y a ella le encantaba.

Mientras que la voz gritaba advertencias en su mente, Mayra intentó resistirse, de verdad lo hizo. Por algo así como dos segundos. Entonces su cerebro se apagó, la molesta voz fue silenciada, y sólo quedó el instinto, el deseo de dejarse ir, aún sabiendo que lo que hacía estaba mal, que no debería besarlo. Él era un Crowtter, un ser vacío, sin sentimientos, que sólo existía para tomar sus almas, para asesinarla una y otra vez. Él ni siquiera era humano.

Y a ella no podría importarle menos. No cuando besaba así.

Con un suspiro, se dio por vencida, dejó de intentar resistirse. Después de todo, no quería resistirse. Quería que esto pasara. Había soñado con acostarse con él durante meses y meses, y esta era su oportunidad de saborearlo en carne propia, de saber cómo se sentiría Crow entre sus brazos... y entre sus piernas.

Como si leyera su mente, Crow sujetó con fuerzas su trasero, levantándola de pronto del suelo, poniéndola a su altura para besarla aún más profundamente. Sin pensarlo, Mayra elevó sus piernas y envolvió las caderas de él con ellas. Sus tobillos se entrelazaron a sus espaldas, su centro se apoyó deliciosamente sobre su longitud, listo para dejarlo entrar.

Con un gruñido, Crow apretó con fuerza sus muslos, presionando sus cuerpos aún más juntos. Bruscamente, sus labios se separaron, pero su boca no la abandonó, sino que se trasladó hacia su cuello, besándolo, lamiéndolo, mordiéndolo con una pasión que rayaba la furia. Cuando la mordió con fuerza en una de sus zonas más sensibles, justo por debajo de su oreja, Mayra gimió de placer, y la erección de Crow se frotó contra su cuerpo en respuesta.

—¿Qué me estás haciendo? —le escuchó decir contra su cuello.

Ella no supo qué responder, de modo que no dijo nada, sólo se sostuvo de él, con sus manos enredadas en el corto pelo negro de su nuca, sin siquiera saber cómo habían llegado ahí. Todo su cuerpo ardía, y ambos respiraban con dificultad, sus agitadas inhalaciones cortando el silencio.

Separándose un poco de ella, Crow la observó; primero su rostro, demorándose un poco en sus labios enrojecidos, para luego descender por su cuello, por su agitado pecho, hasta llegar a sus caderas unidas al punto máximo que podrían conseguir sin desnudez.

—Quiero... —Sus negros ojos continuaban moviéndose de un lado al otro por su cuerpo, como si buscara algo—. Tú... Llevas demasiada ropa —dijo finalmente, con un ceño ligeramente fruncido.

Tras tomar una profunda inspiración, Mayra dijo: —Entonces quítamela. —Esos profundos orbes negros se clavaron en sus ojos entonces, con una mirada de deseo que jamás pensó ver en ellos. Y mucho menos dirigida a ella. Cuando las manos de él salieron disparadas hacia los botones de su camisa, ella agregó—: Lentamente. —Apoyándose en los hombros del Crowtter, desenvolvió sus piernas hasta quedar una vez más de pie frente a él. Elevando su rostro, encontró su mirada antes de susurrar—: Desnúdame lentamente, Crow.
Los negros ojos de Crow parecían arder cuando se clavaron en los de Mayra, y no se apartaron de ellos mientras sus manos se dirigían lentamente hacia el primer botón de su camisa. Mayra tuvo que morderse los labios para no gemir de impaciencia mientras, uno a uno, los botones se separaban de sus ojales. Los hábiles dedos de Crow apenas si la tocaban en su camino descendente, pero ese leve roce era suficiente para que toda su piel despertara con un estremecimiento.

Muy lentamente, el Crowtter deslizó la camisa abierta fuera de sus hombros, dejando que cayera detrás de ella. Entonces miró hacia abajo por primera vez, hacia sus senos contenidos en un modesto sujetador de algodón negro. Si hubiera sabido esa mañana que ese iba a ser el día en el que se mostraría semi-desnuda ante Crow, sin dudas habría elegido otra ropa interior, algo más femenino y sexy, algo que atrajera a un devorador de almas inmortal. Un devorador de almas inmortal que la miraba con una intensidad comparable a un agente del escuadrón anti-bombas en una misión.

Tras varios segundos sin otra reacción más que un intenso escrutinio, Mayra comenzó a sentirse cohibida. Intentó cubrirse con sus brazos, pero las manos de Crow sujetaron sus muñecas en un movimiento que no alcanzó a ver.

—No te cubras —ordenó él en una voz grave y serena.

Cuando ella abrió su boca para arrojarle una respuesta, él la silenció con otra muestra de su súper rapidez, esta vez apoyando las puntas de sus dedos en sus labios. Le dio una mirada de advertencia antes de que sus ojos descendieran nuevamente, esta vez marcando el camino que sus dedos recorrerían seguidamente, pasando de sus labios a su garganta, para luego llegar a la curva entre sus senos.

Mayra inhaló temblorosamente al sentir su toque en las curvas de sus pechos, en la pálida piel que sobresalía de su sostén.

—Eres... tan suave —murmuró el Crowtter, más para sí mismo que para ella, mientras las yemas de sus dedos recorrían sus curvas.

Un segundo después, sujetó con firmeza el frente del sostén, tirando un poco de él hacia delante, como si no supiera cómo quitarlo de su camino. Pero, entonces, probablemente no lo sabía; después de todo, el uso de sostenes debía de ser otra costumbre humana que escapaba a los Crowtters. —No, así no es como debes... —empezó a decir ella, pero sus palabras murieron cuando el cierre del sostén en su espalda cedió de pronto, como siendo abierto por una hábil mano invisible. Aún sujetándolo del frente, Crow se lo quitó en un solo movimiento y lo arrojó al piso junto a él.

Mayra superó la sorpresa rápidamente porque dos fuertes manos reemplazaron la prenda desechada, acariciando sus pechos muy suavemente, como si fueran a romperse. Crow la tocaba lentamente, sintiendo la curva de sus senos en sus manos, rozando el pezón con su pulgar, pellizcándolos ligeramente. Cuando ella gimió en respuesta, él la miró rápidamente, midiendo su reacción.

—Te gustó eso —dijo él, y a pesar de no ser una pregunta, ella asintió en respuesta. Entonces inhaló en anticipación cuando vio cómo descendía su boca hasta donde sus manos la tocaban. El primer roce de su lengua fue caliente, tanto así que un ardor pareció extenderse por todo su cuerpo. Mayra se sujetó de su cuello mientras él probaba un pezón en su boca, chupándolo y succionándolo como si quisiera alimentarse de ella.

—Tan suave —repitió el Crowtter en un tono casi maravillado mientras abandonaba el pezón que había estado atendiendo para ir en busca del otro—. Tan dulce.

El Crowtter era mucho más alto que la humana, y cuando ella no pudo elevarse más sobre sus pies, él la tomó por las caderas y la colocó a la altura que quería. Las piernas de Mayra se envolvieron a su alrededor sin esfuerzo, con naturalidad, como si lo hubieran hecho miles de veces antes.

—Siiii —gimió ella, su cabeza echada hacia atrás contra la puerta de su departamento mientras que el Crowtter se daba un festín con sus senos. Estaba ardiendo, su piel probablemente quemando la lengua que la saboreaba frenéticamente. Cuando unos dientes se cerraron alrededor de un pezón, mordiéndolo y tirando de él de una forma en que nadie jamás lo había hecho, su gemido se transformó en un grito de placer.

Sintió un intenso temblor, y al instante la puerta presionada a sus espaldas fue reemplazada por un suave colchón. Su colchón. Habían estado a unos pocos metros de su habitación, pero aún así Crow los había tele-transportado a ambos. Qué impaciente, pensó, insegura de si se refería al Crowtter que la aprisionaba con su cuerpo, o a ella misma. No importaba, si ella tuviera esa clase de poder, habría hecho exactamente lo mismo. Ella lo quería. Deseaba a ese Crowtter como nunca antes había deseado a ningún hombre, e iba a tenerlo. Aquí y ahora.

Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Crow abandonó sus pechos y reclamó sus labios con la velocidad de un rayo. Emitía alguna clase de gruñido mientras la besaba, devorándola mientras presionaba su fuerte cuerpo contra el suyo. Mayra movió sus caderas entonces, brindándole un mejor acceso a su centro, queriendo sentir más de toda esa gruesa longitud que moría por sentir en su interior. El Crowtter gruñó aún más fuerte y se echó hacia atrás, sosteniéndose con sus manos a ambos lados de su cabeza, mirándola como un implacable depredador.

Ambos respiraban agitadamente, y los labios de Mayra picaban con la repentina ausencia de sus besos.

—No. No te detengas ahora —le advirtió ella con una voz que apenas reconoció.

El Crowtter la observó durante varios latidos, y entonces se irguió sobre ella, arrodillándose sobre su cama. La miró de la cabeza a los pies, demorándose en sus labios enrojecidos por sus besos, en los pezones erectos y sensibles por su toque, en el pearcing en el ombligo que no había besado aún, brillando levemente por las últimas luces del atardecer que entraban por la ventana. La miró como si fuera un gran enigma para él. O un gran problema.

Por un agonizante momento, Mayra pensó que se alejaría de ella, que simplemente la dejaría semi-desnuda en su cama, ardiendo de deseo por una criatura que no podía sentir nada, ni siquiera lujuria, hacia ella. Se preparó mentalmente para rogar, para convencerlo como fuera de que volviera a tocarla, de que terminara lo que había empezado. Pero no necesitó hacerlo. Unos segundos después, las manos de Crow se dirigieron hacia la cintura de sus jeans ajustados, abriendo todos los botones en un solo movimiento. Cuando comenzó a tirar de ellos para quitárselos, Mayra gustosamente arqueó su cuerpo, elevando sus caderas para facilitarle el trabajo. Pero los pantalones se negaban a dejar su cuerpo, obstaculizados por las sandalias de tiras cruzadas que Crow había olvidado quitarle. Él apenas si les dio un vistazo antes de que desaparecieran de sus pies; así como así, un segundo estaban ahí, y al siguiente los pies de Mayra estaban desnudos y sus jeans eran arrojados al otro lado del cuarto.

El Crowtter se tomó su tiempo en admirar su cuerpo, cubierto por nada más que una pequeña tanga de algodón negro. Sus ojos la recorrían de los pies a la cabeza, asimilando cada detalle.

—¿Sólo vas a mirar? ¿O vas a dejar que te quite la ropa? —le preguntó ella.

El Crowtter fijó sus ardientes ojos negros en los suyos, y en menos de un parpadeo, toda la ropa desapareció de su cuerpo, evaporándose en el aire. Mayra dejó salir un aliento, aunque no por la demostración de su poder, sino ante la visión de su cuerpo desnudo. Cada minúscula parte de él estaba definida por la perfección masculina. Desde el amplio cuello que acababa de rasguñar con sus manos hasta las musculosas rodillas que lo sostenían sobre su cama. Sus brazos eran fuertes pero sin llegar a ser exageradamente grandes; cada músculo estaba tenso, sus manos cerradas en puños a los costados. Su pecho era ancho y se movía rápidamente por su aún agitada respiración, haciendo que su piel bronceada pareciera casi dorada en el cuarto que se oscurecía más y más. Su mirada continuó su camino hacia su estómago, donde unos marcados abdominales llamaban a gritos a sus dedos para que los contara uno por uno.

Entonces, cuando sus ojos llegaron a su objetivo, su aliento salió despedido como un débil gemido. Sabía que Crow estaba más que listo para ella, pero había una gran diferencia entre sentirlo a través de la ropa y verlo con sus propios ojos. Era hermoso... y ese no era un calificativo que Mayra acostumbrara usar para describir el pene de un hombre. Pero lo era, era la imagen perfecta de la masculinidad, algo que cada hombre querría tener, y que cada mujer desearía disfrutar al menos una vez en la vida. Su erección era larga y gruesa como la de ningún hombre con el que hubiera estado antes, del mismo color dorado que el resto de su cuerpo, demostrando que no era un simple bronceado, sino el verdadero tono de su piel. La cabeza roma era grande y perfecta, llegando apenas por debajo de su ombligo. Mayra se lamió los labios mientras imaginaba cómo sería tenerlo en su boca, cuán profundo podría tomarlo. No podría tomarlo por completo, lo sabía, pero sintió el repentino impulso de comprobarlo de todos modos.

—Dios, eres perfecto... —dijo antes de poder detenerse. La mirada del Crowtter se oscureció, su mandíbula cerrándose con fuerza, como para evitar responder algo.

Ella se incorporó hasta quedar sentada frente a él y deslizó sus manos suavemente por su estómago. El cuerpo de Crow se estremecía bajo las palmas de sus manos, incitándola a continuar, pero apenas pudo rozar su erección antes de que él la apartara, sujetando sus muñecas y alejando las manos de su cuerpo.

—Está bien, Crow —dijo ella, incorporándose sobre sus rodillas para quedar frente a él sobre su cama—. Sólo quiero tocarte.

Pero la mirada del Crowtter se había opacado, sus ojos la miraban con sospecha, como si pensara que quería lastimarlo. ¿Podía ser que sólo estuviera nervioso ante la idea de que lo tocaran? ¿En realidad era posible que nunca antes hubiera tenido sexo con nadie? No, no seas estúpida, se dijo a sí misma. Por todos los cielos, ¡míralo! Probablemente ha tenido cientos, miles de mujeres. Es un maldito perfecto inmortal... no es virgen, no seas idiota. ¡Deja de pensar y disfrútalo!

—Deja de pensar y disfrútalo —dijo sin querer en voz alta, haciéndose eco de sus pensamientos.

La mirada de Crow se suavizó un poco, y ella aprovechó el momento para besarlo en los labios, apoyándose contra su cuerpo desnudo con deleite. Cuando se alejó un poco de él, vio que la mirada de lujuria había regresado a los negros orbes de Crow. Con un gruñido, él liberó sus manos para sujetar su cuello y su cintura, acercándola aún más. La besó hasta dejarla mareada, apenas notando el momento en que su espalda estuvo nuevamente apoyada contra la cama. Él se trasladó a su cuello y lo besó y mordió sin piedad. Ella gimió y se aferró a sus hombros con sus uñas en respuesta.

Mayra movía sus caderas debajo de él, queriendo sentirlo en su interior desesperadamente. Crow se separó un poco de ella y miró entre sus cuerpos, en el punto justo donde deberían estar unidos. Ella se dio cuenta entonces que aún tenía puesta su tanga negra, habiéndola olvidado por completo. El Crowtter sujetó el borde con sus manos y tiró de ella, haciendo que se desvaneciera fuera de su cuerpo, como si nunca hubiera estado ahí. Observó su desnudez por un latido antes de moverse, colocando la punta de su erección justo en su centro. La miró intensamente a los ojos entonces, no para pedir permiso, sino más para darle una última oportunidad de evitar lo que estaba por suceder. Pero ella no lo evitaría por nada en el mundo.

—Sí —dijo, y adelantó un poco sus caderas hacia él.

No necesitó decir nada más, al instante la cabeza de su pene empujaba contra su centro, abriéndose camino hacia su interior. Ella estaba mojada y lista para él, pero su cuerpo no estaba acostumbrado a semejante tamaño, y el ser estirada por él le arrancó un grito de placentero dolor. Crow se detuvo, su mirada indescifrable, su mandíbula cerrada con fuerza.

—Continúa... estoy bien —dijo ella, sonando más como una súplica de lo que habría querido.

Él continuó empujando entonces, entrando más y más, hasta que Mayra pensó que ya no habría lugar en su cuerpo para recibirlo, pero aún quedaba un poco más por penetrar. Cuando lo tomó por completo, su erección hundiéndose en ella hasta la empuñadura, ambos se quedaron muy quietos, ella envolviéndolo con sus piernas y sujetándose a él con fuerza mientras su cuerpo se acostumbraba a su tamaño. Crow la llenaba como ningún otro hombre lo había hecho, llegando a lugares que ella ni siquiera sabía que existían.

—Estoy... estoy adentro tuyo —murmuró él con una voz grave, su tono neutro.

—Sí, lo estás —respondió ella, relajándose un poco luego de la intrusión.

Él miró sus cuerpos unidos, como si no pudiera creerlo. Entonces la miró y preguntó: —¿Duele?

Crow se preocupaba por ella, y eso la conmovió. —No —respondió, negando suavemente con la cabeza—. Se siente increíble.

El Crowtter tragó duramente antes de murmurar: —Yo no... no sé qué hacer ahora.

¿Es posible que nunca antes lo haya hecho?, volvió a preguntarse Mayra antes de obligarse a no pensar en nada más. Lo tomó por el rostro y encontró sus labios en un beso lento y caliente. Se separó apenas de su boca para decir: —Estás pensando demasiado, Crow. ¿Qué quiere hacer tu cuerpo?

Un segundo pasó antes de que él volviera a reclamar su boca en un beso hambriento, devorándola por completo. Entonces sus caderas comenzaron a moverse, primero muy lentamente, frotándose en círculos contra su cuerpo, entonces alejándose, saliendo de su cuerpo lentamente para volver a entrar por completo. Ambos gimieron ante la exquisita fricción, y muy pronto se estaban moviendo juntos, a un ritmo contante, encontrándose a mitad de camino y disfrutando del placer que se daban el uno al otro.

Crow no necesitó de una palabra más, él tomó completamente el control de la situación, sujetándola por las caderas mientras la penetraba una y otra vez, besándola con una pasión que le quitaba el aliento, tocando para rincón de su cuerpo, desde sus senos y su estómago hasta las puntas de sus dedos.

Mayra estaba en éxtasis. Nunca antes se había sentido así con nadie, nunca antes había disfrutado tanto de la sensación de otro cuerpo contra el suyo, de ser llenada por completo una y otra vez. Ella gemía y gritaba su nombre sin poder evitarlo, arqueándose sobre su cama, elevando las caderas para obtener más de él. Quería más. Necesitaba más. Nunca podría obtener lo suficiente de él.

Muy pronto, el ritmo de los embistes de Crow se intensificó. Adentro y afuera. Afuera y adentro. Una y otra vez, sin detenerse jamás. Él tomó sus manos y las llevó por sobre su cabeza, sujetándola en el lugar mientras movía frenéticamente sus caderas. Ella entrelazó sus tobillos en su espalda, aprisionándolo ella misma con su cuerpo. Crow la miró a los ojos con una pasión que rayaba la locura, y eso fue todo lo que necesitó... Mayra se vino tan fuerte que gritó su nombre hasta desgarrarse la garganta. Su espalda se arqueó, su cabeza cayendo hacia atrás mientras todo su cuerpo se estremecía. Un calor ardiente se expandió desde su interior, su estómago tensándose con la fuerza del mejor orgasmo de su vida.

Él continuó empujando sin cesar, alcanzando un ritmo que la volvió loca, alargando sus estremecimientos hasta que una segunda ola de placer la sacudió sin avisar. De alguna forma logró liberar sus manos del agarre del Crowtter y se sujetó de su fuerte espalda. Una capa de sudor cubría su piel, y sospechaba que la de ella estaba igual. Sus manos bajaron hasta su trasero, firme y perfecto, sus músculos tensos mientras continuaba empujando dentro de ella. Sus embates eran cada vez más rápidos, y todo el cuerpo del Crowtter comenzó a temblar. Él estaba cerca, muy cerca.

Llevó sus manos hacia su nuca y lo acercó a ella, lamiendo su cuello y mordiéndolo con fuerza cuando finalmente sintió los chorros calientes derramándose en su interior. Él continuó un poco más, su cuerpo temblando y estremeciéndose por el orgasmo que ella acababa de darle. Mayra sonrió cuando él cayó rendido sobre su cuerpo, satisfecha de saber que había gozado tanto como ella. Su peso la aplastaba, pero no le importó, no iba a pedirle que se apartara. Sus piernas aún estaba envueltas a su alrededor, sus manos acariciando su nuca mientras Crow descansaba su cabeza junto a la de ella.

—¿Qué...? ¿Qué me hiciste? —susurró él un momento después. Estaba tan falto de aliento como ella.

—No te hice nada —respondió Mayra con una sonrisa—. Hicimos el amor.

Sintió cómo Crow negaba con la cabeza junto a ella. —No.

—Sí, Crow —dijo, riendo suavemente ahora—. Eso es lo que hicimos. Hicimos el amor.

Crow se irguió sobre sus manos, separándose de ella lo suficiente para mirarla a los ojos. Mayra tardó un momento en descifrar su expresión ya que no la había visto por un tiempo. Era la mirada que él les daba a todos los humanos a su alrededor durante los primero días de su convivencia. Odio, desprecio. No había otra forma de describirlo. Crow la miraba con puro desprecio cuando dijo: —Yo no te amo, humana.
Continúa...



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